La Central me irrita

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“¿Al final quién ha ganado para lo del secretario general?”, me pregunta el señor que está limpiando las ventanas que tengo a mi derecha. Cuando subo la persiana, me quedan unas vistas estupendas al aparcamiento del periódico.

 

Lunes, 14 de julio

 

“¿Al final quién ha ganado para lo del secretario general?”, me pregunta el señor que está limpiando las ventanas que tengo a mi derecha. Cuando subo la persiana, me quedan unas vistas estupendas al aparcamiento del periódico.

 

“Ganó anoche Pedro Sánchez”, le respondo. “Este, el de la camisa blanca”. Estaba eligiendo la foto para ilustrar una noticia.

 

 “¿Ese chico joven?”

 

“Sí, le ganó a Madina”.

 

(…)

 

El hombre mira de nuevo la foto, y después a mí, mientras dibuja un gesto de no entender nada.

 

“Más de lo mismo, ¿no?”

 

“Pues sí…”

 

“Compañeros y compañeras”, dijo ayer Sánchez tras conocer que era el elegido para liderar al PSOE, “cuando digan que todos los partidos somos iguales, que no hay democracia en los partidos, tenemos que decir alto y claro, y con orgullo, que en el PSOE la crisis de la democracia la respondemos con más democracia y con mayor participación de la militancia de base”.

 

“Gracias de corazón, compañeros y compañeras”.

 

***

 

Martes, 15 de julio

 

Dentro de unas semanas volaré a Nueva York. Bien lo saben un par de compañeros de trabajo a quienes se lo recuerdo cada vez que les digo algo. Para formalizar el viaje, es necesario notificarle a Obama datos como el número de vuelo o la dirección del hotel en el que te vas a alojar. También debes responder, en un cuestionario que se rellena a través de internet, si eres espía, que es lo último que haría un espía. O si has estado relacionado en alguna ocasión con actividades terroristas. O si entre 1933 y 1945 colaboraste con la Alemania nazi. A ver cómo les explico a los amables funcionarios yankis, cuando aterrice en EE.UU., que mi aspecto de Anders Breivik no es lo que parece.

 

***

 

Miércoles, 16 de julio

 

“Bueno, vamos a ver, el proceso este…, visto desde fuera y sin tener ninguna responsabilidad… claro que si no estuviera fuera a lo mejor no decía lo que voy a decir a continuación… Yo creo que hay que dejar oír hasta el final. Y el final es que no se puede hacer ese referéndum el 9 de noviembre, y entonces Mas ya ha advertido que irán a unas elecciones plebiscitarias. Pueden apedillarlas como les dé la gana. En unas elecciones se eligen los diputados para el Parlamento.”

 

Habla en la tertulia de Onda Cero, cuando voy camino del periódico, Joaquín Leguina, expresidente de la Comunidad de Madrid.

 

“¿Quién va a ganar esas elecciones? Me temo que va a ganar ERC, tal y como están las cosas. Y van a subir notablemente los partidos no centristas, y los que tienen las cosas claras, como es el caso de ERC, y es el caso de Ciudadanos o el caso del PP. Que Ciudadanos le ha pegado un mordisco a CiU importante, según un análisis que acabo de recibir hace unos días… importante en las elecciones de 2012.”

 

Leguina, diputado en el Congreso por el PSOE en varias legislaturas, es uno de los primeros cincuenta firmantes de un manifiesto contra el nacionalismo. Considera, junto a otros 49 intelectuales –así se presentaron ayer en sociedad–, que el Estado no ha dado al secesionismo catalán la “respuesta que se merece”.

 

“Entonces, ERC tendrá que hacerse cargo del Gobierno. Y ese es el momento en que hay que hablar, creo yo. El Gobierno español tiene que hablar. Y no con ERC, tiene que hablar con la sociedad catalana. Y decirles: pero si ya estáis al borde de que os tiren al barranco. Porque no es la ERC de antes de la guerra. Es la ERC de… (risas) es un partido muy complicado.”

