Jaime Rull: “Prison Blues es un viaje al corazón de las tinieblas en las que nuestros máximos responsables públicos parecen moverse con una más que irresponsable soltura”

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          Fotografía: César Lucas

Que tu primer trabajo sea a los diecinueve años en el mítico Polvo de Estrellas de Carlos Pumares y vivas en directo el especial 2001: una odisea en el espacio o la llamada del Fibergran es algo que, sin duda, tiene que imprimir carácter de por vida. Para Carlos Pumares fue inolvidable también. Y lo recuerda con Gorka Zumeta: “¡Hombre! Mis dos grandes amigos. Alberto, mi primer ayudante, y Jaime, su hermano, el segundo. Dos tíos maravillosos. Eran los mejores”. Jaime Rull, que trabaja actualmente en el espacio informativo televisivo Al rojo vivo, de La Sexta, es un agudo, cercano y ágil conversador que intercala alguna risa en la charla al recordar ciertos pasajes. Pasados los años está curtido en mil batallas y aplica una máxima: huye del retorcimiento, de la pose, de la apariencia, en definitiva, se muestra sin doblez.

Rull nos trae Prison Blues. Retratos de política, crimen y castigo (Libros Indie), un recorrido visual por el viacrucis de políticos y periodistas en juzgados y prisiones durante dos años desde la salida de prisión del que fuera hombre de confianza de Esperanza Aguirre en la Comunidad de Madrid, Francisco Granados, en junio de 2017; hasta el inicio del juicio del procés en el Tribunal Supremo en febrero de 2019, pasando por los ingresos en prisión de Iñaki Urdangarin o Rodrigo Rato. Cada página está dedicada a todos los periodistas que día tras día pasan frío y calor (resumo en dos palabras) en busca de la noticia. En especial a cámaras, fotógrafos y técnicos cuya compañía es imprescindible para no volverse loco en este loco oficio.

Este periplo de fotoperiodismo en primera línea está articulado en cuatro conceptos: el Ruido, el Espacio, el Tiempo y la Nada. “Con diferentes ópticas, con diferentes estados de ánimo, con una progresivo conocimiento de la realidad informativa (y de la que no se informaba), de la frustración como ciudadano y periodista que ello me producía, del irresponsable absurdo al que nos conducían nuestros supuestos ‘pater patriae’”. De fondo, sonaba en su cabeza, “una de las mejores pero también crueles canciones de Johnny Cash, el Folsom Prison Blues (el Blues de la prisión de Folsom) y con sus irresistibles compases retumbando en mi cabeza, comencé a dar forma a  naturalezas muertas de esos terribles momentos de espera, guardia, frio y soledad en las puertas de una cárcel”.

Por si todo esto fuera poco, estamos ante el último mohicano de los dibujantes de juicios, profesión extinta. Cuando se aproximaba el comienzo de la vista del juicio a los responsables del procés, propuso a Antonio García Ferreras, director de contenidos informativos de La Sexta y presentador y director de Al Rojo Vivo, que un juicio histórico de tanto calado para la Historia española contemporánea no sólo debía ser narrado periodísticamente del modo más fiel, objetivo y meticuloso posible sino que también debía ser dibujado para la posteridad, como sucediera con los juicios del 23-F o el de la Colza. Ferreras apoyó con entusiasmo la idea. Fue el único periodista dibujante acreditado en el interior del majestuoso Salón de Plenos del Tribunal Supremo en el que se desarrolló el ya histórico juicio al procés. Día tras día y vista tras vista realizaba la crónica dibujada del mismo en Al Rojo Vivo de La Sexta.

