La cuestión del pan y toros, el control social a base de sangre

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Prólogo, por Juan López de Uralde

Los defensores de las corridas de toros llevan años insistiendo en que el antitaurinismo es una simple moda. Al intentar reducir el pensamiento antitaurino a una mera cuestión pasajera pretenden minimizar el impacto histórico, sociológico, filosófico y político de esta corriente, por lo que cabe preguntarse: ¿es realmente el antitaurinismo una moda?, ¿se trata de algo actual o, por el contrario, en España ha existido pensamiento antitaurino desde hace siglos?

Lo cierto es que, históricamente, la tauromaquia ha contado con relevantes detractores. La primera muestra de desprecio hacia lo taurino que encontramos en nuestra historia se remonta al siglo XIII. Desde entonces, las corridas han sido criticadas en todas las épocas. Destacados juristas, escritores, pintores, filósofos, religiosos, políticos, periodistas e historiadores denunciaron en cada momento histórico la tauromaquia, considerándola como una barbarie que debe ser cuestionada, combatida y, en último extremo, erradicada. Además, desde muy antiguo, uno de los fundamentos del pensamiento antitaurino español se centra en denunciar que el sufrimiento animal jamás puede ser objeto de entretenimiento o diversión.

Sin embargo, y a pesar de la importancia histórica de las mujeres y hombres que a lo largo de los siglos han expresado una postura contraria a las corridas, el pensamiento antitaurino español es desconocido porque apenas ha sido objeto de estudio. Este libro, que extrae sus conclusiones de una exhaustiva tesis doctoral de más de mil páginas, pretende que el conocimiento del pensamiento antitaurino, como base sólida del movimiento en defensa de los animales, no se pierda. Hoy más que nunca necesitamos dar un paso adelante y, si queremos una sociedad moderna, civilizada y de progreso, no podemos permitir que esa importante parte de nuestra historia caiga en el olvido.

La cuestión del pan y toros, el control social a base de sangre, por Juan Ignacio Codina Segovia

La cuestión del pan y toros ha sido tratada en España desde muy antiguo. Algunos autores de los siglos XV y XVI ya se refieren a ella, pero, ¿en qué consiste? Si en la Roma más decadente los emperadores entretenían al pueblo con grandes espectáculos repletos de sangre y de violencia, en España no íbamos a ser menos, ni en decadencia ni en violencia. Y es que nuestro país, históricamente, ha ido a la vanguardia en muchas cosas, pero, lamentablemente, no todas buenas, como es el caso. Si los romanos se habían inventado las políticas del pan y circo, aquí también había que ingeniar algo parecido, pero en versión española, y nos salió el pan y toros. Y es que, si se trata de entretener al pueblo con violencia, en eso siempre hemos sido los primeros, porque a la gente, que es muy suya, hay que mantenerla distraída, no vaya ser que les dé por descubrir que no tienen ni derechos ni libertades, ni que empiecen a preguntarse por qué pagan tantos tributos o a fiscalizar en dónde se gasta su dinero. Eso sería terrible, y las políticas del pan y toros persiguen, precisamente, evitar eso. Así, lejos de ser una tradición, un arte o un misterioso arcano –nótese la ironía–, las corridas de toros, más que otra cosa, han sido una herramienta para ejercer control social y político sobre el pueblo, y así es como durante siglos han sido fomentadas –y siguen siéndolo hoy en día– por los poderes públicos. La idea es que una sociedad insensibilizada y embrutecida por las corridas será menos exigente o vigilante frente a los poderes públicos que una sociedad culta, instruida y sensible. Es lógico, ¿no? Si la gente, en vez de ir a las corridas, se dedica a leer, a instruirse y a pensar, mal asunto. Mejor que sigan yendo a embrutecerse a las plazas de toros y, mientras tanto, los gobernantes a hacer de las suyas sin oposición alguna. Así, la tauromaquia ha sido utilizada como una especie de opio para la sociedad, de modo que, con las corridas, la ciudadanía quedaría aturdida bajo un estado de anestesia general, dejando libertad absoluta –y absolutista– a los poderes públicos. En esto consiste, exactamente, la cuestión del pan y toros.

Históricamente, dentro del pensamiento antitaurino español ha existido una importante corriente que ha denunciado precisamente esto: que las corridas de toros han sido políticamente fomentadas de una manera interesada para mantener al pueblo alejado, como diría Mosterín, de “cualquier veleidad pensativa”[1]. La maniobra es bien sencilla: que la gente se distraiga y se embrutezca con la tauromaquia, pero que deje tranquilos a los poderes establecidos, tanto a los religiosos como a los seglares, que no desean ser molestados. La discusión no estribaba en si el pueblo tenía o no derecho a divertirse. Por supuesto que tiene derecho al ocio. La gente, los trabajadores, la sociedad en su conjunto, requieren de momentos de recreo y de entretenimiento.

