Las “public schools” inglesas, viveros del poder

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Tradicionalmente, para llegar al poder en Inglaterra era imprescindible haberse educado en una de sus prestigiosas public schools.  Hoy, sin embargo, muchos lo ven como un obstáculo.

 

Si la batalla de Waterloo, según dijo Wellington, se ganó en los campos de deporte de Eton, las escuelas de la elite inglesa formaron un tipo de hombre que sería clave en la hegemonía cultural y política de la Gran Bretaña de antaño y que hoy sigue compensando sus privilegios con su vocación por la vida pública.

 

I.

 

A lo largo de los siglos, los blancos acantilados de Dover posaron para el mundo como una advertencia inexpugnable de la insularidad británica. Allá donde Inglaterra era más cercana, era también donde resultaba menos accesible, con la oposición de una barrera natural que seducía con su fulgor a los marinos sólo para dejarlos desalentados al pie de su roquedo. Fue en esta costa última de Dover donde el poeta Matthew Arnold –sólida presencia en el canon victoriano- paseó famosamente hasta alumbrar su visión: atento a las luces del litoral del continente, aterrado ante el relieve de inmensidad del oleaje, Arnold intuyó en Dover Beach la pérdida de la vieja fe que poblaba Inglaterra como el final de una vida reconocible, inteligible, habitable en su tradición y sus certezas. Esa vieja fe, según los versos de Arnold, comenzaba su repliegue con un estrépito “largo y melancólico”.

 

     Escrita hacia 1850, podría parecer que la profecía de Arnold tiene un alcance en buena parte hiperbólico: cuando el poeta deplora el vacío espiritual de Inglaterra como una marea en retirada, su país aún debía asistir a la perfección de fasto y de triunfo que le aseguró una de las edades más graciosamente civilizatorias que ha conocido el hombre en su áspero peregrinar sobre la tierra. Esas décadas de brillo achampanado que marcan la transición entre la época victoriana y la eduardiana y que fijaron ante las naciones –y ante la propia Inglaterra- la gestualidad propia de lo inglés según ha querido pervivir hasta nuestros días. Ocurrió en el amplio esquinazo de dos siglos, y en todo lo que cabe entre las expediciones arqueológicas, el esplendor de la novela y el auge del telégrafo. Gran Bretaña iba entonces a abrazar con el mayor acierto el rasgo de continuidad cultural que, según Burke, le era más propio: la virtud de abarcar al mismo tiempo lo presente, lo pasado y lo futuro, a imagen de aquel cuadro de Turner -de tanto poso en el imaginario británico- en que un moderno barco de vapor remolca, Támesis arriba, al viejo Temerario que luchó en Trafalgar.

 

     Esa Inglaterra eduardiana que Matthew Arnold no pudo entrever fue la Inglaterra de las marchas de “pompa y circunstancia”, de las cenas que duraban horas y más horas, de las batidas de caza que duraban días y más días, de las casas –espléndidas- tan minuciosas en voluntad ornamental como en personal de servicio. Fue la Inglaterra del orgullo nacional e imperial que ya había descrito nuestro viajero Moratín, y también fue la Inglaterra que cifró entre los países del orbe la mezcla mejor dosificada de progreso y dulzura de vivir, a tal punto que la anglofilia llegó a ser motor de civilización, impulso de reforma y marca de prestigio. En las tierras más recónditas se importaron los clubs, las escuelas, el librecambismo, las bibliotecas neogóticas. En el rincón postrero del globo se admiraron la monarquía parlamentaria, las cabeceras de Fleet Street o las eminencias sartoriales de Savile Row. Un personaje de Clarín finge cada tarde leer The Times, más o menos como los personajes de Eça de Queirós. La característica otredad de lo británico –de rima tan fácil con su insularidad- se iba conformando como estándar imitable para cualquier persona que se quisiera culta y para cualquier sociedad que se quisiera avanzada. Para Gran Bretaña fue un momento de autoestima cultural. No por azar, Edith Sitwell retrató a los ingleses como personas “convencidas de su propia infalibilidad”.

