La casa de William Munny

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Artur montado en su caballo ve constantemente gigantes a los que combatir y ciudadanos catalanes en peligro a los que defender.

 

Ser independentista es fácil como para ponerse así. Lo difícil es que todo el mundo lo sea, que es lo que pretenden. En realidad un independentista es igual que un friki (dicho sea con la misma normalidad, con el mismo ánimo de no ofender con el que Junqueras, por ejemplo, expresa sus anhelos), pero con deseos de conquista. La RAE lo define, al friki, como una persona que practica desmesurada y obsesivamente una afición. Uno puede decidir dedicarse a hacer maquetas con palillos, como el idiota Pignon, o también decidir dedicarse a hacer una patria. Con palillos también.

 

Cuando uno ve las imágenes del parlament, tan recogido, todos tan juntos como si se hubiera reunido la familia en casa por Navidad, le da la impresión de que está hecho con palillos. Una maqueta. El domingo hicieron en Cataluña un referéndum con mucho frikismo y muchos palillos, pero lo importante es la desmesura y la obsesión.

 

Un señor tan serio como Rajoy no está capacitado para vérselas con un independentista que es como un hijo adolescente y díscolo. Rajoy quizá podría ser un buen padre para hijos obedientes de Pencey, pero no para hijos insistentes y soberbios de Catalonia. Cuando uno es pequeño es en buena medida friki. Lo raro viene cuando se sigue siéndolo después, desligado de la realidad del mismo modo infantil.

 

Uno recuerda cómo jugaba a montar a caballo sobre un brazo del sofá, que no era un brazo sino verdaderamente un caballo y alrededor no había sillas y mesas y paredes sino árboles y ríos y montañas. Artur montado en su caballo ve constantemente gigantes a los que combatir y ciudadanos catalanes en peligro a los que defender. Y no sólo no hay quien le convenza de lo contrario, ¡ay! las hormonas de la juventud, sino que su certeza cada vez es mayor espoleado, entre otras cosas, por la tibieza de ese padre que habla como tal, algo sobrepasado, cuando dice: «Mas quiere imponerme un referéndum de verdad y no puede ser».

 

Este frikismo intransigente o el sentimiento independentista se ha extendido y ahora se vive en la desmesura y la obsesión que no hay más remedio que tratar con la Ley y también con la política, como dice el president, pero con una que no puede ser la quijotesca de su empeño ni tampoco la anticuada del presidente, y además sin poder volver atrás porque se ha hecho tarde. Anochece en la democracia española, esa Transición crepuscular que parece la casa de William Munny con sus sombras recortadas y sus ropas humildes tendidas al viento, mientras la Constitución, como el sol, se pone en el horizonte.