Esto es incuestionable. El ya citado jesuita Juan de Mariana llega a decir, a comienzos del siglo XVI, que la ciudadanía, efectivamente, necesita de distracciones para aliviar las “pesadumbres continuas y graves a que está sujeta toda la vida”[2]. Por tanto, esta no es la cuestión. El asunto, muy al contrario, reside en debatir acerca de qué tipo de entretenimientos convienen más a un pueblo y a un país: ¿aquellos que le embrutezcan o aquellos que le hagan mejorar? A simple vista parece que lo ideal sería apostar por diversiones constructivas, edificantes y virtuosas, aquellas que instruyan, que saquen lo mejor de cada uno, que humanicen. Es decir, todo lo contrario a la tauromaquia. Por ello, la mayoría de autores coincidieron en sostener que las corridas de toros, mejor no. ¿No habrá otro espectáculo, digamos, un poco menos bárbaro? Alguno tendrá que haber. Pues no, al parecer no lo había, y, si no te gusta, no vayas. En el marco de este debate, Juan de Mariana asegura: “nosotros no juzgamos que todo deleite se debe quitar al pueblo, sino el dañoso y feo, [aquel que está] sujeto a muchos y grandes inconvenientes […]”. O sea, las corridas de toros. De hecho, este jesuita califica a las corridas, nada menos, como un “feo y cruel espectáculo”. Para sustituir a la tauromaquia por otros entretenimientos menos perjudiciales, Mariana propone una lista de alternativas: carreras, justas y torneos, tiro al blanco o bailes y danzas tradicionales, “lo cual sabemos se hace en otras naciones con gran cuidado y aprovechamiento”, dice el religioso[3]. Si será por falta de alternativas.

En fin, cómo será la cuestión que, más de un siglo después, Gaspar Melchor de Jovellanos retomará de nuevo el asunto. Este ilustrado también defiende que es necesario que el pueblo tenga momentos de ocio, que disfrute de diversiones y entretenimientos, pero no de cualquier manera, no a cualquier precio. Así, en su ya citada Memoria para el arreglo de la policía de los espectáculos y diversiones públicas, Jovellanos asume la tarea de ver qué tipo de diversiones resultarían más adecuadas para el bien general de la patria. El pensador asturiano lo tiene muy claro: lo que conviene es fomentar aquellos entretenimientos que resulten más favorables para el interés y la felicidad general. Y las corridas de toros, precisamente, no se encuentran entre ellos, por más que se empeñen algunos. No, para Jovellanos, la cosa no va a ir bien si España se entrega a la barbarie taurina. A su juicio, sería mejor que el pueblo se divirtiera de otro modo que con las corridas, porque, dice, la tauromaquia corrompe al pueblo y, por tanto, no conviene al bien general del país. Dicho de otro modo, la ciudadanía se debería distraer con otros espectáculos menos, digamos, sangrientos. Pero no fue posible. Sus esfuerzos fueron en vano, y así seguimos a día de hoy.

Pero, siguiendo en la época de la Ilustración, debo hablar ahora de León de Arroyal, quien también denunció el pan y toros. Este destacado jurista y escritor, nacido en Gandía en 1755 y que estudió Derecho en la Universidad de Salamanca, es el autor de la Oración apologética en defensa del estado floreciente de España, más conocida, precisamente, como Pan y toros[4]. Esta obra denuncia sin tapujos cómo operan las políticas del pan y toros o, dicho de otro modo, cómo se manipula a la ciudadanía a través de las corridas. Así, en este escrito, el ilustrado valenciano señala a la tauromaquia como símbolo de una España decadente que ha dado la espalda a la ciencia y al conocimiento y que se ha atrincherado en la barbarie taurina, dejando de lado cualquier intento modernizador. La tesis que sostiene Arroyal es que las corridas de toros son utilizadas por los gobernantes como un elemento de control social y político sobre el pueblo español. ¿Qué más da que la nación esté atrasada en progreso y educación?, dice el ilustrado, ¿qué importa si en nuestro país no hay libertades ni derechos?, ¿qué más da todo eso si tenemos lo único que necesitamos: pan y toros? La denuncia está clara: la intención del gobernante déspota es mantener contento al pueblo, distrayéndole, evitando así que se convierta en un elemento molesto, conflictivo y vigilante de la gestión pública. Arroyal lo expresa rotundamente cuando asegura que “si Roma estaba contenta con pan y circo, Madrid vive contenta con pan y toros”[5]. Y, mientras tanto, mientras al pueblo se le envilece con la tauromaquia, España, dice el ilustrado, es una nación “sin ciencia, sin instrucción y sin conocimiento: un vulgo bestial: una nobleza que hace gala de la ignorancia, unas escuelas sin principios: unas universidades fieles depositarias de las preocupaciones de los siglos bárbaros […]”[6].El panorama es aterrador, y Arroyal señala las corridas como el gran símbolo del atraso nacional, como las culpables del embrutecimiento del pueblo, un pueblo que tiene su mente y su sensibilidad congestionadas por el espectáculo taurino, y que se extasía con la barbarie hasta el punto de que se olvida de todo lo demás: de la opresión, de las injusticias y de las desigualdades.

