La cacería

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Se ha visto a Nicolás en el papel de “Saza” vendiendo porteros automáticos en la montería de ‘La Escopeta Nacional’, que es a lo que en realidad se ha debido venir dedicando por vocación entre selfi y selfi...

 

Se ha visto a Nicolás en el papel de “Saza” vendiendo porteros automáticos en la montería de ‘La Escopeta Nacional’, que es a lo que en realidad se ha debido venir dedicando por vocación entre selfi y selfi. Ahora esta afición, el ocio necesario para sobrellevar los rigores de una profesión tan sacrificada como la suya, se le ha vuelto en contra igual que se vuelven en contra los autómatas en la ciencia ficción, algo de lo que advierte hasta el mismísimo Hawking aunque no haga falta porque ya es notorio que al pueblo español le controlan sus propios teléfonos como también anunciaba horriblemente el Apocalipsis de Vallejo: “… ahí van pegados a esos aparatitos imbéciles los bípedos zafios de esta raza tarada caminando como zombis parlantes. ¡Ay, tan importantes ellos!”. A Nicolás el selfi se le ha descontrolado de tal modo que tiene que huir de él igual que huía Frankenstein del doctor, cargando además con todo el peso de la fama que los atrae como si fuera un Atlas moderno, en ningún caso titán sino querubín que sostiene el mundo con su palabrería. Da la impresión de que los negocios con las élites se le han terminado, aunque puede que en realidad nunca terminara nada por mucho que lo pareciese, tan sólo en su delirio (aún hoy uno le imagina a la salida del juzgado creyendo ser Mario Conde cuando le gritaban los fieles: «¡Mario, Mario…!»), y ahora su actividad, de no cesar para dedicarse a las cosas propias de la edad, quizá tenga que abocarse al bolo donde la vulgaridad de la que parece querer separarse se acerque demasiado al ensueño, y donde lo mismo que se inmortaliza ataviado como el Lord Gilbert Hartlip de ‘La cacería”, se le pueda ver en cualquier evento temático sin desentonar en absoluto: un vendedor de porteros automáticos en excedencia fundido en el paisaje de Extremadura. O dónde sea. Don Francisco, como ya se le conoce entre sus acólitos (los zombis de Vallejo) tiene un halo de aquel Boni de Castellane que entusiasmaba a la alta sociedad de la Belle Epoque antes de que su multimillonaria esposa le cerrara el grifo por derrochador e infiel. A Nicolás también se lo han cerrado pero su infidelidad no proviene de sus conquistas sino más bien de sus tonteos, que aunque no son los de un joven sí son algo menor como su impronta adolescente, una en la que incluso a pesar de disponer de su propio Palacio Rosa no acudía a él el gratin a divertirse sino Arturo Fernández a echarse la siesta.