Publicidadspot_img
-Publicidad-spot_img
Mientras tantoJuan del Val y el discreto encanto de la literatura EGB

Juan del Val y el discreto encanto de la literatura EGB


Donde se lee a carcajadas el último premio Planeta; abisal novela de amores maduros que es anterior a la creación del castellano y merecería un justo lugar en la colección Barco de Vapor

El reciente premio Planeta, otorgado al opinólogo canallita Juan del Val, ha provocado muchas risotadas en la selva literaria; foresta de bosquimanos con cerbatanas envenenadas que escupen flechas virulentas antes de emitir una palabra. “Abandonad toda esperanza los que se adentren aquí” decían en los cuentos góticos, bajo auspicio de Dante, y es evidente que esa frase tenía que haber estado como aviso fatal en la faja de novela.

La obra es, en efecto, de escasos méritos literarios, pero tengo que decir a favor de ella que carece de cualquier ambición. Los personajes que cruzan sus páginas son clase media – alta miserable, furibundamente hortera, contrariados por sus elecciones amorosas. El lazo fatal de este regalo inocuo, el equivalente a un cenicero robado en el VIPS, es la corbata verde de Tecnocasa que parece portar Antonio, uno de los protagonistas. Este, por supuesto, es el maniquí con quién se identifica el autor; arquetipo de intenso maduro que va “con la verdad por delante”, dice a sus amantes “tu coño es mi droga” y que, por supuesto, es “amigo de sus amigos”.

«Tú, yo, solos en la madrugada. Piénsalo. Y vomita».

No crean, compañeros, que el mezquino autor de esta reseña recupera esas frases hechas con maldad: casi todas las metáforas de Vera, una historia de amor (Planeta, 2025) son de esta manera y la ficción alcanza además el abominable número de 219 adverbios acabados en mente. El lector llega a pensar si la pieza está escrita por el ectoplasma de Johan Cruyff, que siempre colocaba ese “automáticamente” en esa meca castiza y cuñada -¡unamuniana!- que fue El día después; probablemente el único Café Gijón que mamó del Val.  En consecuencia, en las primeras páginas asistimos ya al terror estético de una metáfora tan basta que no desentonaría dicha con acento maño cerrado por el Paco Martínez Soria de La ciudad no es para mí:

“Esa piel tan perfectamente apurada que parecía pulida. Fina, como a punto de romperse. Primero blanca y brillante cual loncha de tocino, y rosácea después de unas palmaditas rítmicas para esparcirse un aftershave que en su cara olía a pasado”.

La comparación es tan poco afortunada, más como pensamiento de una pijopera como es Vera -toma pareado-, que se llega a pensar que del Val trazó la novela como una inmolación literaria. Incluso, la frase inicial es como el tráiler de la prosa derribo que va a acontecer: “El amor brota sin orden, tarda un segundo en producirse” (Brota, brota, mi pelota). Esta cursilería se corona, cómo no, con una delirante sentencia final tal que así: “Antonio levanta su vista del suelo y abraza a Diego, haciéndole el niño más feliz del mundo”. Pero, ay, el colaborador de Pablo Motos también se atreve entre medias con la sinestesia, palabra que debe sonarle a diputada de Bildu, y alcanza al paroxismo en la metáfora más forocochera posible:

“El ruido de los dos sexos chocando es el de una ovación con las manos empapadas”

El lector luego de leer la última frase de la novela

Ni el bromuro más neocatecumenal, ideado por algún científico loco en la Universidad de Navarra como solución a las faldas revoltosas en la obra, es capaz de destruir más el erotismo que esta frase que se une a clásicos del planeta Forocochiame la pone como clavícula de Transformer”, “le daba como cajón que no cierra” o su clara inspiración laísta “la ponía como radio de un pintor”. Toda esta prosa propia de Val Perico y su borrico poco a poco transforma al autor a cada página en el animal del título citado debido a su escasa eficiencia sintáctica. Muy pocas comas, para terminar, están bien engarzadas lo que hace sospechar además de una muy probable edición vía Chat GPT.

Solo queda, amigos, la trama y esta es tan lejana a un buen Balzac como un piso patera en Lavapiés lo está a Versalles.

Tía, no te rayes

Si Vd., estimado lector, es capaz de abstraerse a que la imaginación de del Val se topó con el techo a la hora de las metáforas, no espere que el gotelé narrativo sea muy fino. La bóveda de este piso paco novelístico tiene un andamiaje pedestre, lleno de tópicos, y con muy poco sentido del misterio. La idea motriz de toda la obra es que Vera, tía, está rayada: todos sus dimes y diretes con su ex el marqués, el hermano del amante -intento pedestre de novela negra que no llega a afroamericana- y demás no salvan las páginas y páginas de monólogos y diálogos propios de los foros Enfemenino.com.

Como del Val carece de tono, escribe como habla, el estilo hace imposible salvar una historia aburrida, pero también deja caer una misoginia de enteradillo que cree saber cómo piensan las mujeres. Cantaban Meteosat “Por eso en Betty encontré (ye-yé), lo que yo siempre deseé (ye-yé), me lava y plancha fenomenal y cumple el rito conyugal” y esto casi resume la idea que del Val tiene sobre la emancipación femenina: chicas supuestamente independientes que puede engatusar con tres Estrella Galicia.

No hay que ser Lucía Lijtmaer, el equivalente de izquierdas de del Val, para ver cómo todas esas ideas predefinidas carecen de misterio, de irracionalidad. De literatura, en conclusión. Los personajes de esta novela son predecibles como pudieran serlo un grupo de Legos con palmeras sevillanas al fondo: todos siguen en el sendero de puntos en el plástico y jamás tienen doble juego.

Por otra parte, quién busque épica Planeta tipo -especialidad de Gabás o Galán- o incluso un retrato en pana del fracaso del antifranquismo y la impotencia sexual subsiguiente -descripción exacta de toda la obra de Manuel Vázquez Montalbán- debe huir. El letraherido común solo podrá utilizar este artefacto papelero, no debe llamarse novela, como calzador de puertas y armarios. Porque no hay un mínimo atisbo de ideal estético, de ironía, en una novela simple sobre gente corta y escrita por alguien dentro de estos dos apelativos.

«Yo soy solo fiel a Cortefiel»

Una Vera real, una meridional en crisis, era Silvia Bertomeu en Crematorio creada con ese talento imposible que solo pueden tener los uranitas a la hora de idear mujeres. Del Val, cipotudo a su pesar, se ha llevado un millón de euros por un suicidio artístico que compromete sin duda toda su trayectoria posterior. Quizá Nuria Roca, con más sentido del humor que del Val, podría haberle regalado una frase llave. Esta, sabiduría maliciosa y totémica del barrio de Salamanca, tendría más chispa que toda la hojarasca de su pareja:

  • “¿Cómo me haces estas novelas, Juan?”.

Más del autor

-publicidad-spot_img