La mano en la llaga del costado

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Parece que estamos en la semana bíblica, porque en la anterior entrega reflejamos este recurso a la fuente bíblica. Para qué habríamos estudiado la “doctrina”, si no.

Pues Cristo, después de los azotes, fue abucheado, luego insultado, luego de este escarnio físico y moral, fue despojado de sus vestiduras y llevado al Gólgota, donde fue crucificado, en presencia de unos soldados que seguían insultándole. Como con él fueron crucificados dos ladrones, éstos pensaban redimir sus penas echando blasfemias contra su Señor. Bueno, todo esto, escrito está. EL asunto fue que después de todos los atroces sufrimientos, y pese a que pusieron  en la puerta del sepulcro a un guardia para que los Evangelios no se cumplieran, Cristo salió de las tinieblas y apareció a unas santas mujeres, y luego a todos los discípulos, que estaban escondidos en la casa de uno de ellos. Pero cuando ocurrió la aparición no estaba Tomás, el Gemelo, y no se creyó nada, y lo miraron mal por las blasfemias que echaba de su boca. Pero como Cristo fue un señor pertinaz, apareció otra vez y estaba el gemelo, al que mandó meter la mano en la supurante herida de su costado. Ay, esto no se plantea en los Evangelios, ¿pero por qué no se curó Cristo de las heridas del costado? ¿Cualquiera no diría que la resurrección implicaba la cicatrización de todas las heridas sufridas? El hecho es que el gemelo, llamado Gemelo, no se creía nada y tuvo que meter la mano…

Estos días Malabo vivió la efervescencia política centroafricana por la visita de los presidentes de la zona, que venían a la inauguración de la sede del parlamento. Pero antes de la llegada de todos los presidentes, se vivió un hecho que había que tener en cuenta: la oficina nacional de Partido Democrático de este país fue a Baney y se trajo a todos los ancianos capaces de moverse por su cuenta para que vinieran y vieran también por su cuenta el estado de desarrollo de nuestro país. Sí, estos ancianos, pensarían los del partido político arriba aludido, están retirados del centro de todo y no ven nada de lo que se está haciendo, y si no ven, no pueden creer nada de lo que dicen las radios y ahora los traemos para que vengan a meter la mano en el pus, y se crean de una vez que aquí hacemos cosas, cosas sorprendentes, pese a que los enemigos internos y externos no lo quieran reconocer. Guinea no puede haber resucitado sin que los viejos de Baney  lo sepan. Entonces el autobús los trajo a todos y fueron a este sitio que se llama El sueño de un hombre y vieron el parlamento que se iba a inaugurar unos días más tarde. Admiraron las carreteras con sus rotondas y otros edificios deslumbrantes, sobre todo para su edad, y acabaron en la planta de metanol, donde atravesaron el puente colgante más largo de la zona CEMAC, según los reporteros, y olieron el gas, que salía por los tubos al tiempo que los locutores recordaban las grandes cifras de su exportación a los principales ciudades de Estados Unidos, etcétera, etcétera. Claro que los ancianos de Baney no entendían nada de lo que les explicaban.

¿Pero por qué oscuras razones la gente de Baney, independientemente de su edad, ignorarían los hitos del desarrollo nacional, hasta el extremo de ser movilizados para salir de su ignorancia? ¿Por qué no creen los mayores de Baney que Guinea se ha desarrollado? ¿Por qué no creen en la resurrección de Guinea Ecuatorial? No hay respuestas inmediatas, toda vez que no queremos hablar por la boca de todos los mayores de la villa mencionada. Pero la aproximación a la respuesta pasa por hacer un repaso del sitio. La mencionada villa, situada a menos de 15 kilómetros de la capital de la república de Guinea, no tiene agua potable, y tampoco una línea regular de autobuses. Sus habitantes viven de la agricultura de subsistencia y de la recolección, cuyos productos excedentes llegan a los mercados en viejas camionetas de titularidad privada, pero previo pago. La visión del viaje de las mujeres a la ciudad arranca recuerdos nostálgicos a la gente que ha visitado otros países y en otras épocas. Y es que nadie diría que estos ancianos harapientos podrían visitar alguna vez la sede de un parlamento regional, ni nadie diría que se les franquearía la entrada a una zona petroquímica. Además, con sus exiguos ingresos, no malgastarían sus caudales para hacer un viaje tan oneroso para, al final, ser despedido con cajas destempladas. Se dudaría de estos asertos, pero la duda se disiparía si se supiera que cerca de Baney,  a un tiro de piedra, se está removiendo cielo y tierra para hacer justo lo contrario que Jesucristo, convertir los panes en piedra. Y es que en el sitio dicho se está construyendo lo que serían las residencias de los jefes de estados que acudirán a la reunión de la Unión Africana en fechas próximas. Si los ancianos de Baney no vivieran al límite de la supervivencia, tendrían medios para conocer las obras por su cuenta, y no ser llevados como nativos escapados de una reserva.

