Horizontes de guitarra

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Por el camino del diapasón se llega a todos los lugares del mundo y sus confines. No importa si aún no se intuye en lontananza. Se llega. Al fundir cada traste con la yema del dedo, la menos íntima de nuestras huellas porque las fichas policiales no entienden de tacto, se hará música con el mástil.

Por el camino del diapasón se llega a todos los lugares del mundo y sus confines. No importa si aún no se intuye en lontananza. Se llega. Al fundir cada traste con la yema del dedo, la menos íntima de nuestras huellas porque las fichas policiales no entienden de tacto, se hará música con el mástil. No importan barahúndas ni galimatías. Con inagotable humildad, a los veinte y pico descubres que la vida era compleja y que, si acaso, podremos entretenernos un rato, tanto como nos dejen. Ni siquiera la poseemos, como creíamos en nuestros juegos infantiles, cuando encerrábamos en pequeñas porciones países enteros, en pocos minutos universos infinitos. Ahora, sin pretensión de alcanzar el puente ni su selleta, donde nacen o mueren las cuerdas, depende del punto de vista, nos deslizamos en tobogán por la guitarra para acurrucarnos en el interior de la caja, con su roseta de patio andaluz. Pero sin ser plañideras sedantes. El reto esta semana era incluir en el comentario, con un mínimo de sentido, las siete palabras en negrita seleccionadas, sin motivo, de algunas crónicas. Sólo eso.