Lecciones de las Brigadas Internacionales

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Durante el año final de la Segunda Guerra Mundial, la OSS norteamericana –la precursora de la CIA– trabajaba directamente con las fuerzas partisanas para liberar el norte de Italia. Un día, en una reunión secreta entre los agentes de la OSS y la 37ª División de la infantería (la “Modena”), el acento de uno de los forasteros llamó la atención del comandante partisano. El agente no solo hablaba el italiano con una entonación británica más que norteamericana, sino que no paraba de salpicar sus oraciones con expresiones españolas. En lugar de fuoco, decía fuego; hablaba del frente en vez de fronte. En medio de la reunión, el comandante se levantó, se puso al lado del extranjero y, dándole una palmadita en el hombro, le dijo, con una gran sonrisa: “Spagna, no?”. El otro confirmó que, en efecto, había sido voluntario en las Brigadas Internacionales. Entusiasmado, el comandante italiano explicó que él había estado allí también, como parte del Battaglione Garibaldi. Cotejando expedientes, descubrieron que habían servido uno al lado del otro en la Casa del Campo. “A partir de aquel momento”, recordaría el agente de la OSS después, “las relaciones con los partisanos no supusieron problema alguno”.

Esta anécdota la narró Bernard Knox (1914-2010), un ilustre catedrático de Clásicas en las universidades de Harvard y Yale, en una conferencia pública leída en 1998 ante un público de ex brigadistas en Estados Unidos. Más de seis décadas antes, en 1937 –Knox tenía 22 años y acababa de terminar la carrera en Cambridge– su amigo John Cornford, joven poeta y bisnieto de Charles Darwin, le había convencido de que le acompañara en la lucha contra el fascismo en tierra española. Poco tiempo después de salir a combate, Knox cayó herido de gravedad. Aunque sus compañeros le dieron por muerto, sobrevivió contra todo pronóstico. (Cornford, en cambio, murió a finales del 36 en el frente de Córdoba). Una vez recuperado, Knox volvió a Gran Bretaña, se casó con una norteamericana y emigró a Estados Unidos, donde no tardó en alistarse para proseguir la batalla contra el Eje que la bala franquista había interrumpido. Así acabó en Italia.

El momento entrañable de reconocimiento y solidaridad –la inmediata conexión humana y política– entre Knox y el comandante italiano subraya tres de las conclusiones más llamativas de la apasionante historia que nos presenta Giles Tremlett en Las brigadas internacionales. Fascismo, libertad y la guerra civil española (Debate). Primero, la hazaña de los voluntarios extranjeros que se pusieron al servicio de la República española fue, ante todo, la expresión de un genuino compromiso político antifascista basado en un análisis atinado del peligro que suponía para el mundo entero la ultraderecha internacional de entonces –un análisis que los grandes poderes democráticos, desde Francia y Gran Bretaña hasta Estados Unidos, no quisieron asumir hasta años después–. Segundo, si bien solemos asociar a las Brigadas con la derrota republicana –plasmada en la bella reflexión de Albert Camus, “C’est en Espagne que ma génération a appris que l’on peut avoir raison et être vaincu, que la force peut détruire l’âme et que, parfois, le cour age n’obtient pas de récompense” (“Fue en España donde mi generación aprendió que se puede tener razón y ser derrotado, que la fuerza puede destrozar el alma y que a veces el coraje no tiene recompensa”)–, la realidad es que la guerra contra el fascismo la acabarían ganando seis años después. Y, tercero, entre muchas otras cosas las Brigadas fueron, en palabras de Tremlett, “una cantera de élites tan potente como cualquier universidad de la Costa Este de Estados Unidos, Oxford o Cambridge en Gran Bretaña o las Grandes Écoles francesas”: en los años posteriores a su paso por España, tuvieron un impacto decisivo como “luchadores de la resistencia y de los partisanos, espías, generales, jefes de policía, embajadores, políticos, ministros, presidentes de Gobierno y, sobre todo al otro lado del Telón de Acero, jerarcas comunistas”.

