Julio Ramón Ribeyro: exposiciones, eventos, transmisiones

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La crónica del misterioso asesinato de un desconocido: en el fondo, una carta de amor melancólica a lo que desaparece. Un relato del terror que nos acecha, que rompe en pedazos el presente con sus alucinaciones. Un brutal tratado de metafísica. Una comedia muda en un universo donde los objetos inanimados se muestran amenazantes y los seres humanos, en continuas colisiones, rebotan después de haber adquirido dolorosas experiencias. Entre enlaces cruzados, calumnias de segunda, autoridades en desesperadas especulaciones, depredadores y notorios; todo lo anterior, al abrir una biografía.

 

Permanece ajeno a este caos el autor que nos ocupa, lo cual es el secreto de su indestructibilidad. ¿Es necesario ver cuando se goza del beneficio de la prosa? Dispone el escritor peruano Julio Ramón Ribeyro (Lima, 1929 – 1994) su botín de vestigios paciente y deliberadamente. Coloca el cuentista latinoamericano las palabras en su lugar, improvisa, descarta las menos prometedoras, refina las exitosas. No interesado en las posibilidades, sino en la acción, es la narrativa lo que fascina al que fuera periodista de la Agencia France Press, el dolor y la pasión, dentro de los parámetros de una comedia consumada. Disfrutamos atrapados en la irresistible resaca de su bravura, combinada con el entusiasmo por el lado más oscuro de una vida que nos arroja a los precipicios de la autoparodia.

 

Un hombre flaco

 

El momento de revelación es el más triste, abstraídos, como estamos, de nosotros mismos, así como de lo que nos rodea. La sensación de continuidad redunda en la idea de que la historia está impresa en el paisaje. “No busco nada (…) y todo tipo de reuniones, congresos, no los acepto, no asisto y, a veces, ni me excuso”. Ribeyro sigue vivo. Siempre será miembro, muy a su pesar (“me automargino, no me atrae en absoluto la fama”), del movimiento literario que tuvo lugar en los años sesenta del pasado siglo, denominado boom, que incluye a Cortázar, García Márquez o Carlos Fuentes, y cuya adhesión no ve en la muerte un obstáculo.

 

La reciente publicación de Un hombre flaco (Ediciones Universidad Diego Portales, colección Vidas Ajenas, 2014), retrato del escritor a cargo del periodista Daniel Titinger (Lima, Perú, 1977), logra convencer al lector de la importancia del agregado cultural en la embajada peruana en París. Experto en uno de los creadores más huidizos del mundo, el periodista es además un biógrafo consumado. El relato avanza en forma de diagrama de flujos. Las distintas direcciones nos envían de vuelta al principio, como si la vida del biografiado hubiera tenido lugar en el noveno círculo del infierno. A pesar de ello, el resultado no es redundante.

 

Provocativo, pleno de hechos asombrosos y nombres inverosímiles, el recuento luce extrañamente impersonal. ¿Alguna vez estuvo un autor tan presente y ausente de su propio trabajo? Inconfundiblemente Ribeyro, personalmente no involucrado, Un hombre flaco consigue retratarlo a la perfección: “Tenía una técnica para fumar y otra para beber. Tenía una técnica para todo. Decía que mediante una técnica había logrado descifrar los misterios de la ruleta, y que se haría millonario jugando en los casinos de Montecarlo”. Las anécdotas se suceden en torno a la infelicidad de la escritura: “Es necesaria siempre una cierta dosis de sufrimiento para poder escribir [sostiene Ribeyro], para poder crear. La felicidad no creo que sea ciertamente un estado muy fructífero”.

 

El rápido examen de los cambios no hace justicia a la extraordinaria transformación de la experiencia, a la repentina aparición de las sombras de la opresión. Al igual que el embajador del Perú ante la Unesco, quien, habiendo establecido que no tenía nada que decir, pasó a estudiar la forma de decirlo, Titinger se hace eco de la frustración de un mundo incoherente donde nada significa nada, un universo donde pululan “fracasados, alcohólicos, saltimbanquis, locos, despistados originales, parias, en fin, todo el inmenso flujo de la penumbra de la vida que, para el autor, tiene mucho más sentido que la luz cruda de los reflectores”.