Para Roland Barthes la foto es como un teatro primitivo, como un cuadro viviente, la figuración del aspecto inmóvil y pintarrajeado bajo el cual vemos a los muertos. Jaime Rull necesita mirar el mundo y que le escuchen, sentir y ser coherente para ser considerado miembro del mundo despierto de los vivos. La familia fotográfica a manos de Rull sigue creciendo así como las exposiciones que acogen sus trabajos: Meninas Confinadas y Control Termográfico, dos imágenes que tomó durante el estado de alarma en el Museo del Prado y el hospital de IFEMA se podrán ver en la VI Exposición de Fotografía Antropológica en Ciudad Real. Jaime Rull, inquieto y devorado por la curiosidad, tras su objetivo habla y vive de arte, de miradas que atraviesan la realidad sin entender la ligereza de los que juzgan sin datos, confabulan, vociferan, solapan mediocridades… busca un mundo sin otros héroes que los de carne y hueso, y sin malvados. A ritmo de blues…

Comienzo reivindicando la profesión ante un periodista como usted que informa desde un micrófono, desde una fotografía, desde un dibujo…, ¿mientras haya periodistas que quieran hacer periodismo habrá periodismo?

Eso me gustaría pensar, pero la realidad es más compleja de lo que aparenta ser. Al final, para que un periodista pueda hacer periodismo siempre necesitará un medio en el que hacerlo y, la mayoría de las veces, el periodista no es dueño de su medio y este dueño, también la mayoría de las veces, no es periodista ni tiene por qué serlo, aunque tenga una especial sensibilidad por la importancia de un buen periodismo. Mozart no era dueño de la orquesta que interpretaba su obra, ni de las partituras que leían los miembros de esa orquesta que eran publicadas por un editor, ni del teatro en el que se representaba su ópera que era dominio de un empresario. Así que del mismo modo que no sólo son necesarios los músicos para que haya música, no sólo hacen falta periodistas para que haya periodismo. Al final todo es una cuestión de una responsabilidad colectiva, coral, en el que a todos sus protagonistas les une un objetivo, un fin común más elevado que la mera individualidad de sus miembros. Como escribió Robert Louis Stevenson en La isla del tesoro, “ningún hombre es una isla”. Y, evidentemente, un periodista no puede ni debe ser una isla. Y mucho menos el Periodismo.

Prison Blues. Retratos de política, crimen y castigo está repleto de imágenes captadas con su teléfono móvil, usted canonista de pro. Al observarlas creo que no era tan importante captar ese momento, sino más trasladar sensaciones, ¿cómo vivía usted ese momento y cómo esa imagen habla una vez trasladada al espectador?
Bueno, soy un canonista de pro que comete el sacrilegio de llevar mi cámara y objetivos Canon en una mochila de Nikon. Reconozco que tengo un punto polemista que hago pocos esfuerzos en evitar. En efecto, Prison Blues: retratos de política, crimen y castigo es un intento de trasladar sensaciones desde el humilde punto de vista de un periodista que, junto a muchos otros compañeros, nos tocó sufrir esperas y guardias interminables, a merced del frío, el calor, el viento y la lluvia, a las puertas de Juzgados y cárceles debido a esa muy líquida relación que nuestros políticos -sean del signo que sean, se arropen en una u otra bandera- tienen con la moral, la ética, la corrupción, la soberbia, el delito, la ambición y, en suma, con la irresponsabilidad como cargos públicos. Si hubiera que recurrir a símiles pictóricos, y si se me permite esta licencia, en Prison Blues comencé con los ojos de un realista que aspiraba, salvando las enormes distancias, a observar la realidad como un Courbet o un Edward Hopper, para pasar por otras fases como la de la cruda psicología de un retrato de Goya, como la de buscar la impresión, la luz, el color o la ausencia del mismo de un muy mediocre discípulo de Monet, para pasar por momentos surrealistas Dalinianos y acabar en un expresionismo nihilista y pesimista propio de Egon Schiele o Edvard Munch. En este periplo hubo cuatro conceptos que me sirvieron para articular la obra: el Ruido, el Espacio, el Tiempo y la Nada. Con diferentes ópticas, con diferentes estados de ánimo, con una progresivo conocimiento de la realidad informativa (y de la que no se informaba), de la frustración como ciudadano y periodista que ello me producía, del irresponsable absurdo al que nos conducían nuestros supuestos ‘pater patriae’ o padres de la patria, y siempre pegado a un teléfono móvil -ese instrumento al que los periodistas hemos sido condenados a estar pegados de modo perpetuo- comencé a tomar más y más fotos de este viaje en turista low-cost al corazón de las tinieblas. A las tinieblas en las que nuestros máximos responsables públicos parecen moverse con una más que preocupante, inquietante e irresponsable soltura.