A primera vista puede chocar la imagen de las Brigadas –desaliñadas, improvisadas, compuestas de amateurs por antonomasia reunidos en una caótica torre de Babel– como filón de futuros líderes. Pero los hechos son claros. Knox, por ejemplo, no era el único ex brigadista que llegó a ocupar una cátedra universitaria norteamericana: en la vecina Princeton trabajaba desde 1974 el economista Albert O. Hirschman, ex miliciano y también ex agente de la OSS, además de ex catedrático en las universidades de Yale, Columbia y Harvard. (A diferencia de Knox, Hirschman nunca quiso hablar de su experiencia española; “prefirió el silencio”, escribe su biógrafo, Jeremy Adelman, “porque España fue una fuente de tristeza, de desencanto con un ideal”). Un poco más hacia el oeste, en Pittsburgh, enseñaba Robert Colodny, prestigioso historiador de la ciencia y autor de un libro sobre la batalla de Madrid.[1]

Pero donde más cuadros de élite generaron las Brigadas fue sin duda en la Europa del Este. Durante la Segunda Guerra Mundial, los cuatro ejércitos de Tito fueron comandados por veteranos de la guerra española; en la Yugoslavia comunista, unos treinta ex brigadistas ascenderían a general. (El propio Tito no llegó a viajar a España, aunque sí trabajó en la labor de reclutamiento de voluntarios yugoslavos). En la RDA (República Democrática Alemana), al menos seis veteranos de la guerra española llegaron a ser ministros de gobierno; fueron también ex brigadistas los que fundaron y dirigieron la Stasi. En la Unión Soviética de Stalin, en cambio, la experiencia española era menos una insignia de honor que motivo de suspicacias. A muchos ex brigadistas y consejeros militares que habían pasado por España –entre ellos Manfred Stern, el general Kléber, héroe de la batalla de Madrid– les esperaba a su vuelta el fusilamiento o los gulag. Y aunque las Brigadas fueron un vivero de élites, en sus papeles de liderazgo no siempre acabaron haciendo tan buenas migas como Knox y su compañero italiano. Tremlett recuenta que, en la Gran Bretaña de los años 70, el brigadista Jack Jones, cara pública del poderoso movimiento sindical, se enfrentaba a Alfred Sherman, el gurú del libre mercado que ayudó a lanzar la carrera política de Margaret Thatcher.

En Estados Unidos, los veteranos de las Brigadas Internacionales tuvieron una recepción más bien mixta. Por un lado, fueron apreciados de forma especial por el coronel William Donovan, el fundador y director de la OSS, la agencia pionera ya mencionada. Milton Wolff, el último comandante del Batallón Lincoln, no solo ayudó a Donovan en los inicios de la OSS a reclutar a ex brigadistas de origen europeo como guerrilleros antifascistas, sino que Wolff mismo se alistó en la agencia, junto con una docena de compañeros ex brigadistas nacidos en Estados Unidos, que volvieron a demostrar su valentía y compromiso antifascista en operaciones secretas durante 1943 y 1944 en Italia y el norte de África.

En las Fuerzas Armadas regulares de Estados Unidos, en cambio, el haber luchado en la guerra española era un estigma por el cual, según el historiador Peter Carroll, los ex brigadistas quedaban excluidos de ascensos y combates. “Ah, entonces fuiste un antifascista precoz”, fue la frase que dejó escapar el jefe del departamento de Clásicos de Yale ante Bernard Knox en 1946 cuando este, al volver del frente, se presentó al doctorado. El joven se quedó de piedra. “La expresión me chocó”, recordó en 1998; “Si uno no es un antifascista precoz, ¿qué tipo de antifascista se supone que uno sea? ¿Un antifascista puntual?”. Después de la guerra, muchos ex brigadistas norteamericanos acabaron fichados por el FBI y llamados a declarar ante comisiones de investigación, formas de acoso gubernamental que también se tradujeron en crónicos problemas de empleo. Fue el caso de Alvah Bessie, un brigadista que trabajaba de guionista en Hollywood y acabó en la famosa lista negra o blacklist. (Por otra parte, señala Tremlett, las sospechas del FBI no siempre estaban infundadas: el ex brigadista Morris Cohen, que trabajaba como espía soviético, filtró secretos nucleares del laboratorio de Los Álamos).