 

     Ciertamente, desde entonces no han faltado escritores para amplificar el eco de aquella elegía preventiva de Matthew Arnold. Si algunos poetas del XIX ya se dolieron de los cambios que iban a provocar en su país las vías férreas y  los “satánicos telares”, Santayana y Ortega y Gasset aún señalarían al inglés medio como modelo de individualidad y ciudadanía, pero Philip Larkin –paradigma de inglés medio- no tardó en vaticinar que a Inglaterra “pronto” iba a haber que ir a buscarla en los libros y en las salas de los museos. En la Inglaterra que al cabo del tiempo se interpreta a sí misma en 2010, no pocos lamentan –Scruton, Heffer, Peter Hitchens, Anthony Daniels- el desgaste del carácter vernáculo, la pérdida de las facciones más reconocibles de lo británico, el emocionalismo en que se relajó el labio retraído del país, desde la cultura del pop hasta el funeral de Diana de Gales o los últimos días de muerte y espectáculo de la gran hermana Jane Goody. Tantos años después del fulgor eduardiano, para bien o para mal, en la nueva Inglaterra multi-cultu se bebe más café que té, el primado católico congrega más fieles que el primado anglicano, el liberalismo de tendera de Margaret Thatcher retrocede ante el conservadurismo rojo de David Cameron, y el sistema métrico imperial pierde pulgadas cada día ante el avance del metro y los gramos. En el mundo global, cada vez cuesta más oponer los acantilados de Dover a modo de defensa de la excepción inglesa.

 

     Quizá por todo esto, cuando el 6 de mayo de este año se celebraron elecciones en Gran Bretaña, no faltaron comentaristas de nostalgia para recordar otro 6 de mayo, el de hace cien años, el día de la muerte del rey Eduardo VII, el final de un esplendor y el primer movimiento del largo crepúsculo de la Inglaterra mítica que se empeña en subsistir en nuestra imaginación. Con la muerte de Eduardo VII, se abría paso un siglo que ya no iba a ser un siglo inglés, y empezaban a cumplirse los presentimientos negros que tuvo Matthew Arnold al pasear una noche por la costa última de Dover.

 

 

 

II.

 

La potencia premonitoria de Matthew Arnold tiene tanto valor por su genio lírico como por una circunstancia punzantemente paradójica: el hecho de ser hijo de Thomas Arnold, director legendario de la escuela de Rugby y, por veredicto unánime, la personalidad más consistente de la educación inglesa de todo tiempo. A la luz de su filiación, la profecía del Arnold poeta cobra un efecto incalculable: con una interpretación retrospectiva, nosotros sabemos que el Arnold pedagogo resultó ser de los hombres ingleses que más hicieron por perfeccionar la más perfecta creación de lo británico. Y esa no es otra, precisamente, que el hombre inglés.

 

     Ese hombre inglés es un tipo humano todavía reconocible, hecho de oblicuidad, de contención sentimental, de ironía como freno del fanatismo, de buen humor y civilidad más que perfecta, de sofisticación tan considerada y tan sutil como para tener por gesto de cortesía un pequeño tartamudeo al expresar una opinión. Es un biotipo culto al tiempo que pudorosamente anti intelectual, capaz de aceptar -o vivir- toda la excentricidad que permite el liberalismo más genuino sin por ello perder el sentido del arraigo y el viejo honor resumido en el lema noblesse oblige, según el cual los privilegios rigen porque los privilegiados saben que han de devolverlos en forma de servicios al país. Es un tipo humano marcado por el énfasis inverso y la elegante capacidad de sugerencia del understatement. Un hombre hábil para reírse de sí mismo sin merma del orgullo, y para entender que a la verdad se puede llegar por el recorrido diagonal de una ironía. Se trata de un hombre alejado de la ostentación del yo propia de la masculinidad de otras latitudes, notable y curiosamente ajeno a las texturas de complejidad de la galantería, por reserva o neutralidad de los afectos. Es el tipo de hombre que hizo que Inglaterra -según George Orwell- tuviera como signo más visible una cierta gentileza y suavidad, “al inculcar al pueblo las cualidades del gentleman”. Y es también una personalidad comprensible sólo a partir de esa ligereza que, según la opinión de un cronista de tanta confianza como Anthony Powell, ha salvado no pocas veces al pequeño reino insular a lo largo de su historia. Al mismo tiempo, sin embargo, ese tipo humano del hombre inglés está dotado de una íntima entraña de dureza, de tanta dureza como para poder cambiar la campiña de Somerset y el oporto de añada por un campo de batalla o por una colonia recién aparecida sobre un mapa. Hechura de la energía pedagógica de Thomas Arnold, ese hombre inglés se educaba en unas public schools expresamente concebidas como recría del imperio.

