Ideas y creencias

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En 1851, Samuel A. Cartwright, médico nacido en Virginia, escribió un artículo titulado «Report on the Diseases and Peculiarities of the Negro Race». Argumentaba que los esclavos negros fugitivos estaban aquejados de una enfermedad psíquica propia de su raza, la drapetomanía, es decir, el ansia de huir. También era defensor del monogenismo: según su interpretación del Génesis, los negros habían sido creados antes de Adán y Eva, es decir, pertenecían al reino animal, no eran humanos. Cartwright no escribía sus artículos sólo para lectores sureños; en los estados del Norte, el abolicionismo era considerado como un extravío minoritario, incluso peligroso. No siendo estados esclavistas, tampoco eran abolicionistas.

            En pocos años, el abolicionismo se impuso en el Norte como una opinión mayoritaria. No cambió la percepción del negro como negro, sino del negro como esclavo, que no es lo mismo. El negro seguiría siendo  negro. Durante la Guerra de Secesión, en el regimiento 54 de Massachusetts, sólo combatieron negros, valerosamente. Cien años después, sus descendientes pudieron por fin viajar sentados libremente en los autobuses públicos o compartir aulas en las escuelas con los blancos.

            Pero volvamos a Cartwright y la drapetomanía. Abusando de la distinción orteguiana entre ideas y creencias, diremos que el abolicionismo era en 1851 una idea y el esclavismo una creencia. Las ideas surgen sin respetar el orden conceptual que establecen las creencias. Irrumpen en dicho orden como elefante en cacharrería. Las ideas son irrespetuosas con el mundo que se sustenta en creencias; lo subvierten y acaban aniquilándolo. Las creencias establecen una jerarquía parecida a una matrioska: en el mundo de Cartwright esta jerarquía está dominada por la creencia en la raza. Y esta creencia envuelve la de diversidad biológico-racial de la especie, y ésta otra la creencia en la superioridad de unas razas sobre otras en función de su mayor o menor proximidad a la entelequia de la especie, la raza blanca. Y ésta última sirve de soporte a un entramado de juicios sobre la morfología, la psicología o la etología de las distintas razas. La raza se divide en subrazas, y éstas en tipologías más o menos nacionales. La creencia en la raza durará hasta el último tercio del siglo XX.

            Pero la oposición entre ideas y creencias es engañosa; sólo se sabe que una idea es una idea cuando se ha abandonado previamente la creencia que dicha idea pone en cuestión. Sin embargo, la creencia no se manifiesta como tal, sino como idea o conjunto de ideas. Cartwright pensaba que había tenido una idea feliz —una explicación científico-médica— sobre la peculiar compulsión a la huida de los esclavos negros: se trataba de drapetomanía, y no era incurable. Bastaba con alimentar mejor al esclavo y tratarlo con humanidad y atención, como si se tratase con niños o con animales domésticos. La drapetomanía era una especie de alienación de la verdadera naturaleza del negro, más bien proclive a la sumisión. Cartwright reivindicaba sus datos y su experiencia como observador. La esclavitud no podía ser la causa de la drapetomanía porque, evidentemente, había esclavos que no huían. Si se replicase a Cartwright que hay presos blancos que también quieren huir y que, por tanto, también padecerían drapetomanía, replicaría que un preso está privado de algo que poseía, la libertad, y por eso pretende huir; para recuperarla. El negro no conoce la libertad por la misma razón que un caballo no conoce el bel canto. Un negro libre sería un oxymoron. Cartwright no podía concebir el problema de la esclavitud como un problema, sino como un acto de negacionismo extremo, una refutación de lo evidente, lo natural, lo justo, etc. Acudiendo a argumentos morales en contra de la esclavitud, el abolicionista sólo revelaba la inconsistencia de su posición; Cartwright no creía que pudiera existir base científica para el abolicionismo. Las ideas que se alimentan de creencias se expresan tautológicamente: A es A porque A. Un negro es negro porque es un negro. Seguramente, Cartwright se ofendería si acaso negaban semejante evidencia.

            Toda creencia es un prejuicio que no sabe que lo es. Pero como se manifiesta en forma de idea, resulta difícil distinguir ideas de creencias. Incluso si creemos que un prejuicio es un prejuicio, no sabemos si el prejuicio no se basa, en realidad, en otro, y en otro, y en otro. La esclavitud fue abolida en Occidente, pero sobrevive la estirpe de Cartwright.