Estados Unidos y la URSS no fueron los únicos países que trataron mal a los que volvieron de España. Los antifascistas alemanes e italianos que ya eran exiliados cuando se alistaron en las Brigadas no tenían dónde ir; muchos acabarían en campos de concentración franceses y, después, en campos nazis, donde también lideraron actos de resistencia y rebelión. Holanda, por otra parte, declaró apátridas a la mayoría de los Spanjestrijders. La voluntaria Fanny Schoonheyt –la “reina de la metralleta”, cuya fascinante historia, desenterrada por Yvonne Scholten, recuenta Tremlett en detalle– tuvo que abandonar España como refugiada apátrida; acabaría exiliándose a la República Dominicana en un barco de refugiados republicanos. Aun así, después de la invasión nazi de Francia, Bélgica y Países Bajos, las y los ex brigadistas formarían la espina dorsal de la resistencia, muchas veces con consecuencias letales. “Los que sobrevivieron a España”, anota Tremlett, “en muchos casos no lo hicieron a la siguiente guerra”.

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Si la suerte de los supervivientes estuvo en gran parte determinada por su nacionalidad, lo mismo cabe decir de la forma en que su experiencia en la guerra española y después ha sido narrada por las diferentes historiografías nacionales, oficiales o no. En Europa del Este, así como en Israel, las y los brigadistas eran considerados héroes antifascistas. En Occidente, en cambio, durante la Guerra Fría eran retratados por la derecha como los tontos útiles de Stalin, al mismo tiempo que en ambientes izquierdistas alcanzaron un estatus mítico. (Ambos fenómenos han servido para dificultar la compilación de listas fidedignas de brigadistas: si algunos adoptaban nombres falsos o escondían su genuino pasado como brigadista para evitar las represalias y la discriminación, no era raro que otros se inventaran uno falso para ligar en círculos progresistas).

Esta diversidad de narrativas, además de su extrema politización, suponen un reto tremendo para cualquiera que pretenda escribir la historia de las Brigadas. Para complicar las cosas más, también las fuentes documentales están dispersas por el mundo entero. Para este libro, Tremlett llegó a consultar unos 20 archivos en siete países. Eso sí, tuvo la suerte de que, a estas alturas, casi todos los expedientes personales del archivo de la Comintern en el RGASPI de Moscú –además de miles de informes oficiales y no oficiales– están digitalizados y disponibles en internet, mientras que numerosas organizaciones de memoria histórica nacionales han compilado bases de datos o diccionarios biográficos casi exhaustivos. Aun así, la mera labor recopiladora de Tremlett ha sido hercúlea.

El reto siguiente, por supuesto, es verter todos esos datos en un relato coherente y ameno. Allí también Tremlett luce sus dotes de avezado periodista. Sin dejarse lastrar por el peso de su ingente documentación, narra la historia de las Brigadas Internacionales con gran dinamismo y a ras de suelo. En 52 capítulos relativamente breves, enfoca en las peripecias de un número limitado de individuos de países varios, sin privilegiar –como lo han solido hacer otros historiadores anglófonos– a los voluntarios de Gran Bretaña y Estados Unidos.[2]