 

 

 

III.

 

La propia dureza de las public schools nutría esa dureza última del hombre inglés. Un antiguo alumno de Harrow como John Galsworthy las describe como un código crudo y particularmente detallado de “normas de supresión”, donde a un heredero de la Corona le podía caer una paliza por no referir su apellido, y lo esperado era una “formalidad fría en el trato”, en un régimen de “baños helados, mantas innombrables y ventanas siempre abiertas” y jerarquías de tanta rigidez como complicación. Por si acaso, ya el propio doctor Arnold había dejado dicho que “de los deberes del director de una gran escuela, el primero, el segundo y el tercero se resumen en librarse de los muchachos poco prometedores”. No está mal como lugar de destino tradicional para unos vástagos de la gentry terrateniente que, con legitimidad, podían esperar más dulzuras de la vida.

 

     Con todo, ese sistema de postergación de la individualidad y de represión de los afectos, prolongado icónicamente para el público generalista con hitos como las “amistades particulares” o las varas de castigo, no dejaba de alumbrar lo que señala un antiguo editor del Daily Telegraph, a saber, “un fuerte sentimiento de obligación hacia el país, una especie de mapa mental sobre el funcionamiento de la vida pública, así como la confianza mundana de poder contribuir a ella”. Y, en lo más inmediato, se afirmaba un sentimiento de pertenencia, una clara noción de arraigo hacia la propia escuela, en tanto que –como señala el delicioso Tony Mayer en La Vie Anglaise, “cada una de las ellas se ha venido creyendo superior a las demás, aunque sólo algunas saben que de verdad lo son”. Notablemente, el conocido como “trío aristocrático”, Eton, Harrow y Winchester. Si la mayor parte de las personas termina su escolarización y abandona la escuela, de las public schools puede decirse que los alumnos no terminan de irse en toda la vida. En Una Danza para la Música del Tiempo, Kenneth Widmerpool confirma un antagonismo que se prolongará hasta el final de sus días –y hasta el final de las doce novelas de la serie- por llevar the wrong overcoat en el colegio.

 

     A tal grado llega el ethos único de establecimientos como Eton –fundada en el siglo XV, y muy británicamente excéntrica a las innovaciones de Arnold- que las escuelas no sólo tienen sus propios deportes, su propio idiolecto, su propio humor, su propio uniforme y su propio catálogo de incompatibilidades, sino que marcan y distinguen a sus old boys de tal manera que, décadas después, un old etonian puede entrar en una sala y saber si algún otro ha ido a Eton sin necesidad de hablar con él. Los mismos gestos, la misma compostura, traicionan toda posible ocultación de identidad en un país donde, como observó Mayer en los años cincuenta, los niños saben captar el acento y detectar de un solo golpe de vista el origen y la educación de cada uno, o qué familia ha tenido que comprar su propio Canaletto. Por supuesto, haber jugado a Eton Fives en la adolescencia, antes de tomar ese camino natural que lleva más hacia Oxford que hacia Cambridge, es algo que une mucho. Y todavía hoy, el mínimo de más de veinticinco mil libras anuales –fuertemente aumentadas por todo género de conceptos hasta más allá de las cuarenta mil- que cuesta la escolarización en las public schools garantiza una vida de contactos en la cumbre. Ahí está acuñado desde antiguo el término old boys network para definir esa trama de conocidos de prestigio, que comparten el aire de familia generado por las instituciones endogámicas del mismo modo que los trajes de un buen sastre observan semejanzas en el corte.

 