 

Un hombre flaco es reflejo de lo que la pérdida del lenguaje se parece a la pérdida humana. Celebra la historia de un continuo y diverso mundo mantenido en su diversidad a pesar de la persecución, la condenación, la aflicción. Representa el triunfo final de una literatura que toma partido y hace juicios. Se registra en el libro el castigo impuesto por la ley al transgresor, la brutalidad igualmente salvaje a la que muchos objetos de deseo son sometidos. El vocabulario disminuye a medida que avanza la obra, hasta desaparecer, en señal de luto (“Y no dijo nada más”). El texto se deshace, es memoria de errores deliberados, documento que socava su propia fiabilidad: “su cuerpo –o su falta de cuerpo, más bien– es traslúcido y etéreo, como una hoja de papel de seda”.

 

El arquetipo adaptable pertenece a una sola localidad. Hunde sus raíces en el alborotado Sur donde se suceden los remordimientos, las instituciones de caridad y las casas de hospedaje desvencijadas. “Alida de Riberyro [viuda del autor] estaba junto a su esposo, diciéndole a una enfermera que aún no había muerto: ‘Todavía está viva la memoria de sus células’”. Se excava aquí la historia para especular sobre los patrones secretos que yacen enterrados en el pasado del personaje, se medita sobre las sucesivas vidas ocultas amontonadas en un catálogo. Ribeyro no está vivo, de acuerdo, pero el tiempo que dura su biografía, uno es consciente de que su contribución a la literatura sigue siendo vital. Titinger realiza su labor con energía. Su biografía es una forma de justicia. Su esfuerzo por crear y recrear un mundo que se destruye a sí mismo termina por preservarlo.

 

 

Prosas apátridas

 

Nada sucede, o lo que sucede es historia, o más bien, historias, pero fragmentadas, incompletas, materia prima con la que el autor convierte sus tribulaciones en gemas de humor autobiográfico. “No son poemas en prosa, ni páginas de un diario íntimo, ni apuntes destinados a un posterior desarrollo (…) los considero ‘apátridas’, pues carecen de un territorio literario propio”. Es Ribeyro un escritor cuya mirada se aleja de la acción principal para dirigirse hacia los absurdos convincentes. No parece importar adónde: reflexiona sobre los dilemas de la escritura: “al reunirlos en este volumen he querido salvarlos del aislamiento, dotarlos de un espacio común y permitirles existir gracias a la contigüidad y al número” (“Nota del autor”). El recuento resultante es parte mea culpa, parte autoexoneración, parte memoria.

 

El creador peruano nunca somete su impulso a escrutinio. ¿Por qué escribir algo cuando no hay nada que decir? “Podemos memorizar muchas cosas, imágenes, melodías, nociones, argumentaciones o poemas, pero hay dos cosas que no podemos memorizar: el dolor y el placer”. A través de un consuetudinario sentido de sí mismo, se escribe un libro. Pero ¿qué libro? El de alguien que espera algún día estar preparado para escribir lo que siempre ha soñado. En sus inclasificables Prosas apátridas (1975; Seix Barral, 2017) Riberyro explora la identidad y la alienación del expatriado, mientras evade las reglas de la estructura, la forma y la construcción, mientras rompe las reglas de la prosa.

 

El interlocutor deambula entre disfraces y personajes. Vidas dobles: “El signo es más perdurable que el objeto que representa. Dejar la infancia es precisamente reemplazar los objetos por sus signos”. Intenta una confesión y luego la purga, para autorrealizarse. El disimulo es la franqueza despiadada y autodestructiva con la que se desnuda: “No hay nada peor que caer bajo la dominación de los objetos. La única manera de evitarlo es poseyendo lo menos posible”. El cuentista de Los gallinazos sin plumas (1955) ama las contradicciones. Corta deliberadamente el vínculo entre sus verbos y sus sujetos en largas y difíciles oraciones: “Como el niño con el juguete que rompe, no descubro bajo la forma admirable más que el vil mecanismo”. El resultado es complejo, pero no sin propósito. “Al mismo tiempo que descompongo el objeto destruyo la ilusión”.

 

Nos hace volver para verificar dónde estamos, nos deja en la búsqueda eterna de un significado fuera de nuestro alcance. “Lo que aprende [nuestro hijo es] lo que olvidamos; y el año que suma, el que se nos sustrae. Su desarrollo es la imagen simétrica e invertida de nuestro consumo, pues él se alimenta de nuestro tiempo y se construye con las amputaciones sucesivas de nuestro ser”. No se aprecia, sin embargo, afectación: el estilo es anatema: es este un libro sobre cómo escribir un libro, una especie de (si se me permite) bibliomemorial, donde se suceden innumerables entradas, raras viñetas que no esperan ser leídas de una sentada: entramos y salimos de ellas como si fueran poemas.