Además de estas líneas narrativas individuales presentadas en modo close-up, Tremlett también dedica muchas páginas a relatar el transcurso de la guerra propiamente dicha, describiendo ataques y defensas, emboscadas y batallas campales, errores y éxitos tácticos y estratégicos. Cubre la guerra desde las primeras milicias de voluntarios extranjeros –que incluían a atletas que habían venido a Barcelona para participar en la Olimpiada Popular– hasta las caóticas retiradas de marzo y abril de 1938, la batalla del Ebro y, finalmente, las caídas de Barcelona y Madrid. También describe en detalle la formación de las Brigadas –concebidas en agosto de 1936 y propuestas en octubre a Francisco Largo Caballero, por Luigi Longo, Pierre Rebière y Stephan Wisnieski, agentes de la Komintern, gracias a la gestión de Vittorio Vidali (Carlos Contreras)– así como su difícil y deficiente organización, desde el cuartel general en Albacete, donde reinaba el francés André Marty –colérico, misógino y algo paranoico, sí, pero menos cruel de lo que sugería su apodo, el Carnicero de Albacete, popularizado durante la Guerra Fría por historiadores anticomunistas–. En Albacete también se había colado algún que otro agente del enemigo, como Henri Dupré, un fascista francés que como encargado de intendencia pudo hacer mucho daño.

Si la destreza narrativa de Tremlett es admirable, también lo es el tono. Es más, quizá la mayor virtud de su libro sea que logra romper con la tendencia, poderosamente dominante en toda la historiografía de las Brigadas Internacionales, de moralizar el relato de los voluntarios antifascistas, sea en un sentido negativo (demonización) o positivo (mitificación). Y lo logra con una aproximación no fríamente objetiva sino más bien humana: escribe desde el respeto a las circunstancias y la trayectoria de cada uno de los individuos que retrata, y desde la comprensión básica de que no cabe juzgar a las personas del pasado que además se encuentran en una situación de guerra con las pautas morales de la paz y del presente.

Ambas tendencias moralizantes también han dominado en la memoria colectiva de las Brigadas en España. El franquismo las pintó desde el comienzo como un ejército de agentes extranjeros, vanguardia de un comunismo mundial empeñado en destruir España, individuos degenerados, pero no por ello menos peligrosos. Cuenta Tremlett cómo el doctor Antonio Vallejo-Nájera –jefe de los Servicios Psiquiátricos Militares, que llegó a conducir experimentos con docenas de brigadistas presos en el campo de concentración San Pedro de Cardeña– vio confirmadas en estos “peligrosos enemigos de la civilización occidental” sus teorías sobre el progresismo como enfermedad mental. (“Los marxistas aspiran al comunismo y a la igualdad de clases a causa de su inferioridad, de la que seguramente tienen conciencia. Y por ello se consideran incapaces de prosperar mediante el trabajo y el esfuerzo personal. Si se quiere la igualdad de clases no es por el afán de superarse, sino de que desciendan a su nivel aquellos que poseen un puesto social destacado, sea adquirido o heredado”). En 1939, el Comité de Información y Actuación Social franquista publicó un panfleto de 80 páginas, Las Brigadas Internacionales según testimonio de sus artífices –ilustrado con material visual, probablemente incautado, del mismo servicio de propaganda de las Brigadas, incluida alguna imagen de Robert Capa– en el que la misma diversidad étnica de los voluntarios que para la izquierda había sido fuente de orgullo, para el franquismo se convierte en motivo de escarnio. (El pie de una foto de tres voluntarios, dos blancos y uno afroamericano, reza: “Dignamente encuadrado, el voluntario negro halló su nivel en medio de la oficialidad roja”). A finales de los años 40, la Oficina de Información del gobierno español sacó un libro en inglés sobre las Brigadas que repetía los mismos tópicos. Eso sí, concluía advirtiendo al lector de que las Brigadas aún existían: sus sobrevivientes se encontraban “dispersos por varios países en Europa con ramas y ramificaciones por América y Asia, todos preparados para entrar en guerra al momento”.

