La felicidad es un revólver ardiente

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Tomás Abraham es rumano. Pero vive, piensa, disfruta, padece, piensa, escribe en la Argentina. Estudió en París. Entre sus profesores, Foucault, Althusser, Badiou, Ranciere. Anduvo por el Lejano Oriente y el Medio Oriente. Estaba en la Ciudad Luz en 1968, en mayo, la cabeza llena de hash y otras riquezas. Fundó revistas y colegios de filosofía. Dicta un seminario en su casa, con amigos, desde hace treinta años, son todos bienvenidos.

 

Tomás Abraham es rumano. Pero vive, piensa, disfruta, padece, piensa, escribe en la Argentina. Estudió en París. Entre sus profesores, Foucault, Althusser, Badiou, Ranciere. Anduvo por el Lejano Oriente y el Medio Oriente. Estaba en la Ciudad Luz en 1968, en mayo, la cabeza llena de hash y otras riquezas. Fundó revistas y colegios de filosofía. Dicta un seminario en su casa, con amigos, desde hace treinta años, son todos bienvenidos. Jamás cobró un peso. Se interesa por sus amigos, la cocina, el fútbol, las mujeres, Nietzsche, Rorty, la economía, el periodismo, la política, el cine, sus alumnos. Estudiar es un trabajo. Piensa. Las dificultades, pueden servir. Publicó muchos libros, el último se llama El no y las sombras (Eudeba). Suele pasar los fines de semana en Colonia, Uruguay. Es un tipo muy divertido. Es exigente. Y un amigo en serio. No le cae nada bien al gobierno. Es mutuo.

 

Además del entusiasmo y la novedad, ¿qué rescatarías de los dos o tres primeros años de la vuelta de la democracia?

Son treinta años, desde 1984. La novedad sin entusiasmo es que una democracia es diferente a una dictadura como la del Proceso. En una democracia te joden, en la dictadura te revientan. Una mitad de la biblioteca te enseña como joder,  la otra mitad también te enseña como joder. Para reventar sobran las bibliotecas. Joder es presionar, amenazar, extorsionar, buchonear, escrachar, difamar. Pero siempre en libertad, con habeas corpus, sobre todo para los que joden.

 

Habías vuelto de Europa, Asia, Estados Unidos unos años antes. Estudiaste, viajaste. ¿Es el nomadismo, más allá de la dietética, un antídoto contra el fascismo, el nacionalismo, la tierra y la sangre?

De USA no volví, aunque fui. No se trata de que no haya vuelto, pero si se trata de vueltas, volví de tantos lugares como los que fui, por ejemplo: Asunción, La Paz, Colonia del Sacramento y Antigua. No volví de la Isla Martín García  porque jamás fui. El nomadismo es una experiencia rumana, identidad que me es propia por nacimiento. Los rumanos llenan Europa y los echan a patadas o los meten en containers. No por eso son antifascistas. Hay un nomadismo teórico, de corte esquizoanalítico, practicado por deleuzianos que no mueven el culo de una silla por años. Tampoco es antifascista, es una rama de la bufonería, de  acuerdo a la definición del mentor Gilles Deleuze: llamo payaso a quienes no saben envejecer.

 

Escribiste sobre Sartre, el amor cortés, Nietzsche, Foucault, un libro sobre el frondicismo y el clima cultural anterior y posterior a ese momento. ¿Cómo entraba el peronismo en ese cuadrante, a principios de los ochenta?

El peronismo se hizo socialdemócrata y se llamó renovador. Sus jefes tienen captura recomendada. También persistió un peronismo revanchista que no bajaba las banderas de la tercera posición, esa que sostiene que Hitler ganó la guerra y que está enterrado en Villa La Angostura. Hoy esa tradición con nuevos ingredientes chavistas provoca el entusiasmo al que se refería la primera pregunta.

 

¿Existe un fondo de servidumbre voluntario en los argentinos? Lo pregunto por Malvinas, las dictaduras, los golpes de mercado, el tango, la vieja, la inestabilidad cíclica de la economía.