     Si un etonian como Nick Fraser afirma que las public schools son, junto a la Corona, el bastión postrero de la tradición inglesa tras la caída del Ejército y la situación de una Iglesia de Inglaterra entre el abandono social y la gangrena interna, hace ya mucho tiempo que su alumnado parece sufrir de un exceso de autoconciencia. Al menos, desde que, en torno a 1920, Alec Waugh –hermano de Evelyn- comenzara a lamentar cómo las public schools cada vez estaban criando menos al prototipo de alumno que no tiene ningún tipo de problema interno -sentimental o psicológico- con su escuela, y que sigue siendo entusiasta de ella hasta el fin de sus días, llevando a sus hijos, viendo los deportes y participando en las revistas y las reuniones de antiguos alumnos. La propia abundancia de títulos bibliográficos -desde guías para padres ambiciosos a estudios sobre homosexualidad adolescente- que tratan sobre las public schools ya nos habla de que el orgullo del mantenimiento de instituciones tan gloriosamente anacrónicas tiene un punto de voluntad arcana. Pero este es un rasgo que hoy debe equilibrarse tanto con los signos de los tiempos como con el intenso escrutinio mediático del que son objeto estas instituciones, de modo que no pocas escuelas han buscado recauchutarse mediante la apertura de sucursales en países ricos -Dubai, Japón-, la asunción de la coeducación, la extensión del número de becas o el refuerzo de su propia ventaja competitiva con unos niveles académicos de excelencia absoluta. Sin embargo, se sigue reprochando a estas instituciones, y a su mantenimiento de continuidades tan sacras, un énfasis en la educación humanística que no se concibe en otros modelos escolares y que predispone al alumnado a la elección de cualquier exotismo filológico antes que a las ciencias experimentales. No son tantos los lugares de occidente en que los bachilleres se dedican a escandir versos de Virgilio, menos aún a copiarlos a modo de castigo.

 

     Por supuesto, la aludida evaluación por parte de los medios conlleva una variación permanente en la cotización del predicamento de las grandes escuelas. Ahí volvemos de nuevo a la aludida autoconciencia. En un reciente manual –Cooler, Faster, More Expensive– en que se trata del retorno de los sloane rangers como modelo de clase alta británica sin los apegos intelectuales del conservadurismo de los young fogeys, Rugby es definida como “para muy ricos”, la católica Ampleforth pasa a ser “Amplecash”, Bedales es “demasiado para hijos de famosos”, Eton “se cree el centro del mundo”, Sevenoaks es para europeos continentales, Marlborough resulta directamente vitanda -quizá por ser la primera en modernizarse, allá por los sesenta- y Winchester está llena de geeks sin interés alguno por las chicas. Para dar testimonio de los cambios sociales que han afectado a las public schools, los autores del mencionado libro lamentan cómo al final de curso ya no se ven Land Rovers con el perro de la finca esperando ansioso sobre la tapicería, sino que se asiste a un desfile de todoterrenos con las lunas tintadas, ostentosos juegos de picnic de Fortnum and Mason “e incluso helicópteros”. Sin duda, no es la primera vez en la historia que el dinero nuevo convive con el dinero viejo, y sabemos que el proceso suele culminar en fagocitosis. Pero no es menos cierto que el gran dinero sufraga cada vez más las public schools precisamente porque mantienen y para que mantengan su condición de piccolo mondo antico. Al fin y al cabo, las public schools no han perdido el reclamo de ser viveros del poder, y esta es condición de tanta pervivencia como sus lemas latinos, sus praderas centenarias o sus comedores neogóticos.

 

 

 

IV.

 

En el año 2005, el Parlamento británico vivió una circunstancia insólita en los últimos trescientos años: ni uno solo de sus miembros había recibido su educación en Harrow. A modo de comparación, baste pensar que, hacia los años veinte del pasado siglo, Stanley Baldwin llenó su gabinete con otros seis viejos harrovians como él. Esta decisión de Baldwin, que había buscado explícitamente que Harrow “estuviera orgullosa” del Gobierno, respondía a lo que ha sido una práctica habitual en Inglaterra: en la bildung de las grandes escuelas británicas, el aludido “sentimiento de obligación hacia el país” ha venido fructificando en lo que Raymond Aron describió como algo “típico e ideal”, el ingreso en la carrera política, con la consecución de un asiento como Miembro del Parlamento por el partido tory. Así, con diecinueve primeros ministros egresados de Eton, de Gladstone a Macmillan, la circunstancia de que la vieja Inglaterra esté gobernada por un old etonian alcanza un nivel de propiedad, normalidad y corrección equiparable al té de las cinco. O, al menos, lo alcanzaba. En el salto de décadas de Anthony Eden a David Cameron, últimos etonianos en alcanzar la jefatura del Ejecutivo británico, la hilatura íntima del conservadurismo británico ha conocido las polémicas antiliberales de la facción one nation y la purga expresamente antietoniana de los Gobiernos de Margaret Thatcher -con excepciones tan notables, eso sí, como el magnífico diarista y ex-ministro Kenneth Clark, y con la curiosidad añadida de que the lady envió a su hijo Mark a estudiar a Harrow-.  “Out go the Etonians, in come the Estonians”, dicen que dijo el viejo etoniano Harold Macmillan cuando Thatcher incluyó en su gabinete a cinco ministros de ascendencia judía.

