La distancia adecuada

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Christina Rosenvinge: La distancia adecuada (Tu labio superior, 2008)


I. Cerca
¿Cuál es la distancia adecuada que se debe mantener con respecto a Christina Rosenvinge? ¿La que marcaron los prejuicios derivados de sus inicios? ¿La que aconsejaban quienes desconfiaban de su aventura americana? ¿La que señala el peligro que encierra su inmarcesible belleza? Sin duda, la distancia adecuada es aquélla que te permita situarte lo más cerca posible de ella, pues de esa distancia, de esa proximidad, se derivarán las mayores opciones de apreciar un talento que parece inspirado, exhalado, respirado, en fin, y desprendido con la delicadeza y el pudor que sólo contienen las fragancias más sublimes y los secretos mejor guardados.
    De algo muy parecido a esa distancia pudimos disfrutar quienes asistimos al colofón de las primeras jornadas en Córdoba de ese ciclo  doblemente impagable (iniciativas como la
urdida por Héctor Márquez no tienen precio y, además, la entrada es libre) que atiende al título de La Música Contada. Christina siguió uno de los formatos más en alza de esta propuesta, el concierto cantado en lugar del discofórum, y nos regaló un recital de buen gusto, simpatía, sorpresas y emociones.
    Comenzar con Sufjan Stevens no es sólo una rotunda declaración de intenciones, sino un atrevimiento brutal del que Christina salió victoriosa y con el público a sus pies desde el minuto uno. (Aunque quizás ya lo tenía cuando se presentó, delgada y elegantísima, de negro y oro, paseando entre las filas que abarrotaban el salón de actos del rectorado de la Universidad de Córdoba, institución cómplice —vía Marta Jiménez— de este regalo). Pero estábamos con Christina y con Sufjan, del que interpretó una sutil versión de ese tema enorme que es Chicago, tras el que dio paso a un intercambio de golpes (muy dulces) entre composiciones propias y ajenas. Ella misma reconoció que era un tanto cruel situar sus canciones al lado de tales obras maestras.



 

 

II. Lejos
Y, sin embargo, sus temas no desentonaron en un discurso medido, pensado, bien explicado y mejor contado. Christina fue señalando primero sus influencias y, a continuación, mostrando cómo habían sido recogidas en su ya extensa trayectoria, en una suerte de striptease confesional de referencias y homenajes.
    Así pudimos recorrer la distancia (muy adecuada) que va del Poupée De Cire, Poupée De Son (que Christina interpreta bailando con un sensualísimo vaivén), canción de Gainsbourg con la que France Galle triunfó en Eurovisión en 1965 (año en el que, aunque parezca mentira, nació Christina), al No lloro por ti, incluido en el disco que Christina parió junto a Nacho Vegas en 2007, ese Verano fatal.
    Y paseamos también desde la bossa clásica Eu sei que vou te amar, de Vinicius de Moraes y Jobim (“Ya estamos listos para ganarnos la vida en un crucero”, bromeó) al ¿Quién me querrá? y a esa suerte de bossapop neoyorkina llamada King Size.
    También atravesamos la seductora distancia que une el After Hours de la Velvet Underground (anécdota del encuentro con Lou Reed incluida)
[1] con su reciente Cinturón negro.
    Por último, conocimos los inquietantes orígenes infantiles de su obsesión por la extraordinaria historia de Lili Marleen que derivaron en la muy sugerente Anoche (el puñal y la memoria).

 

III. Muy cerca
Mención aparte merece la altísima (en todos los sentidos) y muy personal versión que hizo del Hallelujah de Leonard Cohen, otra faena de riesgo mayúsculo que acabó convirtiéndose en uno de los grandes momentos de la noche.
    El otro pudo ser el descubrimiento de Canción de Eco, uno de los temas que aparecerá en su próximo disco. Basada en La Metamorfosis de Ovidio, esta narración un tanto nachoveguesca, resulta subyugante y dolorosa, con ese final estremecedor en el que Christina repite “te quiero” hasta la extenuación.
    De este nuevo proyecto, dedicado a indagar, estudiar y reinterpretar algunos mitos femeninos, escogió varias canciones de desigual solidez, algunas apenas apuntes bienintencionados (Jorge y yo) y otras firmes candidatas a ocupar un lugar privilegiado en su repertorio (Desierto, sobre la mujer de Lot, un muestrario de interesantes preguntas en el que las estrofas fluyen mejor que el estribillo).
    Con todos estos mimbres, alternando temas a la guitarra y al piano y otros en los que cantaba con el fiel acompañamiento del discreto y certero Charlie Bautista, y con la luz permanente de esa irresistible sonrisa oblicua, llegamos al final de este impecable concierto contado de Christina Rosenvinge (es decir, CR: verdaderamente galáctica).
   Yo sólo eché en falta algunos de mis favoritos: Submission, Continental 62, Nickel Song, Glue y, sobre todo, éste que nos redescubrió a una Christina cercana e inmensa: La distancia adecuada.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

[1] “Es verdad que vino a una actuación en un club. Por una carambola, porque conocía a alguien que conocía a alguien. Después del concierto me dijo que le había gustado mucho, que le habían gustado las canciones y las melodías. Estuvo muy, muy amable. Sin embargo, años después me lo encontré en otro local y fui a saludarle y ya no se acordaba de mí, ni de haberme visto, ni nada de nada”.

Córdoba, 1967. Director de Boronía, revista de creación contemporánea. Licenciado en Sociología por la UCM, y Master de Periodismo El País . Ha colaborado en la Cadena SER, La Sexta, El País de las Tentaciones, El País Madrid, El Europeo, Ajoblanco, Diario Córdoba, El Gran Musical, Mondo Sonoro, Eureka Discos, Cosmopoética, Eutopía, Zum Creativos, etc. Fue director de la discográfica y promotora de conciertos Producciones El Hombre Tranquilo. Escribe una sección sobre música en la revista cultural Kiliedro. Ocasionalmente lee poemas y pincha discos.