Las tendencias demonizantes o mitificadoras, además de la dispersión geográfica de la documentación, sirvieron para ofuscar datos básicos que Tremlett establece con claridad y contundencia. Así, por ejemplo, concluye que el número de voluntarios no españoles que lucharon en las Brigadas Internacionales rondó los 35.000, de más de 80 países diferentes (tomando como referencia el mapamundi actual); unos 5.000 extranjeros más lucharon por la República en otras unidades, entre ellas las milicias. (Los rebeldes, por su parte, contaban con unos 19.000 soldados alemanes y unos 76.000 italianos). “Los voluntarios”, escribe, “eran una mezcla de jóvenes fervientes y radicalizados, tipos duros urbanos, obreros de fábricas y mineros, aventureros y gente que no tenía nada mejor que hacer. También eran, en una cantidad desproporcionada, exiliados y migrantes (o hijos de migrantes). La mayoría eran entusiastas izquierdistas. Juntos formaban un ejército de devotos y desplazados”.

El número total de soldados internacionales que acabaron desertando de las filas republicanas, afirma Tremlett, no pasa mucho más de mil. Unos 7.000 –un veinte por ciento– murieron en tierra española; menos de la mitad salieron de España incólumes. Frente a los historiadores que han mantenido que las Brigadas fueron en todo momento controladas por la Internacional Comunista –es decir, por el Kremlin– Tremlett demuestra que, aunque la iniciativa para su creación nació en los círculos de la Komintern –y, en el curso de la guerra, pasaron unos 2.100 representantes soviéticos por España– una vez constituidas quien controlaba las Brigadas era claramente el mando militar republicano; “a efectos de esta guerra, incluso los brigadistas comunistas eran, ante todo, antifascistas del Frente Popular y soldados del ejército republicano español”. Así también afirma que, “Aunque las purgas de Stalin fueran un telón de fondo político aterrador, su incidencia en las Brigadas Internacionales fue escasa”. Y explica que, mientras avanzaba la guerra, las XI, XII, XIII, XIV y XV Brigadas eran cada vez menos “internacionales” en el sentido de que era cada vez mayor la proporción de soldados españoles (que también eran cada vez más jóvenes).

Tremlett no escabulle algunos de los temas más espinosos en la historia de las Brigadas Internacionales, como el papel de la disciplina militar y los castigos que recibían los desertores o los acusados de cobardía o traición –aspectos de la experiencia de los voluntarios que, durante la Guerra Fría, fueron abanderados por historiadores conservadores e incluso llegaron a ser objeto de investigación del Comité de Actividades Antiamericanas de la Cámara de Representantes de Estados Unidos–. Sus conclusiones son claras. Aunque hubo casos de maltrato, abuso y crueldad hacia brigadistas indisciplinados –en particular, en la cárcel alojada en el antiguo castillo de Castelldefels en el Baix Llobregat– en términos generales la disciplina militar que regía a los integrantes de las Brigadas Internacionales era la misma que se aplicaba en el resto de las filas republicanas. Es más, si “las normas básicas las marcaba el Gobierno y se aplicaban a todos los soldados, voluntarios o no”, en la práctica “los castigos reales que se aplicaban en las Brigadas Internacionales no acostumbraban a ser severos”. La paradoja que subyace a esta parte del relato es que los voluntarios de las Brigadas solo lo eran en el momento de alistarse. Una vez incorporados –escribe Tremlett– no tardaron en comprender que el “ejército en el que se habían alistado era como cualquier otro”. Por tanto, las acciones disciplinarias a las que fueran sometidos no cabe atribuirlas “a los jefes de las Brigadas Internacionales o de la Comintern, sino al Gobierno republicano español, a cuyo servicio estaban”.

