La sonrisa marxista

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No se sabía que hubiese un periodismo público y un periodismo privado, o sí pero no que se pudiese decir con tanta alegría. Pablo Iglesias si lo sabía y del mismo modo que acude a algunas televisiones privadas para relajarse y acicalarse...

 

Sergio Martín tiene los dientes largos. Uno se fijó un día en un instante de descuido, suyo, de esos a los que un comité (o una liga moralista de las que iban por los pueblos del Oeste cerrando saloons) se sube como si fuera un camión de evacuación de los de las guerras que casi siempre deja a algún desafortunado por el camino. Desde el camión, uno tiene la imagen de Martín corriendo para alcanzarlo con las manos extendidas mientras aquel se va alejando definitivamente y él se va convirtiendo por segundos en una imagen más y más pequeña, un punto en el paisaje que al final desaparece.

 

No se sabía que hubiese un periodismo público y un periodismo privado, o sí pero no que se pudiese decir con tanta alegría. Pablo Iglesias si lo sabía y del mismo modo que acude a algunas televisiones privadas para relajarse y acicalarse, como una señora a la peluquería, el otro día acudió a la televisión pública, al parecer, igual que si fuera Mohamed Alí acompañado de sus Panteras Negras, como si aquello fuera su casa y como si Sergio Martín fuera Oriana Fallaci, quien cuando visitó al campeón para entrevistarle acabó por lanzarle la grabadora a la cabeza después de que éste le respondiese a todo con groserías.

 

La grabadora de Martín debió de ser la enhorabuena con la que saludó al líder de Podemos tras toda una intrahistoria entre bambalinas que uno desconoce pero que de oídas tiene como reflejo la sonrisa inefable de Pablo frente a la insatisfacción notable de los entrevistadores desde el minuto uno de un acontecimiento que parecía más revolucionario que periodístico; una premeditada invasión a lo que queda del ente, donde se pudo asistir a un episodio piloto de Aló Presidente, y donde el foco de resistencia estuvo en la sobrevenida enhorabuena que fue lo único que consiguió borrarle al invitado la sonrisa marxista, que hoy es  la sonrisa de lo políticamente correcto.

 

A ningún otro político se le podría haber sorprendido de la misma manera por la sencilla razón de que ningún otro ha pedido (expresamente, por no ahondar en mensajería conexa) la excarcelación de etarras. Esto lo pidió públicamente como públicamente se mostró arengando a las masas en Génova el treceeme, o en la Complutense organizándole una bienvenida inolvidable a Rosa Díez. La vida de Iglesias, incluso la historia de España, va a resultar ser un cuento de ¿Dónde está Pablo?, como ¿Dónde está Wally?, al que en el PSOE no pueden soportar hasta el punto de querer disputarle incluso los méritos más dudosos.

 

Uno se quedó con la sensación, después del acontecimiento (y este si que fue planetario), de que faltaba algo importante; de que algo anómalo, como un fantasma, flotaba en el ambiente con esos cinco señores que sólo hablaron una vez y obtuvieron como respuesta una parte alícuota del mitin programado, igual que si fueran epígrafes. Con todo el atrezo sobre la mesa uno imagina al séquito (de dieciséis personas dicen, ¡los pretorianos del César!) detrás de las cámaras chocando el puño contra la palma a juzgar por los semblantes, habitualmente relajados, de Palomo y compañía, mientras Martín, sin que se le vieran esos dientes largos suyos, rompía su lanza “en la televisión que pagamos todos”, aducía Pablemos tipificando un nuevo delito moral (otro más), sin poder ocultar que le temblaban las canillas.