 

Las reflexiones diríanse entretejidas con fragmentos de la novela que el diarista de La tentación del fracaso (1992-1995) intenta escribir, consejos de antiescritura recreativa, recuerdos y estudios de ficción, a través de una narrativa sostenida, fragmentaria, más un conjunto de recortes que un diario, donde “cada persona, cada hecho es el nudo necesario al esplendor de la tapicería. Todo se inscribe en el haber del libro de cuentas de la vida”. Sus ambiciones frustradas, sus anhelos secretos. Su parloteo autopromocionado es puro mecanismo de defensa. Prosas está lleno de momentos de iluminación y reevaluación. Su objetivo es, presumiblemente, el lector que intenta descifrar lo que lee, pero aún no lo ha logrado.

 

Lucha Ribeyro por comprender el yo y el inconsciente frente a la ruptura de la certeza emocional y/o narrativa. Vida y escritura son igualmente expresivas de una originalidad de pensamiento y comportamiento inextinguible. “Las palabras que callamos”, nos dice, “eran las que deberíamos haber pronunciado. Los gestos que guardamos por pudor eran los que deberíamos haber cumplido”. Lo que nos presenta es, de hecho, solo una fracción del material disponible, condensado en una pequeña muestra. “Los actos que nos parecieron triviales eran los que se esperaba de nosotros. Otros los hicieron en nuestro lugar. Paguemos ahora las consecuencias”.

 

Con toda su energía y sensibilidad cómica, estos fragmentos hacen justicia al don único del Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo (1994) como narrador. Memorias, reminiscencias o microautobiografías confesionales, en estas Prosas, lo extraño queda cuidadosamente cosido a una narrativa que desemboca invariablemente en la hilarante sorpresa. Nunca es menos que un placer estar en compañía del peruano. El lector nunca sabe muy bien qué va a decir a continuación, pero siempre es divertido, nunca aburrido, como cabría esperar de un amigo de por vida.

 

 

Cacofonía

 

Escucha: se oyen los gritos del pasado. Lee y serás recompensado con los inmemoriales acordes de lo antiguo, transmitidos de padres a hijos. Hay atisbos tentadores en la soledad de chapotear a través de las marismas de un viaje crepuscular río arriba. Aunque nuestros caminos se cruzan de maneras improbables, quizás predeterminadas, quedamos atrapados cada uno en su propia niebla solitaria. A pesar del deseo de volver a la criatura étnica, el objeto de estudio permanece separado, escurridizo, aislado por su egocentrismo. El resultado no existe. Hemos proyectado nuestros propios sentimientos. ¿Eso es trágico, cómico, tragicómico o ninguno de los anteriores? Toda biografía analiza la plétora de exposiciones, eventos y transmisiones que constituyen la existencia no solo para encuestar nuestro pasado sino también para explorarlo.

 

En el ojo de la mente, el lugar opresivo se alza solo para revelar el páramo. Menos una excavación que una pieza apresurada de citas a velocidad cultural, las prosas de Ribeyro suponen una cacofonía de nombres no pronunciados, más o menos cronológicamente. Rastrilla el autor hispanoamericano las profundidades ocultas de lo nacional y envía sus ondas a todos los afluentes. Su glosario es sinestésico, mientras encuentra antecedentes. Renuncia al esfuerzo de penetrar la máscara de su sujeto. Enfrentado con las repetidas seducciones, descarta la pasión. Escoge los detalles vibrantes: el pasado que huele a hogueras, a polvo y lluvia. Dirige a su personaje a través de las oficinas y los barrios marginales, lo golpea contra los expertos literarios. Las páginas brillan con pepitas recuperadas del río de la literatura. Leerlas solo sirve para enfatizar nuestra terrible voracidad de aventura.

 

 

 

 

José de María Romero Barea (Córdoba, España, 1972) es profesor, poeta, narrador, traductor y periodista cultural. Autor de poemarios como Resurrecciones (Asociación Cultura y Progreso, 2011), su última novela se titula Mitze Katze (Ediciones Amargord, 2016). En FronteraD ha publicado, entre otros artículos, Único, inestable, distanciado Cees NooteboomHenryk Skolimowski: pasajes hacia la autoconcienciaJorge Luis Borges: rompecabezas para el siglo XXAutobiografías no autorizadas. César Aira y Sylvia Townsend Warner y Antonio Rivera Taravillo: la ternura del sonámbulo. En Twitter: @JdMRomeroBarea

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