Habrá que desmantelar, entonces, ese tópico que se escucha tan a menudo de “con un móvil no se pueden sacar buenas fotografías”. De lo que no hay duda es que en los últimos tiempos han captado a las mil maravillas instantes que no se repetirán más…

Por supuesto que debe ser desmantelado. Sería lo mismo que decir hace años que no se podían sacar buenas fotografías con una Polaroid. Creer que el arte de la fotografía debe limitarse a carísimas cámaras profesionales con ópticas aún más inasequibles es, en mi opinión, un profundo error. Primero debe ser el fin, el objetivo anhelado; y después, el medio con el que alcanzarlo. No lo olvidemos nunca: la cámara siempre será un medio para alcanzar un objetivo: ese “momentum” y ese “punctum” del que hablaba Roland Barthes en La cámara lúcida; ese momento, esa imagen que anhelamos congelar para la eternidad en la que se produce una punzada que se clava en nuestros ojos, que agita nuestras cabezas, que revuelve las entrañas. Y para alcanzar este sublime fin del Arte de la Fotografía poco importa que el medio sea la cámara digital más cara del mercado, una vieja réflex de película de 35 mm o un smartphone de última generación. La técnica y la tecnología deben servir al Arte, nunca al revés. Ahora bien, cuanto menos control tengamos sobre las mismas, más difícil será lograr una buena fotografía, de esas de las que siguen moviéndose en tu cabeza a pesar de lo estático de su imagen.

¿Solía hacer fotografías a diario? ¿Cómo surgió la idea de recopilar estas fotos?
Por mi trabajo como periodista en La Sexta Noticias siempre estoy pegado a mi teléfono móvil. Sé que es terrible pero es a través de él por donde te llegan las informaciones de última hora; la última (y, la mayoría de las veces, innecesaria y prescindible) reacción de un político en Twitter u otra red social; el comunicado de turno del correspondiente Gabinete de Prensa y miles y miles de whatsapps tanto de fuentes de mayor o menor solvencia, de editores, redactores-jefe, y otros compañeros, enmarcados en insoportables grupos de trabajo en el que todos los mensajes enviados acaban chocando entre sí como los coches de choque de una feria de pueblo.

Entonces echó un vistazo a su carpeta y vio que tenía un material ahí que hablaba por sí solo…
El hecho de estar siempre pegado al móvil a costa de la salud de las cervicales hace que también estés pegado a un dispositivo que capta imágenes y que, dentro de sus limitaciones (cada vez menores, gracias al imparable avance de la tecnología en la industria de los smartphones), se convierte en la herramienta perfecta para que aquellos que no somos fotoperiodistas profesionales pero sí somos periodistas, o plumillas como somos conocidos en el gremio, podamos captar fotografías únicas gracias a la privilegiada butaca que tenemos en estos espectáculos con los que nuestra amada clase política nos viene deleitando desde hace no pocos años: sus paseíllos a Tribunales y prisiones para dar cuenta de sus actos poco edificantes y muy poco ejemplares. Fueron tantas las horas muertas que pasé a las puertas de la Audiencia Nacional, el Tribunal Supremos o las prisiones de Estremera, Alcalá-Meco o Soto del Real, que en ellas empecé a tomar consciencia de que algo se podía hacer con todas esas fotos que hacía. Sonaba en mi cabeza una de las mejores pero también crueles canciones de Johnny Cash, el Folsom Prison Blues (el Blues de la prisión de Folsom) y con sus irresistibles compases retumbando en mi cabeza, comencé a publicar en Instagram naturalezas muertas de esos terribles momentos de espera, guardia, frío y soledad en las puertas de una cárcel. Todo con el hashtag #PrisonBlues. Pero a medida que iba tomando más y más todos y las iba publicando en esta red social comencé a percatarme de que había algo más que una sucesión de imágenes más o menos atractivas; realmente había una historia que contar. Y había que contarla a ritmo de Blues.

