La vida escrita en la piel

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Hay una memoria de la piel. Una memoria de la que no tenemos consciencia y que almacena datos, sensaciones e instantes de los que no tenemos noción. Nuestros primeros recuerdos datan aproximadamente de cuando teníamos dos años. 

 

 

…Hubo picaportes y timbres

en los que un tacto

se sobrepuso a otro tacto.

Maletas, una junto a otra, en una consigna.

Quizá una cierta noche el mismo sueño

desaparecido inmediatamente después de despertar.

 

Todo principio

no es mas que una continuación,

y el libro de los acontecimientos

se encuentra siempre abierto a la mitad.

 

Amor a primera vista, Wislawa Szymborksa (fragmento)

 

Hay una memoria de la piel. Una memoria de la que no tenemos consciencia y que almacena datos, sensaciones e instantes de los que no tenemos noción. Nuestros primeros recuerdos datan aproximadamente de cuando teníamos dos años. Antes es difícil. Sin embargo, nuestro cuerpo almacena recuerdos de todo. A veces me imagino la vida como un tatuaje que se nos grava invisiblemente en la piel. Todo tiene cabida, como en un cesto sin fondo. Y sin embargo, no nos damos cuenta.

 

Desde que supe lo que era, siempre me ha parecido muy curioso que exista una terapia llamada ICV (Integración del Ciclo Vital) en la que parte del proceso terapéutico consiste en ir recuperando recuerdos, año por año, e irlos integrando en una psique adulta. Me gusta el concepto de recopilar recuerdos. Como quien caza mariposas, como quien busca a tientas en una habitación oscura. Así, desde el año 1, somos capaces de recordar cosas que conscientemente no sabíamos. Porque se ha demostrado que el cerebro no entiende el paso del tiempo. Va asumiendo recuerdos, aunque alguno se enquiste, aunque alguno cueste más esfuerzo que el otro. Pero siempre llega algún momento en el que hay que volver a ellos.

 

La piel recuerda y asume. Se construye de tactos, arañazos, caricias, sudores, fríos invernales, incluso picaduras de mosquito. Todo eso cabe. Un estrato sobre otro. Lo curioso es que no nos damos cuenta de la acumulación ni de cómo la casualidad opera a nuestro alrededor, como en ese poema de Wilslawa Szymborksa, Amor a primera vista, en el que la poeta manifiesta que ni siquiera lo que percibimos como nuevo, lo es. Imaginemos a dos personas que se ven por primera vez y se enamoran. Se preguntan, tal vez, el típico: dónde has estado todo este tiempo, porque se reconocen. Pero ¿qué decir de signos, señales que tal vez no fueran comprensibles para ellos? Quizás compartieron un mismo vagón en el metro, un roce despistado al retirar el cambio, pisaron los mismos granos de arena en una playa concurrida. Incluso puede ser que jugaran juntos en un parque o que bebieran del mismo vaso. Quien sabe si de esas cosas se da cuenta la piel, si su memoria está siempre más atenta y si solo deberíamos aprender a escucharla. Por eso siempre recuerdo un verso de este poema de Szymborska: “hubo algo perdido y encontrado”. Tal vez sea esto a lo que los franceses llaman déjà vu; a lo ya vivido, a todos esos tactos superpuestos que recuerda nuestra piel. Supongo que la vida es un ir encontrándose cosas que habíamos perdido por el camino. En el amor también ocurre así. Aunque a veces, cuando creemos estar enamorándonos a primera vista, en realidad tal vez lo sea a segunda o a tercera. Todo eso va grabándose en este enorme tatuaje que es la vida en nuestra piel. Estoy segura de que el peso de todo esto lo recogen esos surcos a los que llamamos arrugas.