John Ross va

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El periodista y escritor John Ross murió el 17 de enero pasado antes de que pudiera yo conocerlo. Semanas atrás un amigo común había planteado presentarnos. El tiempo nos ganó, como siempre.

 

Mi amigo había coincidido con John Ross en una de esas giras que las editoriales organizan en Estados Unidos con el fin de publicitar las novedades bibliográficas. John Ross divulgaba en su país su libro final: The Monster, una historia de la Ciudad de México, su droga favorita.

 

Desde veinticinco años atrás vivía en la capital mexicana, a la que llegó atraído por los efectos del terremoto de 1985 en esta ciudad.  Se apoderó de una habitación del legendario Hotel Isabel, que ha ocupado también al escritor Javier Marías en Negra espalda del tiempo. En las paredes de la habitación gustaba de pegar recortes de periódicos, fotografías y datos curiosos. Era su aportación al muralismo mexicano: la idea de una urbe que hubiese salido de los sueños y pesadillas de un José Clemente Orozco estadounidense.  

 

John Ross vivía como si fuese el último exponente de la beat generation, un beatnik rezagado en la antigua Tenochtitlan mientras sus hermanos mayores (Ginsberg, Burroughs, Kerouac…) pasaron a la otra vida luego de probar los dones enervantes del altiplano de México. Le apasionó el levantamiento neo-zapatista en Chiapas de 1994. Su mundo era la visión progresista de izquierda, las películas en blanco y negro de John Huston, el jazz de la época de oro (Thelonius Monk en el centro), la literatura de Hemingway, Scott Fitzgerald, Norman Mailer, B. Traven, et. al.

 

En un obituario en la prensa Hermann Bellinghausen, que lo frecuentó bastante cuando ambos estaban al lado de los zapatistas insurrectos, cuenta que a John Ross le fascinaba estar en la línea de choque de manifestantes contra la policía: era un pacifista consumado. Y atesoraba jornadas de codos, rodillas y gargantas hechas polvo contra la guerra de Vietnam o de Irak. Nunca dejó de ayudar a los pobres, a las víctimas de las injusticias.

 

John Ross tenía un temperamento rebelde en extremo y rompió con el neo-zapatismo en 2006: era un hombre sabio que vio declinar su fuerza física por un cáncer hepático, al que le vino encima su pasado en un Nueva York y un San Francisco muy distintos a los actuales. Lo único que persistía incólume era la sociedad guerrera que lo vio nacer en 1938 y a la que se opuso siempre.

 

En una conferencia de 2009, que ofreció en el Institute for Policy Studies en Washington D.C., leyó la palma de la mano de las desventuras de México ante EEUU:  “¿Qué quiere Washington de México? En cuanto a la seguridad, los EEUU  buscan el control total del aparato de seguridad de México. Con la creación de NORCOM (el comando del norte) diseñado para proteger a EEUU contra los atentados terroristas, México representa para Norteamérica el perímetro meridional de tal seguridad. La fuerza aérea de EEUU tiene ahora carta blanca para penetrar en el espacio aéreo mexicano. Por otra parte, el North American Security and Prosperity Agreement (Acuerdo por la Seguridad y la Prosperidad de América del Norte) integra bajo el mando de Washington los aparatos de seguridad de las tres naciones del Tratado de Libre Comercio. La iniciativa de Mérida firmada por Bush II y Calderón a principios de 2007 permite la operación en territorio mexicano de los agentes de seguridad armados de EEUU –sean del FBI, la DEA, la CIA, o la ICE. Los contratistas militares al estilo de Blackwater no pueden estar lejanos. Las guerras se dan por los jugosos contratos gubernamentales. Los dineros de la Iniciativa Mérida van directamente a los contratistas de la Secretaría de la Defensa de EEUU –olvídese de los intermediarios mexicanos”.

 

Los últimos días de John Ross transcurrieron en una casa de huéspedes a la orilla del Lago de Pátzcuaro, en el estado de Michoacán. Para retratarle en cuerpo y espíritu está el episodio de cuando, por negarse a ir al ejército durante la guerra de Vietnam, se le ocurrió cantar frente al juez “Master’s of War” de Bob Dylan para culminar con la recitación de un poema de Brecht. El juez lo miró estupefacto en silencio antes de condenarlo a dos años de cárcel. John Ross, sí: de Greenwich Village, de Bagdad, del Centro Histórico de México, de San Cristóbal de las Casas, del mundo.

 

 

 

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Sergio González Rodríguez (Ciudad de México). Estudió Letras Modernas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Es narrador y ensayista. Ha sido músico de rock, editor de libros y suplementos culturales y profesor en estudios de postgrado. Desde 1993 es consejero editorial y columnista del diario Reforma y del suplemento cultural El Angel. En 1992 fue Premio Anagrama de Ensayo (finalista ex aequo) en Barcelona, España, con la obra El centauro en el paisaje, y en 1995 recibió el Premio Nacional de Periodismo Cultural Fernando Benítez. Dos veces ha sido becario de la Fundación Rockefeller. Autor de diversos libros, en 2002 publicó su relato sobre violencia, narcotráfico y asesinatos contra mujeres en la frontera de México y Estados Unidos titulado Huesos en el desierto, que fue finalista del Premio Internacional de Reportaje Literario Lettre/Ulysses 2003 en Alemania, obra que se ha traducido al italiano y al francés. En 2004 publicó la nouvelle El plan Schreber, en 2005 una novela titulada La pandilla cósmica y en 2006 su ensayo narrativo De sangre y de sol. En 2008 publicó su novela El vuelo y en 2009 su crónica-ensayo sobre decapitaciones y usos rituales de la violencia El hombre sin cabeza, ya traducida al francés. Es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte de México.