Algunas de las imágenes que vemos en Prison Blues ya anunciaban, como visionarias, el futuro de sus protagonistas como aquella intervención en Al rojo vivo, en La Sexta, tras las patas de los trípodes de las cámaras, como si fueran barrotes, del exdiputado independentista del PDECat, Jordi Xuclà. (Esa foto es del día de la primera declaración en la Audiencia Nacional de ‘los Jordis’; Jordi Sànchez, líder de la Asamblea Nacional Catalana (ANC) y Jordi Cuixart de Òmnium Cultural. Tras su segunda declaración, el 16 de octubre de 2017, la juez Carmen Lamela dictó prisión preventiva sin fianza contra los líderes independentistas y fueron internados en la prisión madrileña de Soto del Real).

Meses después, vivimos otra realidad. Han indultado a gente que no quería ser indultada. Parece que vivimos en un gag de Pantomima Full…

Presos que anhelan salir de la cárcel pero se ofenden al ser indultados; padres de patrias que nunca han existido; políticos que reclaman diálogo pero sólo quieren escuchar el eco de sus proclamas; dirigentes que desean concordia sin buscar acuerdos; voceros ofendidos que ofenden con sólo abrir la boca, oportunistas polifacéticos y polivalentes; cargos públicos con intereses sumamente privados… el elenco en esta pantomima, en esta farsa en la que ha degenerado la política es casi interminable. Sólo hay una palabra que, desgraciadamente, les pone a todos en común: irresponsabilidad.

¿Por qué lo llama Pedro Sánchez ‘revancha’ cuando quiere decir ‘me conviene por la estabilidad parlamentaria’? ¿por qué no llamar a las cosas por su nombre, utilizar  las palabras adecuadamente…?Porque vivimos en tiempos extraños en los que la realidad y los conceptos se manipulan para adaptarse a las palabras que más convengan en ese momento y en el marco de una estrategia definida. Se manosean palabras y se manipulan conceptos  como “democracia”, “gente”, “ciudadanía”, “libertad” o “cogobernanza” para adaptarlos a intereses no demasiado limpios y no poco opacos.

Se lo decía porque ¡qué importantes las palabras, las letras….! La delgada línea que separa ‘acatar la Constitución’ y ‘atacar la Constitución’. Parece que las palabras han perdido su valor. Todas esas ambigüedades te llevan a equivocar lo realmente básico e importante, que es la Constitución. 
La estrategia política siempre ha jugado con las palabras y los conceptos. Y dentro de ese juego es fácil incurrir tanto en confusiones como en manipulaciones; siempre recordaremos a los que alteran el orden de los factores para intentar alterar el producto: ¿presos políticos o políticos presos? ¿jurar o acatar por imperativo legal? ¿transición o represión? Hagan juego, damas y caballeros…

Habrá tenido que vivir momentos surrealistas como cuando atacan a la prensa, por ejemplo: “Prensa española, manipuladora”. En una sociedad donde empieza a decirse eso, las cosas no marchan del todo bien. Demuestra una falta de salud democrática importante, ¿qué opina?

Como periodista, evidentemente, condeno y condenaré cualquier tipo de ataque verbal, físico o actos de mal llamada “no violencia” contra la Prensa y sus profesionales que, no olvidemos nunca, realizamos una labor pública, un servicio esencial como el de informar y el de hacer posible a cualquier ciudadano ser informado. No olvidemos nunca que éstos son derechos fundamentales fielmente recogidos tanto en nuestra Constitución como en la de cualquier Estado que se considere democrático y vinculan a todos los ciudadanos y a todos los poderes públicos. (No como el derecho a la autodeterminación que no existe ni viene reflejado en ninguna constitución democrática de ningún país europeo). Ahora, los periodistas debemos ser conscientes y denunciar situaciones que menoscaban este bello y tan necesario oficio, como la confusión entre activismo y periodismo; el servilismo a políticos y poderosos; la progresiva precariedad laboral que hace que los periodistas ejerzan su oficio con menos garantías, calidad y, lo que es más preocupante, seguridad personal. Y no nos engañemos, aún a riesgo de parecer agorero: llegará el día en el que el periodismo -como oficio independiente que busca información veraz, objetiva y contrastada- morirá irremediablemente tras una larga agonía. Y los asesinos habrán sido periodistas. Lo seguirán llamando periodismo pero no, ya no será periodismo.

