La calle prohibida

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La calle. La calle prohibida de las diez de la noche. Pecado noctívago, atrevimiento sideral. La calle como una lengua muerta de bestia mitológica aletargada. La calle sin nuestros pasos en la madrugada, o en el albor del día, la dura suela de los zapatos de ante, sábado noche, gases en el epigastrio, hambre y sed, corazón enfermizo y saturnino. Ya no se oye más el tacón nocturnal y putañero de la calle, el tacón de hombre o mujer, da igual, porque la calle es una democracia desorbitada, dispar, doméstica.

Uno se asoma a la calle, a la calle prohibida de las diez de la noche, y no encuentra más que los aromas de un tiempo fenecido. Todo huele a boja quemada, a viejo febrero de piras y fuegos sagrados, pero las hogueras en los solares también las han prohibido. Olemos por lo tanto un mes que no existe, si es que no hemos perdido del todo el olfato. Este aire templado y neutro, como de entreguerras, de entreborrascas, que no huele a nada, nos recrea sin embargo la ilusión del verano. Aquellos veranos de escondites y primeros besos furtivos detrás de los coches, las protojuergas de nuestras vidas. Lejanas noches del mes de junio, que cantó Gil de Biedma. «Cuántas veces me saltaron las lágrimas, las lágrimas por ser más que un hombre».

Ahora la calle callada es un laberinto de asfalto con viejas cicatrices bélicas, aquellas zanjas de nuestra infancia, cuando jugábamos a las trincheras sin saber qué eran las trincheras, el odio, la muerte, los temblores. Por entonces (hablo de los febreros de antaño), los terremotos sacudían casi todos los años nuestra pequeña ciudad a horas intempestivas y las mujeres bajaban a la calle en bata rosada, las caras espantadas, el gesto pecuniario del bolso bajo el brazo de quienes están pendiente de todo. Parece que se me representan ahí abajo (alguna ya no está), también los maridos en ropa interior, más lentos, aprovechando para fumar un cigarrillo y rascándose una barba hirsuta que parecía haberles brotado en las primeras horas del sueño, y nosotros, en fin, haciendo como que no nos enterábamos de nada, sacando el balón, gamberros de pacotilla, viendo aquello como una fiesta improvisada.

Ahora echo de menos el bullicio, las voces en los poyos, cuando sé que luego lo aborreceré todo y clamaré por el silencio. Pero así se pasa la vida, insatisfechos entre la casa y la calle, la corte y la aldea, el torrente y el remanso, el monte y la mar. Ahora solo discurren los días entre la ventana y lo que fue el mundo, bajo lunas de calvario, entre lo sólido y lo que se volvió demasiado líquido, entre el parón y la medianía, el ángulo muerto y la resaca de tanta memoria. Entre la nada y la nada. La calle. Esa calle prohibida y romana, tentadora y populosa, ay, por la que ya nadie se atreve a pasear más allá de las diez de la noche.

 

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Antonio Fernández Jiménez
Antonio Fernández Jiménez (Bullas, Murcia, 1992). Periodista y autor de 'Una vida retirada', la historia real de los últimos habitantes de un pueblo en el sureste de España contada con las artes del periodismo narrativo. Doctor en Artes y Humanidades, en la línea de investigación Periodismo Literario, y máster en Periodismo Cultural. Ha colaborado en Leer, La Opinión de Murcia, El Noroeste, C’mon. Escribe en FronteraD sobre ese periodismo de largo aliento que necesita calma y tiempo para adentrarse en una historia; calma y tiempo para ejercitar el músculo de la mirada y narrar el mundo como si se mirara siempre con el mismo encandilamiento de la primera vez.

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