Las mejores meriendas siempre fueron las de mi abuela

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Mi abuela materna siempre fue mi yaya, que es una palabra como infantilona que me encanta seguir pronunciando a un día de cumplir veintisiete. Ella era la abuela más joven de las dos y ambas palabras eran el modo de remarcar la distancia entre el luto y la lozanía, a pesar de que la mayor de ellas no tardó en morir y de que la yaya es hoy una octogenaria, cima que la paterna no holló. 

 

 

Mi abuela materna siempre fue mi yaya, que es una palabra como infantilona que me encanta seguir pronunciando a un día de cumplir veintisiete. Ella era la abuela más joven de las dos y ambas palabras eran el modo de remarcar la distancia entre el luto y la lozanía, a pesar de que la mayor de ellas no tardó en morir y de que la yaya es hoy una octogenaria, cima que la paterna no holló. Adoro a mi abuela pese a que todavía sea capaz de comerme, contar veinte y ganarme al parchís. Después, incluso, le quedarán ganas para darle la vuelta al tablero y vapulearme de oca a oca. Y sí, las mejores meriendas siempre fueron las de mi abuela. Podrá usted invitarme a su casa una tarde, pero jamás podrá igualar las meriendas de mi abuela. Es una pena que –he asumido– acarrearé para siempre. Pero también es el gozo de saber que durante varios veranos, en la granja El Alamito, me relamí con aquellas barcazas de pan con nata fresca de las vacas de Jacinto y algo de azúcar.

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