Las sombras de la mente colmena

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Quitando a unos cuantos de ustedes, estas palabras serán leídas sólo por no-humanos: robots de agregadores y motores de búsqueda que atomizarán los significados y los convertirán en información pura y vacía, inteligible sólo para autómatas que los pondrán al servicio de propósitos ajenos a los míos. Con esta atractiva idea comienza el último libro de Jaron Lanier, Contra el rebaño digital  (su título original es You Are Not a Gadget)

Jaron Lanier es un conocido pionero de los medios digitales. En 1985, con veinticinco años, fundó la primera empresa en el mundo que vendía material para experiencias inmersivas de realidad virtual. Desde entonces ha intervenido en numerosos proyectos tecnológicos seminales -Internet2, National TeleImmersion Initiative, Second Life, Kinect…-, ha colaborado con prestigiosas universidades y ha escrito artículos y libros muy influyentes. Sin embargo, aunque pudiera parecernos el prototipo del tecnólogo doctrinario a favor de la cultura de internet, Lanier es tremendamente crítico con la Web 2.0 y la idea de considerar a la Red como un gran cerebro global, con todo ese tinglado montado en torno a la mente colmena, la inteligencia colectiva, la cultura abierta, la emergencia, la Singularidad, la noosfera…. Para él, la creencia de que internet en su conjunto está cobrando vida y convirtiéndose en una criatura sobrehumana ha mandado al olvido a los individuos, a la vez que se está convirtiendo en una fastuosa fuente de ingresos para los dueños de la Nube. Una cultura de internet basada en la agregación y la mezcolanza rápidas oculta el verdadero orígen de la creatividad individual, al presentarla en forma de fragmentos anónimos y disponibles, como caídos del cielo.

Lanier no es un ludita ni un apóstata de la tecnología o de internet. Lo que él propone es un uso distinto, una filosofía y un diseño de la Red que luche contra lo que él llama «maoismo digital», que valore sobre todo a los individuos por encima de las multitudes, más humanista, que apoye el argumento elaborado frente al fragmento urgente, que luche contra la peligrosa idea de internet como entidad con vida propia, del cerebro único, de la sabiduría única, del contexto único, de la mente global. Una mente, por otra parte, llena de lugares oscuros que no es capaz de reconocer. Cloacas que los señores de la Nube no tienen más remedio que vigilar y limpiar subcontratando a seres humanos. Hace unos días leíamos una entrevista con un antiguo subempleado de Google que pasó un año descubriendo y contemplando todo tipo de escenas insoportables alojadas en sus servidores: violaciones, bestialismo, decapitaciones, necrofilia, pornografía infantil, mutilaciones. Al parecer, los elaboradísimos y secretos algoritmos de la compañía, sus incansables y eficientes robots rastreadores, funcionan muy bien para hurgarnos y decidir lo que necesitamos, pero no sirven para detectar la colección de atrocidades que albergan en su sagrada nube a disposición de todos. Cuando el subempleado terminó su contrato, Google no se lo renovó y le aconsejó hacer terapia. El horror es cosa de hombres.