L’Accademia di Tatti

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En demasiadas ocasiones un primer viaje con un amigo, como cualquier otro tipo de convivencia, puede deparar la poco agradable constatación de que una cosa es verse de vez en cuando y harina de otro costal una presencia cotidiana en la que se ha de compartir espacio, tiempo y decisiones y, particularmente, jerarquizar las cosas que se quiere ver y visitar. En otras ocasiones la convivencia durante varios días sirve para descubrir facetas de nuestros amigos que o no conocíamos o solo habíamos calado muy someramente. Cada día descubro en M. facetas que me hacen apreciarlo y admirarlo aún más. Su pose, declarada y provocadoramente byroniana, apenas puede ocultar cual trampantojo una profunda y bien asentada visión y misión ética de la existencia, lo que no es óbice para la fiesta, el escándalo, el carnaval y el teatro (más centrado en la comedia que en el drama, todo hay que reconocerlo). A nadie hiere con su inteligencia, a muchas gentes cuida y con ellas gasta sin tasa su más preciado bien: su oro, el tiempo, entidad emisora de nosotros mismos, que paradójicamente administra con exacerbado celo. Un galán para las damas, un amigo para sus amigos, camina con alegría por el desierto y este valle de lágrimas. Se sabe diferente y elegido, pero pone esa distinción al servicio de los demás. Ante mis propias reservas respecto de referirme a su persona con nombres y apellidos, él mismo me autoriza a hacerlo, condensando su gnosis poética y personal: “mi vida es una aventura privada que se hace pública a través del arte”. Artificios de eternidad, como los mecanismos de elevación a través de la meditación que lleva a cabo cotidianamente. Espero que se me pegue algo en su compañía, pero lo dudo bastante.

En el castillo ─cuya historia hemos glosado en un sepulcro anterior─ que va a tomar el relevo del de Migliano M. está diseñando su nueva morada italiana: El Castillo de Tatti, sede principal de la Accademia di Tatti, un monasterio laico con un firme y declarado propósito: el estudio diletante y peripatético de la gran cultura italiana y europea, pero de un modo diametralmente opuesto a la tendencia académica, actualmente dominante y que él sufre día a día, de la ultra especialización inane y estéril y toda la faramalla de títulos y grados y cosas de esa laya. En su lugar, con el realismo y la adecuación a los tiempos actuales que lo caracteriza, propone la lenta maduración de ideas a través de la contemplación tranquila, la conversación sosegada y los paseos entre jardines, ruinas, cuadros y esculturas. Una actualización del ideal griego de la educación condensado en un verbo: endoumai, “que el alumno dé de sí”, guiado por el educador, que es alguien que acompaña, aconseja, tutela, como en un largo paseo en círculos, que eso es peripatético. La educación como una larga conversación en un largo paseo en círculos por un jardín o un parque, en un elogio de la lentitud que podría subscribir íntegramente Nuccio Ordine. Como el gran talento oral que es, la obra de Ilia Galán se plasma tanto en los escritos como en la conversación, en la que se prodiga con generosidad. Puedo dar fe de ello. Una semana en Toscana con él es más fecunda que un curso convencional en la universidad. Por alguna parte leí, que el historiador del arte británico Kenneth Clark y el poeta polaco Czesław Miłosz pasaron varios meses recorriendo con sus respectivas familias las ciudades de la Italia eterna y sus museos, sumergiendo a sus hijos en las aguas lustrales del mar de belleza italiano.

Al mismo tiempo este centro de saber y de civilización está destinado a servir de morada a todas las almas descarriadas que M. se va encontrando por el camino de la vida, gentes devotas de las artes, pero poco avezadas en el tráfago de haciendas y dineros. Tengo para mí que ya formo o voy a formar parte de ese cortejo. Por determinar queda cuál será mi contribución en esta república de las letras en la alta Maremma. A mis trabajos esperables de cronista o historiador de estos feudos, creo que podría añadir nuevas labores: ecónomo y sumiller, rapsoda, heraldo o rey de armas, toda vez que estoy diseñando un gonfalón o estandarte de las armas de este señorío. Quién sabe, dado el estado de cosas actual y el no descartable en absoluto retorno a las tierras y villas vacías, en España o en Italia, tal vez este tipo de oficios de antaño vuelvan a ser demandados y pueda uno encontrar ocupación para los tiempos recios que se avecinan.

Tengo para mí que tal vez sea un poco tarde para seguir un programa de noviciado estético de ese tipo, pero mientras hay vida hay esperanza. Trataré pues de reivindicar un puesto en la Accademia di Tatti, como heraldo y rey de armas, como cronista histórico de la Maremma, como trovador o chamán, o, si ello fuera preciso, como sumiller o cocinero. Sea cual sea la función o la responsabilidad que se me asigne, aquí estará un servidor para poner lo máximo que es en lo mínimo que haga. Pocos proyectos más hermosos conozco que esta Casa della vita, tomando el título de las memorias de Mario Praz. ¡Larga vida a la Accademia di Tatti!

 

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