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Mientras tantoLa ética de lo incompleto

La ética de lo incompleto

La soledad del creyente   el blog de Stuart Park

Hemos hablado de la «estética de lo incompleto» en doble sentido: en primer lugar las historias bíblicas se complementan y resuelven sus enigmas a través de otras historias a las que se unen en una estrategia de intertextualidad única en el mundo, y en segundo lugar, invitan a los propios lectores a llenar los huecos de la narración.

El aspecto estético de la Biblia, donde «la forma y el fondo son una misma cosa» nos permite hablar, por tanto, de la «ética de lo incompleto», la invitación al lector a involucrarse en el texto libremente, sin amenaza o coacción. Conviene no subestimar, por tanto, la pericia literaria de los autores del texto sagrado.

Peter Levi, Catedrático de Poesía en la Universidad de Oxford, en su History of Greek Literature (1985), ha llamado la atención sobre el aspecto literario de los Evangelios, y advierte: «Es difícil hablar de ellos como literatura, casi como si uno no estuviera interesado en su contenido, y sin embargo son libros en la estantería entre otros libros, y seguramente ha llegado el momento en que debemos mirar de cerca su virtud como griego».

Y no solo su virtud como griego, como cualquier lector de las mejores versiones en inglés o castellano sabrá: «La narración es solemnemente sencilla» ̶—continúa Peter Levi— y destaca «su extraordinaria cualidad de producir en muchos idiomas traducciones de la más alta calidad casi tan finas como ellos mismos». Levi subraya la economía verbal de la literatura bíblica que hemos tenido la ocasión de destacar en artículos anteriores:

«Lo que es lacónico en estos escritos es lo mejor y lo más resonante, pero aquí y allá algún pequeño detalle, aparentemente innecesario, puede dar vida a una página tras otra, y la redacción más completa del discurso de Cristo en la noche de la última cena tiene una profundidad y una plenitud irresistibles. Platón lo habría admirado mucho».

Peter Levi

Profundo conocedor de la literatura griega, Peter Levi concede al último libro de la Biblia, el Apocalipsis de San Juan, un lugar muy alto:

«El Apocalipsis tiene un poder muy grande. Su fraseo es terriblemente memorable. Ningún sermón helenístico moralizante o exhortación en verso puede compararse remotamente con él. No se trata de una diferencia de doctrina, sino de estilo. El escritor del Apocalipsis está totalmente comprometido con cada imagen que convoca, y con la abrumadora importancia de lo que tiene que decir. (…) En cualquiera de las versiones antiguas es una de las piezas más grandes e impresionantes de la prosa inglesa, como lo es de la prosa griega».

En el texto bíblico no hay ninguna concesión, por tanto, a la superficialidad o al capricho de quien se acerca al texto bíblico sin una predisposición receptiva, como Jesús mismo indicó al explicar por qué enseñaba a un pueblo incrédulo por parábolas, con una asombrosa afirmación que parecería dar al traste con su misión en el mundo: enseñaba por parábolas «para que viendo, vean y no perciban; y oyendo, oigan y no entiendan; para que no se conviertan, y les sean perdonados los pecados» (Marcos 4:12). Es decir, la palabra de Cristo desempeñaba una doble función: iluminar la mente de quienes tenían oídos para oír, y oscurecer la visión de quienes no tenían ojos para ver.

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