Y no es asunto baladí este de los indultos… veremos cómo se desarrolla este tercer nuevo Gobierno tras la remodelación del sábado…

A Pedro Sánchez  le quedan apenas dos años para intentar amortiguar el duro golpe que suponen los indultos a su electorado. La implacable y engrasada maquinaria propagandística de Moncloa ya se encargará de ello y no olvidemos la ya casi legendaria “baraka” de Pedro Sánchez y su prodigiosa capacidad para dar vueltas imposibles a tortillas quemadas ya de un lado. Resumiendo: todo puede pasar, todo es posible en Moncloa.

¿Por qué ese juego alternando con el color y el blanco y negro? Está claro que transmiten un tono distinto desde el dramatismo de una cárcel a la belleza de un paisaje pero, ¿qué criterio ha seguido para escoger color y B/N?
No hay una explicación no tanto lógica como instintiva. Hay imágenes que se congelan en la retina del fotógrafo en color y otras en blanco y negro sin que, necesariamente, medie un proceso enteramente racional y meditado en ello. Es como un amor a primera vista; no sabes por qué pero hay flechazos fotográficos que abarcan toda la gama cromática de un arco iris y otros que lo hacen en la casi infinita gama de grises que habitan entre el blanco y el negro. También es cierto que en Prison Blues hay un único capítulo, el último, titulado La Nada, enteramente protagonizado por el blanco, el negro y esa gama de grises de la que he hablado. En este caso, sí es una decisión profundamente meditada y sí he querido darle un sentido dramático a esa Nada a la que, inevitablemente, nos vemos abocados en este particular viaje en el que he buscado, con mayor o menor éxito, adentrar mi corazón en las tinieblas.

Por cierto, la imagen de la entrada a prisión de Rodrigo Rato es distinta a las demás. Prefirió obviar el semblante de preocupación y drama de Rato, para ofrecérnoslo de espaldas. Como decía Álvaro Rivas, director adjunto de Informativos La Sexta, un millón de euros por los pensamientos de Rato en ese instante…

En no pocas ocasiones, la casualidad te regala los planos más expresivos del sujeto fotografiado. En muy pocas ocasiones en el fotoperiodismo, la ausencia de un rostro y su expresión se convierte en noticia. La Prensa anhela siempre ver el rostro desencajado, la lágrima que está a punto de salir o la carcajada más estruendosa posible. Pero en el caso de la entrada en la prisión de Soto del Real de Rodrigo Rato, el punctum Barthesiano se encontró en esa pesarosa espalda del que fuera vicepresidente económico del Gobierno de Aznar y presidente del FMI. Una espalda cargada de mala política, crimen y más que merecido castigo. Sin aún haber entrado en la cárcel para cumplir su condena, el terrible e implacable peso de la pena ya caía, fulminante, sobre la espalda de Rodrigo Rato. Un peso que, tarde o temprano, hace caer a los príncipes destronados por la ambición desmedida, la avaricia, la inmoralidad y la corrupción.