Cada sociedad segrega sus propias servidumbres voluntarias; si no fuera por ellas, no habría paz en el mundo. Algunos las llaman costumbres, otros habitus, y hay quienes las  denominan relatos. Cuando extreman el potencial, se convierten en fenómenos de una masa iluminada que encontró su toisón de oro, como el argonauta de Medea. Hoy en día este fenómeno ya no es estudiado por la filosofía política, como lo fue en el siglo XV, sino por la neurociencia.

 

Los interlocutores que tenías en el Colegio Argentino de Filosofía (CAF), algunos siguen con vos, otros se fueron, murieron, etcétera. Sin embargo, seguís armando grupos de estudio y tu curiosidad es insaciable.

Tengo el antecedente de jamás haber armado grupos de estudio. No soy profesor particular, ni necesito que me paguen para disponer de horas de lectura o estudio. No soporto a los alumnos que pagan, se creen con derecho al embrutecimiento consentido. Dirijo el mismo seminario gratuito hace tres décadas, y lo hago con severidad, sin ceder en exigencias, porque cualquiera puede dejar de venir. Se trata de una servidumbre voluntaria para resistir mejor a las involuntarias, que las hay.

 

¿Cómo trabajar intelectualmente con alumnos que tienen diferencias cognitivas, de alimentación, que ignoran la ecuación saber poder después de tantos años de dar clases?

La mayoría de los estudiantes que conozco en el ingreso a la universidad comen parejo. Si provienen de secundarias deficientes, es posible recuperar el tiempo si hay ganas de hacerlo. A veces, muchas, hay pocas ganas, tanto de los docentes como de los alumnos. Hay cientos de miles de jóvenes que ni estudian ni trabajan, la presidenta decidió pagarles. Lo llama plan progresar. El que estudia, quien viene de una familia humilde con un padre que hace horas extras para que su hijo estudie y no trabaje, no recibe nada. No se lo merece. De cada cual según su sacrificio, a cada cual según su acomodo. Lo dijo Marx, uno de los tres.

 

¿Cómo explicar a Foucault caja de herramientas?

Se puede hacer con Foucault lo que uno quiere. Con él en vida era más difícil, había que seducirlo. Recuerdo que un día al salir de una de sus clases, uno de esos jóvenes gays que le revoloteaban alrededor, le dijo algo que no escuché, pero sí oí la respuesta: excusezmoi, mais je nesuispas si facile. Hoy como está medio dormido, se la introducen por cualquier lado en nombre de la biopolítica, del rizoma y de la hermana.

 

El actual gobierno argentino, a la hora del recambio, ¿tiene, en tu opinión, dirigentes de peso para convertir a un proyecto político en un proyecto de país?

No estoy para bromas.

 

 

 

Pablo E. Chacón nació a finales de 1960 en Mar del Plata. Aprendió a nadar antes que a leer. Estudió biología marina, psicología y psicoanálisis. Escribe desde chico. Se fue de la Argentina en 1979. América era el objetivo: Chile, Brasil, Perú, Colombia, México, Estados Unidos. A la búsqueda de los discípulos de Georges Ivanovitch Gurdjieff y Carlos Castaneda, perdió la orientación varias veces -además de apuntes y fotos. Se enclaustró en la universidad y pensó en el periodismo para ganarse la vida. A fines de los ochenta no resultó complicado. Siempre con el objetivo de escribir ficción, ensayos de especulación. Empezó por la poesía. En la Argentina hay muy buenos poetas. Abandonó la poesía, intentó un par de libros de investigación periodística y finalmente acertó con un par de conjeturas, sobre el insomnio y la soledad -mientras termina un escrito sobre el pánico. En 2010, al borde de la muerte, una operación del corazón lo salvó justo a tiempo. Este año acaba de publicar su tercera novela. Adora a las mujeres. Se negó a atender a un represor en un hospital público, de donde lo echaron.