La errata

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El filósofo austríaco Karl Popper (1902-1994), escribiendo.

Supongo que entre periodistas es normal sentir, alguna que otra vez en la vida -sobre todo en las etapas más próximas a la juventud-, el deseo irreductible de escribir tu propio libro o de sacar adelante tu propio medio de comunicación. Luego, cuando lo consigues, te das cuenta de que no era para tanto y de que lo importante era participar, aprender, aportar; algo que podrías haber hecho en cualquier otro puesto de trabajo. Pero, ay, qué decir de esos primerísimos instantes de felicidad al recibir los primeros ejemplares o al compartir el primer número de tu revista cultural. No están pagados, y tampoco lo está la satisfacción de comprobar con tus propios ojos el resultado de un trabajo bien hecho; pero existen siempre detalles que entorpecen la visión.

Cuando escribí mi primer libro -el único, de hecho; y fue más bien una transcripción, pues era de entrevistas-, ese detalle apareció en forma de errata. Nunca se me olvidará en qué página sobrevino el cataclismo: la 203; y cómo por mi culpa, en vez de hablar del padre del racionalismo crítico austríaco, Karl Popper, hablamos de otro señor que se llamaba parecido, pero no igual: Karl Pooper, cuyo apellido, en inglés, recuerda a la palabra caca (poo). No me pareció entonces -al igual que no me lo parece ahora- exagerada la sentencia que soltó Juan Ramón Jiménez cuando, harto de sus errores, creyó advertir en ellos su final. «Un día me moriré de una errata», dictaminó con pesar el poeta andaluz. Y yo, en aquellos tiempos, también lo creí.

Más tarde, obviamente, los problemas se terminan olvidando y también uno aprende a lidiar con la desesperación. Al respecto, por ejemplo, es famosa la anécdota de la errata millonaria de J. K. Rowling que aparecía en la primera edición inglesa de ‘Harry Potter y la piedra filosofal’ (Salamandra, 1999). En ella, la escritora británica confeccionaba una lista de la compra en la que había apuntado dos veces, por error, el mismo artilugio: una varita mágica; sin embargo, lejos de lastrar su producción, y cuando la saga tenía ya un valor consolidado, el precio que alcanzó cada ejemplar desmejorado en subasta rozó los 23.000 euros.

También es conocido -al menos por los seguidores literarios de Juan Tallón– el caso del libro ‘Mientras haya bares’ (Círculo de Tiza, 2016), que mantiene en su portada una coma colocada a traición entre un sujeto y un verbo, y que tampoco auguraba un mal estreno. No en balde, en un artículo titulado Las comas mal puestasel autor gallego se sinceraba diciendo: «Me gusta colocar mal una coma de vez en cuando. Lo hago sin querer. Creo que es bueno para el texto. Esa coma fuera de sitio, suicida, que se pone en medio para que la atropellen, le recuerda a la frase que es mortal, y que se puede escribir mejor. Cuando esa coma errática corta la corriente hacia el predicado (…) te hace reflexionar». Y creo, de hecho, que ahí sigue la coma: imperturbable, a pesar de que la obra cuenta ya con un par de reediciones.

La mía, como ven, no fue una errata similar. No fue concebida ni por un despiste ni por una decisión premeditada; fue, simplemente, falta de atención, y eso que la frase que seguía a la palabra perturbada me ponía sobre aviso: «un intelectual es aquel que lee con un lápiz en la mano», pero nada; cometí una imprudencia y todavía sigo pagando por el error.

Estos días, justamente, he tratado de enmendar aquel fallo gracias al apoyo de unas compañeras -y también amigas- con las que, siguiendo aquel otro deseo periodístico de juventud, me he embarcado en el proyecto de ‘Popper Magazine’, un poco por enmienda, un poco por participar, aprender y aportar algo al panorama cultural de nuestro país. Como ocurre con las erratas, lo peor que nos puede pasar es que nos vayamos con las manos vacías o llenas de comas que interrumpen el desarrollo natural del predicado, pero con la lección aprendida y con un montón de experiencia acumulada. ¿Lo mejor? Ah, amigos, lo mejor está por llegar. Aunque, en realidad, lo único que espero es no haber cometido algún error en este texto. ¿Se lo imaginan? Desde luego, nunca dio para tanto una equivocación.

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