¿Y cómo fue contar en la presentación de Prison Blues con la modelo y actriz Inés Sastre? Me parece una de las personas más interesantes y más desconocidas…

Fue un absoluto honor y un lujo total contar con la presencia de Inés Sastre en una de las presentaciones de Prison Blues en la Casa de Cantabria de Madrid. Es harto conocida su faceta de top model, no lo merecidamente reconocida su carrera de actriz que ha trabajado con nombres de primera línea como Michelangelo Antonioni, Carlos Saura, Wim Wenders, Andy García, Bill Murray o Pupi Avati e inmerecidamente desconocidos sus títulos de licenciada en Literatura Francesa Comparada, el de Chevalier de las Artes y la Cultura de la República Francesa y la Stella d’Italia de Cultura de la Embajada de Italia en España. Que alguien que ha inspirado a maestros de la fotografía de la talla de Richard Avedon, Mario Testino, Javier Salas, Alberto García-Alix o Sylvie Lancrenon, entre otros muchos, decida que el primer acto cultural público al que asiste en Madrid – en plena pandemia- recientemente instalada en Madrid tras vivir 30 años en París es algo de lo que sólo puedo estar profundamente honrado y agradecido. Tanto a ella como al destino que hace posible lo imposible. Estoy convencido de que Inés Sastre, una mujer profundamente culta, inteligente y empoderada, recibirá en España la acogida que se merece la que ha sido, es y sigue siendo una de las mejores embajadoras de la marca España, de su cultura y su arte, por su mérito, su demostrada capacidad y porque es de justicia. (continúa +)

Jaime Rull, Inés Sastre y Miguel Ángel Aguilar

Recuerdo que Juan Luis Cano, en otra entrevista, me decía hablando sobre pintura “No tengo ninguna obra favorita, pero me chifla Velázquez. Creo que, como decía mi maestro y amigo admirado Santiago Amón, después de Velázquez la gente ha pintado por entretenerse, pero no porque haga falta…”

La de Juan Luis Cano es una de las mentes más ingeniosas, cultas y divertidas del periodismo español y, también, un gran rapsoda. Cuando nació el proyecto Prison Blues, originalmente como una exposición de fotoperiodismo en la Fundación Diario Madrid, con el apadrinamiento del enorme y veterano periodista Miguel Ángel Aguilar (a la sazón, autor del prólogo de mi libro), Juan Luis Cano tuvo a bien honrarme con su presencia y su verbo el día de la inauguración. Y con esa poesía de su verbo, recitó y regaló a toda la audiencia una magnífica interpretación de las Nanas de la cebolla, de Miguel Hernández. Tenía todo el sentido que así fuera ya que debemos recordar siempre que Miguel Hernández escribió ese poema de amor incondicional a su hijo sumido en la tristeza en blanco y negro de su celda en la cárcel de Torrijos, en Madrid, nada más acabar la Guerra Civil. Esa obra maestra es el ejemplo de cómo la belleza se abre paso inevitable e irremediablemente a través de los páramos y los muros de la fealdad tanto ética como estética. En otro orden de cosas, lo de que los pintores posteriores a Velázquez fueran solamente contingentes y no necesarios es más que discutible. Yo no podría vivir sin sentir necesaria en nuestras vidas y en nuestra Historia universal la obra de Goya, Picasso, Monet, Van Gogh o Antonio López, entre otros muchos.

Claro que, no hablé con Juan Luis Cano sobre los dibujantes de juicios… la gente no sabe que usted es de lo más polifacético, también dibuja. Un arte el del dibujante de juicios en peligro de extinción, como tantas cosas últimamente…

Por desgracia, no es que el oficio del dibujante de juicios esté en peligro de extinción, es que está completamente extinto. Ni siquiera los estudiantes de Bellas Artes tienen interés en tomar esbozos del natural durante la vista de un juicio. También es cierto que el hecho de que la mayoría de los juicios se televisen y sean grabados ha desprovisto de sentido el oficio de dibujante judicial. Sólo en casos muy contados en los que se prohibió el acceso a cámaras, como en la vista oral en el juicio a La Manada, se hizo imprescindible la presencia de dibujantes que captaran los rostros y la mezquina psicología de los acusados y posteriormente condenados. En mi caso personal, siempre me ha fascinado dibujar en todas sus variantes. Cuando se aproximó el comienzo de la vista del juicio a los responsables del procés, le propuse a mi superior directo profesional, Antonio García Ferreras, director de contenidos informativos de La Sexta y presentador y director de Al Rojo Vivo, que un juicio histórico de tanto calado para la Historia española contemporánea no sólo debía ser narrado periodísticamente del modo más fiel, objetivo y meticuloso posible, sino que también debía ser dibujado para la posteridad, como sucediera con los juicios del 23-F o el de la Colza. Ferreras acogió y apoyó con entusiasmo la idea y, gracias a ello, tuve el inmenso privilegio de ser el único periodista dibujante acreditado en el interior del majestuoso Salón de Plenos del Tribunal Supremo en el que se desarrolló el ya histórico juicio al procés. Día tras día y vista tras vista realizaba la crónica dibujada del mismo en Al Rojo Vivo, de La Sexta, con el maestro Ferreras a la batuta.

