
Se recuerda La verbena de la Paloma de Tomás de Bretón por la morena y la rubia «hijas del pueblo de Madrid.” Y sino por el «mantón de la China, la China, [que] te voy a regalar.” Cuando se va a ver la nueva producción del Teatro de la Zarzuela dirigida en lo musical por Carlos Aragón y en lo escénico por Nuria Castejón, ese recuerdo se deshace como un azucarillo en el agua.
Algo que puede deberse a varias razones. La primera el largo prólogo escrito por Álvaro Tato. Un intento loable por situar la importancia de la zarzuela como género musical en España. Y, por tanto, de la industria teatral que involucraba junto con la debacle que iba suponer para esa industria la pérdida del fervor del público, que hizo que el empresario o inversor buscase otros nichos en los que obtener pingues beneficios, como podía ser el cine.
Es un texto forzado con dos ejes. Uno el homenajear al Teatro Apolo, el antiguo no el actual, que se dedicaba al género de la zarzuela y en el que se estrenó La verbena de la Paloma y otros muchos éxitos del género. El otro, el de favorecer el chiste o la gracia al estilo de aquellas las zarzuelas.
Esos objetivos ¿pedagógicos? lastran una introducción que podía haber dado más juego, sobre todo, porque su autor ha dado muestras de saber hacerlo mucho mejor, aunque tenga que mantener esos dos ejes. Algo que se puede comprobar actualmente en el musical El alma al aire, del que es el dramaturgo, construido a partir de canciones de Alejandro Sanz, que se acaba de estrenar en el Teatro Ocaso Coliseum.
Tampoco ayuda el haber sacado de las corralas una obra que sucede en ellas. Aunque la dirección de escena no la ha traído a la actualidad, sí la ha llevado a barrios más pudientes del principios del siglo XX, más estilo de los edificios del Barrio de Salamanca. Más limpios. Con menos mugre y sudor. Y eso no encaja ni en como se tiene que cantar ni decir lo que se dice en esta zarzuela.
Como puede ejemplificar ese momento en que el cuadro flamenco hay que literalmente sacarlo a escena. ¿Cómo se hace? Abriendo las puertas de un tablao y adelantando a proscenio el escenario del tablao con sus artistas. Quitándole toda la espontaneidad que tiene que unos vecinos del barrio o unos cantantes cualquiera se pongan a cantar y bailar flamenco en la plaza o en la propia corrala con unos colegas.
Todos estos elementos, el prólogo y la dirección de escena, le quitan interés al aspecto musical. A lo que no ayuda que la orquesta no suene con ganas de llevar al público a una verdadera verbena. Lo que supone para la clase trabajadora y popular irse de fiesta, que es lo que se canta en esta zarzuela, porque irse de fiesta es irse con alguien y no solo o sola.
Lo anterior hace que, por mucho dinero invertido en espectáculo, en decorado, vestimenta, cantantes (que incluye a Antonio Comas y a María Rey-Joly) y actores (¡qué incluye a Rafa Castejón!) se esté deseando que se acabe. El espectáculo siempre puede deslumbrar, pero nunca sustituir al arte.
Ante estas críticas se podrá esgrimir que el público ríe. Y es cierto, pero ¿no llama a la atención que ría antes de que se produzca el chiste porque se sabe lo que van a contar incluso en el prólogo que es de nueva creación? También que aplaude y aplaude mucho, seguramente porque le dan espectacularidad donde deberían haberse encontrado otra cosa y una lectura de la vigencia de esta zarzuela.
Una zarzuela que ahora sucedería en los barrios de ciudades dormitorio llenas de gente joven y diversa como en aquella excelente versión que el dramaturgo, novelista y editor Nando López y la directora de escena Rita Consentino pensaron para el Proyecto Zarza. ¡Cuánto mejor hubiera sido que se repusiera esta! Que, por cierto, también tuvo el beneplácito del público, del habitual que desplazó a los jóvenes a los que va dirigido dicho proyecto, este sí, un proyecto pedagógico del propio teatro.