 

     Tras largas cosechas de sequía política, los intentos de David Cameron de borrar a perpetuidad la imagen de nasty party, o partido antipático, de los tories también han supuesto otro paso hacia el abandono de la contextura tradicional del conservadurismo británico. Es el Cameron que dio desde el primer momento un giro emotivo a su discurso para reenganchar con el electorado, el Cameron que se esforzó por vestir de cualquier manera los fines de semana como táctica de aproximación a la clase media, y el Cameron, en fin, que evitó durante largo tiempo posar con su hoy ministro de Hacienda, el aristocrático –y antiguo alumno de public school– George Osborne. Si el propio preboste de Eton ha declarado que la sola mención del nombre de su escuela se asimila a lanzar una palabrota en medio de la conversación, y si otros autores afirman que simplemente interrumpe la charla, Cameron se cuidó desde el primer momento de no alienarse simpatías por esa crianza suya pija o toff. En la web del Gobierno en la Sombra, los conservadores que habían ido a public schools ocultaban toda mención a su educación preuniversitaria, en tanto que todos los demás destacaban con orgullo su asistencia a una escuela sufragada por el Estado.

 

     Posiblemente, Cameron tenía la intuición de la existencia de una realidad ya tan extendida en Inglaterra como para merecer su terminología propia: el esnobismo inverso, según el cual toda pretensión o afirmación de excelencia –intelectual, estética, formativa o biográfica- resulta de mal gusto por herir la susceptibilidad ajena y, ante todo, por atentar contra un igualitarismo particularmente alentado en las últimas décadas por el Gobierno británico. Con todo, como ya observara Orwell, “todos los intentos de nivelación social” en Inglaterra han terminado por recrudecer las diferencias infinitesimales de que consta esa misma estratificación social en Gran Bretaña. Es algo que hemos visto incluso en los artículos de prensa que afirmaban que la crianza en Eton de Cameron le daba un perfil más genuinamente inglés y aristocrático que la crianza en Winchester de un Nick Clegg que, por formación, sería acreedor de un perfil más globalizado e intelectual.

 

     En el intento cameroniano de ocultar, al menos de modo parcial, una infancia de privilegio, el partido tory nunca puso en práctica el recurso de mencionar que ese privilegio tenía como contrapunto el propio esfuerzo –indudable- de estudiar en Eton. De nuevo, era una autoconciencia culposa la que alentaba en Cameron, pues pocas adherencias aristocratizantes o tentaciones excluyentes podían quedarle al partido conservador cuando su último líder etoniano había sido –más de cuarenta años atrás- Sir Alec Douglas-Home. Aun así, tories reformistas como Oliver Letwin y Nick Boles subrayaron –incluso en conversación privada con Cameron- que un paisaje vital que incluyera Eton era un “obstáculo insalvable” para llegar a Downing Street. Supuestamente, el momento de crisis económica se prestaba con toda pertinencia a un contraataque laborista que incidiera en la condición de ricos y privilegiados de los tories de Cameron. Al final, ni siquiera un político de instintos tan tribales como Gordon Brown utilizó este recurso. Por ironías de la historia, en 2010 eran los conservadores quienes se volvían contra unas public schools que un socialista como Bernard Shaw había querido “arrasar y sembrar de sal”, en tanto que, en su día, el ascenso del laborista Tony Blair a primer ministro vino a significar el ascenso paralelo de Fettes College a la condición de Eton del Norte. Sí, son ironías de la historia, pero la ironía es de las pocas cosas que no han cambiado en Inglaterra.

 

 


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Autor: Ignacio Peyró

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Ignacio Peyró
Ignacio Peyró ha trabajado como columnista, periodista cultural y corresponsal parlamentario. Director de Ambos Mundos y Nueva Revista digital, ha escrito o coescrito una docena de libros, ha firmado crítica literaria y culinaria y ha traducido y editado a clásicos como Waugh y Auchincloss. Ahora trabaja en comunicación política, y este otoño publica en Fórcola una enciclopedia de la cultura inglesa.