“Que beba agua y no vino, porque el vino lleva al amor”

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El curioso bien podrá acercarse al Prado y observar cómo, en las Bacanales pintadas por Tiziano y Poussin, no falta el manantío de vino, quizá por obedecer a un Aristóteles que ya consideró que “el vino hace al hombre afectuoso”. Un repaso a las relaciones entre el amor y el vino "que hace al hombre afectuoso".

 

El salmista dejó dicho que el vino alegra el corazón del hombre; menos espiritual, la ciencia médica simplemente dice que es cardiosaludable: en todo caso, queda claro que las relaciones entre el alcohol y los afectos tienen caracteres fijos y perennes. El curioso bien podrá acercarse al Prado y observar cómo, en las Bacanales pintadas por Tiziano y Poussin, no falta el manantío de vino, quizá por obedecer a un Aristóteles que ya consideró que “el vino hace al hombre afectuoso”. Las leyes llegaron a tomar medidas graves: según las Doce Tablas, las mujeres empapadas de licor recibían el mismo castigo, directamente, que por adulterio. Dicha ley responde a una intuición contraria a la sabiduría popular de León de Francia –magna capital vinícola- según la cual el mejor vino para la mujer es el que bebe el hombre. “Son más dulces que el vino tus amores, y no hay olor que iguale tus olores”, afirma la amada del Cantar en la versión de Fray Luis. Para Jean-Robert Pitte, “el vino engendra la euforia, sentimiento indispensable a la aceptación de la condición humana, a la conciencia de la muerte”: bien pensado, sentimiento, reconocimiento y aprensión de finitud son también datos esenciales del amor.

 

El lujurioso Príapo fue considerado, elocuentemente, hijo de Baco, pero si el vino prepara el corazón para el amor, según escribe Ovidio, el propio poeta no dejará de puntualizar que “salvo que uno tome demasiado”. Lo mismo indicará –tantos siglos después- William Shakespeare en versos inequívocos. Sin embargo, la principal relación –por curioso que parezca- entre vino y amor a lo largo de la historia ha sido la del vino y el desamor: allá por el siglo XVII, el tratadista Jacques Ferrand, en su maravilloso De la maladie d’amour ou melancholie erotique, prescribe –siguiendo a Avicena- que el desengañado “beba agua y no vino, porque el vino lleva al amor”. Otros recomiendan dietas de lechuga, achicoria y endivias, quizá porque “Venus se complace en los estómagos llenos”, e incluso hay quien llega al extremo de recomendar el ayuno a pan y agua o los azotes. Sin embargo, nada menos que Marsilio Ficino recomienda curar el mal de amor con “borracheras ocasionales” para regenerar la sangre.

 

A la hora de proponer vinos que exciten el amor, las opiniones varían. Está la obvia elección, en el Beaujolais, de un Saint-Amour. Un Borgoña soberbio, de buena añada, daría también la parte de “amor intellectualis”, en tanto que, musculosos, alegres y potentes, los tintos del Ródano sólo pueden pecar por exceso sensual. A medio camino, está el famoso pago de Les Amoureuses, en Chambolle-Musigny, cuyo nombre se debe a la presunta capacidad de su vino para avivar la llama que todo lo consume. Pero al margen de la Champaña –pensemos en Un amour de Deutz-, el gran vino del amor es el vino dulce, y el gran vino dulce es el Sauternes: nace como un calor oculto en el invierno frío, tiene aromas de arrebato, el paladar de las frutas y la miel y –como el mismo amor- la capacidad de sobrevivir a la vida de un hombre.

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