La chorba agenda

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Vamos a pensar que lo de Rita Maestre en la capilla de la Complutense fue una gamberrada. De esto Podemos deducir que los jóvenes futuros politólogos (ya politólogos y políticos) de Somosaguas y afines son unos gamberros...

 

Vamos a pensar que lo de Rita Maestre en la capilla de la Complutense fue una gamberrada. De esto Podemos deducir que los jóvenes futuros politólogos (ya politólogos y políticos) de Somosaguas y afines son unos gamberros; por lo que el ayuntamiento de Madrid, por ejemplo, lo dirigen hoy unos gamberros. Este reduccionismo que puede parecer similar a aquel de que todos los políticos (del PP y del PSOE, la casta) son unos corruptos sin embargo no lo es tanto. Sólo hay que asomarse a la hemeroteca para descubrir que cada uno de ellos ha realizado al menos alguna hazaña, como si fuera la prueba para ingresar en la mara. La libertad de expresión de los titiriteros es mayor que la de Rosa Díez. Esta es una de las muchas hazañas (una pequeña, aunque sintomática, de juventud) del líder supremo, el vicepresidente todopoderoso que ahora, después de un fino trabajo de puro engaño publicista, emocional (un cimiento para edificar la borrachera como hacían las poivrottes del Café des Amateurs), se empieza a mostrar sin tapujos. Valga de entre todas las brillantes páginas de ese documento, que ha sepultado (en realidad su discurso, escrito y hablado es capaz de sepultar al contertulio más paciente y sereno) con sus noventa y ocho páginas las cincuenta y cuatro socialdemocracias de Pdr como a una mosca, ese hombre sin vocales que frente a Pablemos es verdaderamente un títere, un Puyi de Manchuria: basta ver la imagen de su último encuentro: el socialista tenso, incorporado con las manos juntas, la sonrisa forzada, frente a la postura orsonwellesca del antisistema (esto lo dice su documento), plácida, relajada, casi orgiástica debido al sometimiento, en el que la sola subida de impuestos incumple no ya el compromiso sino el mismo proyecto que efectivamente el es cambio, pero no aquel feliz de la paz en el mundo que se presupone (el que presuponen sus fans: lo suyo no es una adhesión ideológica sino platonismo, o soldados o enamorados platónicamente de unas misses falsas) sino el misterioso cambio que resuena y que cuando llegue bien puede explotar en la gran hazaña que deja entrever ese documento que se ilumina y levita como la «chorba agenda», por la que hasta Carlton estaba dispuesto a convertirse en un gamberro.