Es que, vamos a ver, a usted hay que presentarle más detenidamente al lector que ahora nos lee. Poco a poco irán recordando que fue productor del gran Pumares desde 1994 a 2001, cuando Polvo de estrellas emitió su último programa en Onda Cero. Que tu primer jefe sea Pumares creo que ya curte a cualquiera para el resto de sus días…

Puedo afirmar, sin temor a equivocarme, que casi siempre he estado a las órdenes de locos egregios a lo largo de mi carrera profesional. Suficiente ejemplo de ellos con nombres como Carlos Pumares, Juan Luis Cano, Guillermo Fesser o Antonio García Ferreras. Y  sí,  que tu primer trabajo sea a los 19 años de edad en el mítico Polvo de Estrellas de Pumares y vivir en directo un especial 2001: una odisea en el espacio o la llamada del Fibergran es algo que imprime carácter de por vida. Siempre habrá un antes y un después.

Es una maravilla ver que Carlos Pumares le recuerda con tanto cariño como en aquella entrevista en Jot Down: “Mis dos grandes amigos. Alberto, mi primer ayudante, y Jaime, su hermano, el segundo. Dos tíos maravillosos. Mira, por la noche los técnicos eran los mejores, pero iban por la noche porque estaban castigados. Hacían algo mal y: “¡A la noche!”. Y yo encantado. Eran los mejores”.  ¿Exagero si digo que más Pumares y menos tertulianos podría ser su grito de guerra?

Pumares es el hater originario y vanguardista. Él creó todo lo que mucho más tarde se convirtió en tendencia y se puso de moda, sobre todo en el sobrevaloradísimo mundo de las redes sociales. Después de él llegaron los Carlos Boyero y no pocas tuitstars. Pero la gran diferencia que aporta Pumares a todos estos personajes es su saber casi enciclopédico y su amor, conocimiento y pasión infinita por el Cine. El de los tertulianos es un fenómeno sobre el que hay que hacer no poca crítica y mucha autocrítica.

¿Cómo fue acabar en La Sexta informando de cosas tan hostiles y tan serias como la política, la corrupción… tras aquellos años con Gomaespuma? Fue un cambio de registro más que estimulante y un reto personal que sigo intentando superar cada día en esta trinchera con una bayoneta bien calada.

¿Para sobrellevar la rutina de escándalos políticos hay que tener mucho humor?

Por supuesto. El de la política y la corrupción es un mundo que no se puede sobrellevar sin humor, sin descartar al humor negro en ningún momento, ni ironía. Es más, el de la información política y judicial es un mundo que, cuerdo, se puede convertir en insoportable.

¿En esos días de calle con micrófono ha pensado alguna vez “con lo bien que estaría yo en Aletas de la Frontera”?

No nos engañemos, Aletas de la Frontera no es más que un espejo no demasiado distorsionado de la realidad que vivimos, sobre todo la política.

Me ha gustado mucho Prison Blues, ¡pero espero que no haya otros Prison Blues 2 o Prison Blues 3! ¡eso sería buena señal! O no, vete tú a saber… ¿Está ya pergeñando ideas para un nuevo libro?
Tras el periodo de guerra pandémica que aún vivimos y en este irremediable ocaso en el que se ha sumido nuestra sociedad occidental y sus valores, llegará Covid Blues. Ahí lo dejo…

 

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