La pregunta y el tono

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La cara que se le puso al primer ministro de Islandia cuando el entrevistador le mencionó el nombre de la sociedad opaca que tuvo en Panamá (es curioso, pero fue como si, de repente, de tan nítida, reluciera en sus ojos)...

 

La cara que se le puso al primer ministro de Islandia cuando el entrevistador le mencionó el nombre de la sociedad opaca que tuvo en Panamá (es curioso, pero fue como si, de repente, de tan nítida, reluciera en sus ojos) fue casi la misma que se le puso a Rajoy cuando Évole le preguntó cuántas personas habían dimitido en el PP por financiar con dinero negro la reforma de la sede del partido. La reacción de ambos presidentes, sin embargo, no podía haber sido más distinta. Uno pierde los papeles y decide cortar de cuajo, como el cirujano de guerra que decide amputar la pierna para evitar la gangrena. Y el otro, en cambio, deja fluir la hemorragia (apenas puso un algodoncillo en la herida: «Bárcenas», dijo, como respondiendo al azar al Trivial) porque miles de litros de sangre contiene Mariano. Se habla mucho de esto del presidente (cómo no: es el presidente), pero esas preguntas de Évole, en el caso de que se las hiciera a otros políticos (no las mismas sino las correspondientes), darían el mismo resultado: una sensación enorme y generalizada de que todo quisque debería dimitir de sus cargos, incluso de su impronta, tal y como está el patio. No se salvaría nadie y hoy en el Congreso, en todo caso, quedaría Rivera mediando para un pacto con el bedel en los despachos mientras en el hemiciclo las minorías juegan al escondite. Tenía razón el presidente en que el entrevistador rebusca la pregunta y la poda y la modela antes de hacerla para lograr su objetivo, maestro Rajoy de la obviedad (el galleguismo asentado), cómo no ¡es un entrevistador!; el mismo derecho que tiene el entrevistado de responder como le parezca, aunque sea como lo hizo, o como no lo hizo. Pero en realidad esto no es así. La pregunta y el tono acaban mandando, o llevando la iniciativa, y uno casi siempre es juzgado públicamente en función de esto con bastante independencia de la objetividad, que yo no sé lo que es. Sólo así se explica que en su andadura Podemos, el partido del amor (a Irán, al chavismo, a la ETA), perviva casi como tal en el imaginario popular a pesar de la ilustrativa hemeroteca: falta la pregunta y el tono, y luego también la respuesta.