La soledad no se cura con una pastilla

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Tristes, desesperantes, desesperadas paradojas del mundo al revés. Leo en Le Monde Diplomatique1 un artículo inquietante sobre las enfermedades mentales en Estados Unidos y la connivencia de médicos y universidades con la industria farmacéutica para instalar y mantener un tratamiento farmacológico de las enfermedades mentales, aunque éste se haya demostrado ineficaz y peligroso en innumerables estudios. Funciona así: las empresas que producen los fármacos financian los departamentos universitarios y pagan a los doctores para que receten sus medicamentos y divulguen sus ventajas en conferencias y congresos del gremio. Si estas prácticas ocurren en todos los ámbitos de la medicina, en el caso de las enfermedades mentales, en muchos casos, los medicamentos son menos eficaces que los placebos, y sus efectos a largo plazo, todavía poco conocidos, son simple y llanamente destructivos para el individuo.

 

La industria farmacéutica, como la del tabaco, oculta y miente abiertamente sobre los efectos de sus productos. El artículo de Olivier Appaix menciona, entre otros, el caso del antidepresivo Paxil, que se administra a adolescentes: la propia empresa había reconocido que no servía más que como placebo, y un estudio de la Universidad de Texas relacionó la administración del medicamento con un aumento del suicidio entre los enfermos. Todo ello se ocultó, el marketing no se detuvo, y cuando llegó la hora del juicio, se pagaron las indemnizaciones y a otra cosa, mariposa.

 

Los expertos llevan años advirtiendo de los peligros de dependencia, depresión, etcétera que provocan muchos de estos fármacos, que en la psiquiatría han sustituido a la terapia, mucho más eficiente en (casi) todos los casos; cuando menos, el fármaco debería ser un complemento del tratamiento terapéutico. En trastornos tan complejos como la bipolaridad y la esquizofrenia, afirma Appaix, es imprescindible tratar a los enfermos no ya desde la asistencia psicológica, sino un nivel mucho más básico: un trabajo, ejercicio físico, sueño reparador, socialización y, añadiría yo, sexo y amor. Y lo mismo se aplica, creo, con trastornos menos graves, desde las fobias hasta la impotencia sexual o la frigidez. Existen, claro, casos en los que la química puede ayudar mucho. Pero, en definitiva, se trata de hacernos cargo en serio de nuestras vidas en lugar de querer remediarlo todo con una pastilla. La soledad no se cura con un fármaco. El vacío existencial, tampoco. A menudo, nos ocurre que nos hemos alejado tanto de nosotros mismos que el cerebro nos manda un aviso para que le demos un giro a nuestras vidas, así como el dolor es un síntoma necesario para que identifiquemos la enfermedad. Si matamos el síntoma sin atacar la enfermedad, el resultado será la muerte psíquica.

 

Cosas que pasan cuando manda el dios Dinero; cuando se mira apenas el afán insaciable de aumentar el lucro y se abandona cualquier consideración moral por el camino. El capitalismo salvaje provoca buena parte de las enfermedades mentales a base de exclusión social o estrés, y después hace caja. En Estados Unidos, la salud mental es el primer capítulo en el gasto sanitario: fueron 170.000 millones de dólares en 2009, y serán 280.000 millones en 2015. La factura no para de crecer, y cabe preguntarse si es que cada vez hay más enfermos mentales, o lo que ha cambiado es la línea a partir de la cual definimos lo indefinible -la locura-, o si es que cada vez se recetan con más ligereza esos frascos de lobotomías mentales. Será, seguramente, una mezcla de las tres cosas, porque tampoco me cabe duda de que, en este mundo al revés, cada vez estamos más locos los que nos llamamos sanos. Que se lo pregunten a aquel jefe samoano

 

1 Olivier Appaix, “O florescente mercado das desordens pisológicas”, Le Monde Diplomatique Ed. Brasil, diciembre de 2011.

Nací en Extremadura, pero soy -también- madrileña. Periodista por vocación y convicción, llegué a América Latina en 2008, a esa ciudad caótica y fascinante que es São Paulo. Después de unos años entre samba y tango, me establecí en Buenos Aires, desde donde trabajo como 'freelance' y colaboro para medios como El Mundo y Le Monde Diplomatique. Aunque, cada vez más, apuesto por los proyectos independientes: la revista Números Rojos, la web Carro de Combate -dedicada al consumo responsable y la denuncia del trabajo esclavo- y, por supuesto, este Fronterad.   Afincada por fin en Buenos Aires, una ciudad que me cautivó desde mucho antes de visitarla, cuando se me mostraba desde las páginas de Julio Cortázar, sigo descubriendo este continente diverso y complejo, este continente con las venas abiertas que, sin embargo -o por eso mismo-, tiene tanto que enseñarle al mundo.