Este texto de Arroyal supone una auténtica bofetada en el rostro de la España más reaccionaria y casposa –la de antes, pero también la de ahora–, hasta el punto de que su autor se debió de quedar muy a gusto. Con esta obra, Arroyal coloca un espejo para que se vean reflejados los españoles y, claro, la imagen mostrada resultó demoledora. Su mensaje debió hacer daño desde el primer momento, ya que la Oración fue tenazmente perseguida por las autoridades civiles y religiosas. Sin embargo, y a pesar de los esfuerzos, ni los unos ni los otros consiguieron detener su empuje. Aunque de manera clandestina, a partir de 1793 esta obra circuló como la pólvora en forma de copias manuscritas que iban pasando de mano en mano, de ciudad en ciudad. Fue uno de los primeros boca a boca de la historia, un éxito en toda regla. Pero Arroyal no se pudo adjudicar su autoría. De haberlo hecho, tal vez hubiera sido detenido. No en vano, durante años se pensó que el texto había sido escrito por Jovellanos, y no fue hasta 1969 cuando se demostró definitivamente que su autor no había sido el ilustrado asturiano, sino que la obra era original de León de Arroyal.

Como digo, la tesis de Arroyal es que, mientras haya corridas de toros, aunque no existan ni libertades ni derechos ni progreso, el pueblo español estará contento. ¿Para qué queremos más?, olé y olé. De hecho, la Oración de Arroyal concluye con estas clarificadoras palabras: “Haya pan y haya toros, y más que no haya otra cosa. Gobierno ilustrado Pan y Toros pide el pueblo: Pan y Toros es la comidilla de España, y Pan y Toros debes proporcionarles para hacer en los demás cuanto se te antoje, in secula seculorum: Amén”[7]. Debido a este final, a la obra se la conoce popularmente como Pan y toros. Y, efectivamente, como sostiene Arroyal, al pueblo se le compra con corridas para que los gobernantes puedan operar sobre él a su antojo. Esta es, ni más ni menos, la cuestión del pan y toros. Y Amén. Por cierto, también cabe señalar que la denuncia de la crueldad con los animales forma parte importante en la crítica de la tauromaquia que plantea este ilustrado valenciano.

Pero Arroyal no fue el único autor de este periodo que mostró preocupación por el pan y toros. Siguiendo con este repaso histórico, debo volver de nuevo al también ilustrado José María Blanco White, contemporáneo de Arroyal, quien expresa la misma inquietud solo que con otras palabras: “Mientras menos leyesen los españoles –escribe este sevillano–, tanto mejor para el Clero, y el Gobierno”[8]. Es decir, que, cuanto más embrutecidos estén nuestros compatriotas, más tranquilos estarán los poderes que los gobiernan. Así de sencillo. Y, no nos engañemos, hoy en día este asunto sigue vigente. El sueño de todo gobernante déspota es un pueblo inculto, dócil y entontecido, solo que hoy en día no solo embrutecen las corridas de toros, sino que también lo hacen algunas cadenas de televisión que las emiten. Pero volvamos a mirar atrás, no adelantemos acontecimientos. En la misma época de Arroyal y de Blanco White, el padre Martín Sarmiento, de quien ya he hablado con anterioridad, también denuncia la cuestión del pan y toros. Al igual que estos autores, Sarmiento admite que “es preciso que los pueblos grandes, tengan grandes, y muchas diversiones, porque no haya bullicios, y conjuras. Soy de ese mismo dictamen, que haya diversiones, pero no perversiones[9]. Está claro: una cosa es divertirse, y la otra es pervertirse, y la tauromaquia tendería más bien hacia lo segundo. En este sentido, este religioso benedictino, considerado como el padre de la filosofía gallega, establece una relación directa entre los circos romanos y las corridas de toros. Ambos, asegura, tienen el mismo objetivo: contentar y distraer al pueblo para evitar bullicios y conjuras porque, cuando el pueblo está ocioso, siempre la acaba liando. No obstante, según defiende Sarmiento, entre el pan y circo romano y el pan y toros español existe una notable diferencia: los romanos no pagaban para entrar a los coliseos, era gratis, pero, sin embargo, los españoles sí que pagan dinero “por ver a un carnicero que mata un toro, y a ver a un toro, que mata a un hombre […]”[10].  Dicho de otro modo: los españoles serían más bárbaros que los antiguos romanos –y más tontos–, pues se gastan dinero en asistir, como dice Sarmiento, a la carnicería taurina. Lo más triste es que hacía muchos siglos que la fórmula del pan y circo había quedado enterrada en la historia, mientras que el pan y toros perduró y ha llegado, incluso, hasta nuestros días. España, de nuevo, a la vanguardia.

