La renuncia

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La historia no tiene libreto. El título de esta bitácora nunca tuvo tanto sentido. La renuncia de Benedicto XVI se ha convertido, por encima de cualquier otra, en la noticia de la semana. La decisión desconcertó a medio mundo, especialmente a muchos católicos que no podían entender que el papa pudiera renunciar a su servicio, el lunes pasado. Y es que eran muy pocos, se ha dicho que no más de seis personas, los que conocían el anuncio que iba a leer el pontífice en el consistorio de canonización de los mártires de Otranto: «después de haber examinado ante Dios reiteradamente mi conciencia, he llegado a la certeza de que, por la edad avanzada, ya no tengo fuerzas para ejercer adecuadamente el ministerio petrino». No era la primera renuncia en la historia del papado, pero hasta el más despistado sabía que en esta ocasión nos encontrábamos ante un gesto de profundo calado histórico.

 

Nos esperan unas semanas de frenética actividad. Analizando la repercusión de esta decisión, resulta evidente que la Iglesia católica sigue teniendo un tirón mediático, con sus múltiples derivas polémicas, que puede marcar la agenda de la prensa internacional. Desde el primer momento se multiplicaron las preguntas, ¿por qué? y ¿por qué en este momento?, y las respuestas, sobre todo las centradas en teorías de complot, fueron de lo más variopinto. Y, como era de esperar, florecieron los vaticanistas que pretendían darnos las pistas claves para encontrar la identidad del próximo papa. Incluso, hubo quien comenzó a rescatar las antiguas y desechadas profecías de Malaquías. El mundo no se acabará como pretenden los agoreros de siempre y, con total seguridad, nos queda más de un papa.

 

La decisión de Benedicto XVI puede sorprender, pero solo en apariencia. En Luz del mundo (Herder), el libro-conversación con el periodista Peter Seewald, aseguraba que su nueva labor sobreexigía a una persona de edad y que, a pesar de tener un importante equipo de colaboradores, notaba que las fuerzas decaían. Además, también destacaba que «si un Papa se da cuenta con claridad de que ya no es física, psicológica o espiritualmente capaz de ejercer el cargo que se le ha confiado, entonces tiene el derecho y, en algunas circunstancias, el deber de dimitir». Por todo ello, no fue extraño que en los primeros meses de 2009, algunos vaticanistas rumorearan sobre una posible renuncia del pontífice como consecuencia de los insistentes enfrentamientos dentro de la propia Curia que se aireaban en la prensa y que tuvieron su máximo reflejo en el escándaloVatileaks. La imagen que dibujaban los especialistas era la de un Benedicto solitario que no podía controlar una guerra interna. Además, la juguetona casualidad quiso que visitara los restos de Celestino V, uno de esos papas dimisionarios, en la Basílica de Collemaggio, una zona azotada por un terremoto por aquel entonces. Pero la renuncia no llegó entonces y las dudas no se apagaron. En septiembre de 2011, el periodista Antonio Socci volvía a poner sobre la mesa el asunto. Según comentaba, había ciertas informaciones que apuntaban a que el papa anunciara a los 85 años su dimisión.

 

Por lo tanto, la cuestión estaba en el aire y, probablemente, Benedicto XVI ya llevaba un tiempo meditando sobre su renuncia. No creo que se deban buscar respuestas más allá de la explicación que ofreció el propio protagonista. Tiene una edad avanzada y los achaques lógicos. Ser el obispo de Roma no es una tarea sencilla y se necesita un vigor. Se puede especular mucho, pero no parece que esta renuncia sea una huida de los problemas de la Curia. Benedicto XVI se ha enfrentado a numerosos conflictos y ha intentado solventar muchas de las heridas abiertas durante los últimos años del pontificado de Juan Pablo II. Quizá las experiencias de aquellos años le han espoleado a decidir en conciencia que su etapa debía acabar ya. Usando una metáfora muy usada al hablar de temas vaticanos, las aguas bajan calmadas actualmente en el Vaticano (lo que no quiere decir que las tensiones hayan desaparecido). Y, además, la renuncia marca un antes y un después en la historia moderna del pontificado. El peso de esta decisión condicionará a los que vengan detrás, porque la renuncia es un profundo y lúcido signo del que solo comprenderemos su alcance dentro de unas décadas. El final del pontificado, sin lugar a dudas, será una de las claves interpretativas de estos últimos ocho años.  

 

(Como especialista en historia religiosa, he creído interesante dedicar este espacio en las próximas semanas a reflexionar sobre lo que ha acontecido, está aconteciendo y va a acontecer en relación a la renuncia y elección del nuevo papa en el próximo cónclave).

Joseba Louzao nació en Bilbao en 1983. Es doctor en Historia Contemporánea por la Universidad del País Vasco (UPV) y en la actualidad es profesor en el Centro Universitario Cardenal Cisneros (Universidad de Alcalá de Henares).
Está especializado en historia de las religiones y es autor del libro Soldados de la fe o amantes del progreso. Catolicismo y modernidad en Vizcaya (1890-1923) (Genueve Ediciones) y, como coordinador, de La restauración social católica en el primer franquismo, 1939-1953 (Publicaciones de la Universidad de Alcalá de Henares). Este blog será su particular maleta preparada, porque el pasado siempre es un país extraño.