 

“Pero Joaquín, en ese escenario…”, le interrumpe José Miguel Azpiroz, que sustituye a Carlos Herrera, otro de los “libres e iguales”, como se llama la plataforma por la unidad de España. A Leguina se le está empezando a poner cara de Milans del Bosch.

 

“En ese escenario, naturalmente, la sociedad catalana se va a movilizar, sea nacionalista blanda o españolista, como dicen ellos, que la mayoría de la sociedad es así, y se acaba esta broma.”

 

“Pero mientras tanto, Esquerra, en el Gobierno, declara unilateralmente la independencia. ¿Y qué?”, pregunta el conductor del programa.

 

“Pues nada, les mandamos una (ininteligible) de la Guardia Civil y se acaba todo, hombre. Si ya la declararon (risas) en el año 34 (risas)…”

 

“No se preocupe, señora –dijo más de una vez Milans, uno de los golpistas del 23-F a las damas que lo agasajaban en las recepciones–. Yo no me retiro sin sacar los tanques a la calle”.

 

***

 

Jueves, 17 de julio

 

Julio Camba, en ‘La ciudad automática’:

 

“Técnica del restaurante automático: Yo entro (le he dicho ya tanta veces al lector “Usted entra” y “Usted sabe”, lo he llevado y traído por tantos lugares absurdos, que temo se niegue a hacer nuevas exploraciones. Además, quien entra en el restaurante automático soy efectivamente yo). Yo entro en el restaurante automático y…”

 

***

 

Viernes, 18 de julio

 

He dicho que sí, sin pensármelo. Y ahora no sé por qué me ha parecido una buena idea ir a tomar una Coca Cola a La Central de Callao.

 

“Subimos ahora a ver libros, ¿no?”

 

Subiendo las escaleras, al tropezarme, entiendo que esto no puede acabar bien. En La Central hay libros por todas partes: en la entrada, en el bar, en el futbolín, en las cajas, en las escaleras… El día que me fije en los escalones y no en los títulos que ponen en riesgo mis tobillos supongo que dejaré de comprar en esa librería. Suelo ir directo a la segunda planta, donde está mi particular sala de tortura: la sección de crónica.

 

“Jaime, ¿dónde vas?”

 

En la primera planta está la sección de novela. En narrativa española miro, sin tocar, los títulos de Pla que aún no tengo. De allí voy a los autores anglosajones y veo ‘1984’, la única obra esencial de Orwell que falta en mi habitación. Otro día me lo llevo, pienso, aunque está tirado de precio. Hago como que no he visto ‘Eterno reposo y otras narraciones’, de Vasili Grossman. Paso la mano sobre la portada de ‘Elegidos para la gloria’, de Tom Wolfe, y lo devuelvo a su lugar, resignado. Ojeo ‘Canadá’. Anagrama es una editorial odiosa. ‘Limónov’, de Emmanuel Carrère. Ay. ‘El adversario’… Las crónicas que escribió Albert Camus entre 1944 y 1953…

 

“Vámonos de aquí”. Y subimos a la sala de tortura.

 

Lucen los libros de Gay Talese: ‘Los hijos’, ‘Honrarás a tu padre’, ‘La mujer de tu prójimo’, ‘Vida de un escritor’… ¿Por qué es imposible encontrar ‘El reino y el poder’? En esta crónica que nunca veo Talese retrató a la “gente rara” que trabajaba en ‘The New York Times’. ‘Los ejércitos de la noche’, de Norman Mailer, me vuelven a mirar con cara de pena. ‘La banda de la casa de la bomba’ (Tom Wolfe) y ‘Despachos de guerra’ (Michael Herr) visten de rojo chillón, pero evito fijarme en sus lomos.

 

“Vámonos…”

 

Sin saber cómo ni por qué, me veo pagando dos libros. Y, pese a todo, salgo rebotado. La Central –como le ocurría a Camba con Nueva York– es una librería que “me irrita, pero que me atrae de un modo irresistible, y cuanto más me doy cuenta de lo que me atrae, a sabiendas de lo que me irrita, me irrita, naturalmente, muchísimo más todavía”.