Al final del viaje, como un solo hombre en torno al secretario general del partido, los asistentes cantaron sus alabanzas y luego hicieron que la televisión difundiera la noticia de la entrega de diez mil francos a cada participante “para comprar petróleo”, según la boca hermosa del conocido y general secretario. Si quedó dicho que no había ninguna línea de autobuses hasta Baney, y que este sitio no tenía agua potable ni trazas de que lo vaya a tener dentro muchos años, queda claro que se alumbran con lámparas de queroseno, toda vez que se sabe que en Baney todas las cocinas son de leña, a fogón de tres piedras. Gracias, señor Secretario General del Partido en el Poder por aclararnos este punto tocante al uso del dinero.

A veces tenemos la impresión de que algunos creen que somos enemigos de la gente que manda, que no los queremos, que les tenemos ojeriza, y que no somos “nacionalistas”. Pero si fuéramos totalmente lo contrario de todo lo que creen esos, unos pocos, gracias a Jehová, la crónica de la gira de los mayores de Baney no sería distinta a esta. No ocultaríamos que viven casi en la miseria ni dejaríamos de decir que recibieron un diez mil para alumbrar la casa por las noches, prueba inequívoca de que no disfrutan de las ventajas de la estación eléctrica que fueron obligados a visitar.

De lo que comieron no podemos dar fe, pero es seguro que el partido en el poder en Guinea Ecuatorial cree que la gente no siente que las cosas van por buen camino, de ahí que se moleste en ayudarles a recorrer un camino que podrían hacer por sí mismos. La contundencia del hecho televisado guarda tanta semejanza con el de las manos en la llaga cristiana que vale ahora preguntar cómo un hecho tan relevante como el desarrollo de Guinea Ecuatorial, como también lo fue la resurrección de Cristo, puede ser puesto en duda por gente tan cercana a los acontecimientos que lo sostienen. Sea cual fuera la respuesta, hay en medio un intríngulis que nadie  ha sabido descifrar en la construcción de ambas historias.

Como cada uno libre es libre de ser suspicaz, tenemos que decir que toda semejanza en las dos historias es mera coincidencia. De hecho, el que esto escribe no es ningún gemelo ni ha sido invitado nunca a meter la mano en ningún sitio donde hubiera sido introducido una lanza.

           

Juan Tomás Ávila Laurel. Es un joven y prolífico escritor, residente en Malabo, donde ejerce como técnico sanitario. Se ha convertido últimamente en un exitoso y asiduo conferenciante de numerosas universidades extranjeras. Ha representado a su país en importantes foros internacionales y ha sido conferenciante invitado en España, Reino Unido y Estados Unidos. Su obra se caracteriza por un compromiso crítico con la realidad social y politíca de su país y con las desigualdades económicas. Estas preocupaciones se traducen en una profunda conciencia histórica, sobre Guinea Ecuatorial en particular y sobe África en general. Tiene más de una docena de libros publicados y otros de inminente publicación, entre ellos las novelas y libros de relatos cortos La carga, El desmayo de Judas, Nadie tiene buena fama en este país y Cuentos crudos. Cuenta tambien con obras de tipo ensayístico, libros de poemas y obras de teatro.