En todo caso, y como acabamos de ver, la cuestión del pan y toros ha sido históricamente reconocida como una de las prácticas más habituales de la política española. Esto es así hasta el punto de que Fernando VII, cuando regresa a España en 1814 tras la guerra de la Independencia y recupera las políticas absolutistas, lo primero que hace es poner en práctica el pan y toros, pero a lo bestia. De hecho, este monarca, que no se cortaba un pelo, lo hizo a lo grande: así, mientras por un lado se dedica a fomentar la tauromaquia creando una escuela taurina en Sevilla, al mismo tiempo cierra las universidades y restaura la Inquisición. De golpe y porrazo, todo en uno, en modo pack tauromáquico. ¿No querías toros?, pues toma toros. Y, si no, a la Inquisición. Y las universidades que esperen. Tal vez esta sea la ecuación que mejor represente al pan y toros: se cierran las universidades al mismo tiempo que se inaugura una escuela de tauromaquia. El monarca Borbón ha pasado a la historia por clausurar las aulas donde se estudiaba literatura, arte y ciencia mientras promovía las corridas de toros y, como criticó el historiador y gran antitaurino Modesto Lafuente, “hacía catedráticos a los toreros”[11].

 

Extracto del capítulo 5 del libro Pan y toros. Breve historia del pensamiento antitaurino español, cuya segunda edición acaba de publicar la editorial Plaza y Valdés.

[1] Mosterín, Jesús, JESÚS, op. cit., p. 35.

[2] Mariana, Juan de, ‘Tratado contra los juegos públicos’, en Obras del Padre Juan de Mariana en la Biblioteca de Autores Españoles, tomo II, Rivadeneyra, Madrid, 1872, pp. 457-458.

[3] Ibídem.

[4] Arroyal, León de, Pan y toros: oración apologética que en defensa del estado floreciente de España en el reinado de Carlos IV dijo en la plaza de toros de Madrid D. Gaspar M. de Jovellanos, copia manuscrita de la ed. de Madrid, 1812.

[5] Ibídem.

[6] Ibídem.

[7] Ibídem.

[8] Blanco White, José María, Ensayos sobre la intolerancia, edición a cargo de M. Moreno, Caja San Fernando, Sevilla, 2001, p. 56.

[9] Ferro Ruibal, Xesús, op. cit., p. 88.

[10] Ibídem.

[11] Lafuente, Modesto, Historia general de España, tomo XVIII, Montaner y Simón (editores), Barcelona, 1889, p. 58.

 

Juan Ignacio Codina es licenciado en Ciencias de la Información, en la rama de Periodismo, por la Universidad Complutense de Madrid, y doctor en Historia Contemporánea por la Universitat de les Illes Balears con una tesis titulada El pensamiento antitaurino en España, de la Ilustración del XVIII hasta la actualidad. Como periodista ha trabajado en diferentes medios de comunicación, como Diario de Mallorca, El Mundo y la Agencia Efe. Vinculado desde hace más de diez años a la defensa de los derechos de los animales, ha colaborado con distintas entidades animalistas de proyección nacional y, desde 2012, es portavoz y subdirector del Observatorio Justicia y Defensa Animal, organización de la cual también es cofundador. Asimismo, es profesor del Máster en Derecho Animal y Sociedad que se imparte en la Universitat Autònoma de Barcelona.

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