La resignación

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Aquí todo parece tener características chinas, incluso los resfriados. En los últimos meses me había ilusionado con la idea de viajar estos días a Mongolia para documentar el Naadam –el festival tradicional que se celebra entre el 11 y el 13 de julio, con demostraciones masculinas de tiro con arco, lucha cuerpo a cuerpo y carreras de caballos– y la crisis de alcoholismo que existe en la capital, Ulan Bator. Me había puesto en contacto con couchs locales que me podían alojar en sus yurtas de la periferia capitalina. También con otros colegas que habían ido antes a documentar los problemas sociales asociados al alcoholismo, como el fotógrafo Mikel Aristregi, que viajó a Ulan Bator en pleno invierno para gestar el revelador proyecto “-40°C/96°” y quien, muy amablemente, compartió conmigo su experiencia y fuentes. Pero hace unos días, cuando ya estaba a punto de tramitar el visado y comprar los billetes del transmongoliano para el tramo Beijing-Ulan Bator, me vi presa de un aguacero veraniego que en cuestión de minutos inundó las calles de la capital china un palmo. El viento que acompañaba a la lluvia inutilizaba los paraguas e incluso se llevó por delante algún puesto callejero de fruta, a pesar de tener toldo. Melocotones, plátanos, lichis y frutas del dragón flotaban por la corriente calle abajo, a la espera de ser aplastados por algún coche rabioso. Mucha gente optó por descalzarse y caminar entre las aguas fangosas a pelo para no estropear sus sandalias o deportivas. Yo me negué y acabé sometiendo a mis pies a una inundación interna. La mojadura pasó factura y aquí estoy, recuperándome de un ganmao (感冒) terrible con agua caliente, medicina tradicional china y abstinencia de aire acondicionado cuando el termómetro supera con creces los 30°C.

 

Lo único especial que hice esta semana fue pasearme por un hospital, aunque no como paciente. A eso hace tiempo que he renunciado. Resulta que el padre de un amigo de un amigo tiene un tumor cerebral y está internado en un hospital de Beijing. Hace un par de semanas, el susodicho llamó a mi amigo para pedirle refuerzos porque debían cambiar al padre de habitación. Cuando me lo dijo no daba crédito. ¿Es que en ese hospital no hay celadores para hacer esas tareas? Pues no, deben ser los familiares quienes se encarguen de estas cuestiones a pesar de pagar un dineral al hospital por la atención. Pocos días después volvieron a necesitar refuerzos, esta vez para llevar al enfermo a la sala de CT, que estaba en otra planta. Aunque ya empezaba a tener síntomas de resfriado, me apunté a ayudar para entrar en el hospital y ver con mis propios ojos aquel lugar. Se supone que estábamos en una unidad donde se prestan cuidados intensivos, pero nadie nos impidió la entrada, el uso de mascarillas u otra medida de precaución. Otros enfermos menos graves hicieron corrillo para ver a la extranjera y cotillear sobre la parentela del enfermo que iba a ser trasladado. Efectivamente, fuimos nosotros, cuatro personas, los que tuvimos que empujar la cama móvil, con el enfermo casi inconsciente, hasta la sala de CT y viceversa. Me impresionó bastante. No me atreví a preguntarle al chico cuánto estaban pagando por los servicios hospitalarios, sólo comenté retóricamente que debía ser caro, y asintió. Entonces hizo referencia a los hongbao (红包), el dinero que se paga a mayores para que te traten mejor. Hongbao para conseguir cama en el hospital, hongbao para el médico, hongbao para las enfermeras,… la lista puede ser interminable, lo mismo la factura. No me pude contener y le dije que esa corrupción a pequeña escala era lo que menos me gustaba de China, que reflejaba la obsesión por el dinero que existe en todos los estratos y la consiguiente crisis moral de esta sociedad. Al principio no me entendió e incluso se dejó llevar por el nacionalismo rancio. Es posible que esta práctica social estuviese tan normalizada en su vida que ni siquiera se hubiera planteado alternativas, pensé. Finalmente hizo un gesto de resignación.

 

Aunque parezca mentira, esta organización sanitaria tan dependiente de la familia tiene sus defensores entre la comunidad occidental. Hace un tiempo conocí a un médico italiano que trabajaba en un hospital de Beijing. Había estudiado medicina tradicional china y se había especializado en acupuntura. Era el único médico occidental del hospital, que atendía casi exclusivamente a chinos. Me dijo que prefería el sistema chino porque era más humano, y me puso como ejemplo una situación límite como la reanimación postoperatoria. En cualquier centro occidental no se concebiría que los familiares fuesen partícipes del proceso, sujetando goteros o pasando el desfribilador al médico de turno, pero aquí en China es así, me dijo. Él veía esta situación más humana, más natural, que una sala de espera aséptica y un médico diciendo “lo siento, hemos hecho todo lo que estaba en nuestras manos, pero…”. Otro factor positivo, a su juicio, era la relativa independencia del sistema sanitario chino respecto a los laboratorios farmacéuticos internacionales. En este caso, no obstante, se podrían plantear otras objecciones respecto a la calidad de las medicinas que se comercializan en China, teniendo en cuenta el escaso control de las falsificaciones. En lo que sí estábamos de acuerdo era en la corrupción y el engaño que impera en los hospitales para ganar más dinero. Él mismo me confesó que los gerentes del hospital presionaban a sus médicos para que hostigasen los bolsillos de los pacientes con pruebas innecesarias y medicamentos más caros. Y aparte estaban los hongbao que todos se llevaban por detrás. Aunque predomina la resignación, como en otros muchos aspectos de la vida cotidiana, cada vez hay más gente dispuesta a tomarse la justicia por su mano y ya se ha informado del aumento de las medidas de seguridad en estos centros. La resignación es acumulación de frustración, una bomba social que puede explotar en cualquier momento.

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Alma L. Figueiras
Vigo, 1983. Licenciada en Periodismo y Especialista en Información Internacional y Países del Sur por la Universidad Complutense de Madrid. Tras experiencias académicas y profesionales en Madrid, Freiburg, Utrecht, Berlín y Londres, en 2008 llegó la ansiada oportunidad de ampliar horizontes en Asia. Cuatro meses antes de los Juegos Olímpicos me trasladé a Beijing con un visado de trabajo pero sin propósitos definidos, abierta al descubrimiento de un nuevo mundo, y aquí sigo, observando los cambios de una sociedad en constante transición que desafía mis neuronas constantemente.