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Paradójicas son también las impresiones con las que nos dejan estas más de 700 páginas. Por un lado, no deja de chocar el nivel de caos y desorganización que marcaron el entrenamiento (es un decir) de las Brigadas Internacionales y prácticamente todas las operaciones militares en que se vieron involucradas. Fueron muchas –pero muchas– las vidas perdidas innecesariamente. Por otro, esta historia contiene episodios de inteligencia, valentía y perseverancia extraordinarias, en los que la actuación de los voluntarios internacionales y sus compañeros españoles en las cinco Brigadas Internacionales se acercaba a la imagen que pintaba de ellas la propaganda republicana. Más de ochenta años después, todavía impresiona la fuerza simbólica de esos 35.000 momentos de decisión en los que estos hombres y mujeres del mundo entero decidieron que la suerte de la Segunda República pesaba más que su propia seguridad. Esa fuerza simbólica la comprendieron bien las autoridades republicanas. Si el 17 de octubre de 1936, Largo Caballero había aceptado la propuesta de Longo y los suyos a regañadientes, exactamente dos años después su sucesor, Juan Negrín, se desplazaba hacia Les Masies, en Catalunya, para agradecer personalmente a los miles de brigadistas sobrevivientes, después de haber decidido prescindir públicamente de sus servicios en un intento (fracasado) por convencer a Hitler y Mussolini a retirar a sus soldados de España también y por fin obedecer al pacto de no intervención que llevaban más de dos años desatendiendo con descaro.

Once días después, el viernes 28 de octubre, los voluntarios extranjeros desfilaron por las calles Barcelona, vitoreados por la multitud. Fue allí donde Dolores Ibárruri pronunció su famoso discurso de despedida –que Tremlett, con atino cinemático, reproduce íntegro– expresando la “eterna gratitud” de España a los “héroes de las Brigadas Internacionales”. “Sois la historia” –dijo La Pasionaria–, “sois la leyenda, sois el ejemplo heroico de la solidaridad y de la universalidad de la democracia, frente al espíritu vil y acomodaticio de los que interpretan los principios democráticos mirando hacia las cajas de caudales o hacia las acciones industriales que quieren salvar de todo riesgo”.

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En varias entrevistas, Tremlett ha dicho que, al redactar su libro, ha querido transportar a sus lectores a las trincheras y hacerles sentir cómo era estar allí luchando como brigadista. Ese objetivo lo logra con creces. Lo que le cuesta más es hacernos comprender qué movía a los brigadistas más allá de su “ideología” en un sentido superficial –entendida, por ejemplo, como una lealtad férrea a unas líneas partidistas. Es verdad que comparte algunos testimonios poderosos, como la carta inédita que Piet Akkerman, un joven judío flamenco de ascendencia polaca, le escribe a su madre después de hacer decidido acompañar a su hermano en la lucha contra el fascismo, y en la que explica cómo, para él, se entrelazan el antisemitismo y la opresión de las clases obreras. Pero en términos más amplios, quizá le falte al relato de Tremlett una explicación más amplia sobre las experiencias que, entre 1914 y 1936, moldearon la visión del mundo de millones de mujeres y hombres que, después de haber luchado duramente –y haberse sacrificado– por una ampliación de sus derechos y por su dignidad, veían con temor e indignación el auge de ideologías y movimientos reaccionarios empeñados en quitarles esos derechos y aplastar esa dignidad. Como escribía la historiadora Helen Graham en su reseña del libro de Tremlett, lo que estaba en juego “era mucho más que… la ideología política en un sentido estrecho: de lo que se trataba era de hacer posible una vida que valiera la pena vivir”. El hecho de que Tremlett presente a los brigadistas más ideologizados como “devotos” de su causa política tiende a reducir esa experiencia a dos dimensiones.

Antes decía que los relatos historiográficos sobre las Brigadas Internacionales han tendido al moralismo. Esto también ha significado que sus historiadores se han empeñado en sacar lecciones –positivas o negativas– de la experiencia colectiva de los voluntarios. Pero la verdad es que ese empeño didáctico puede llevar a un malentendido sobre nuestra relación con el pasado y los seres humanos a los que les tocó vivirlo y darle forma. Como ha dicho la escritora Noelia Adánez, si nos aproximamos al pasado desde la ideología del progreso –según el cual nosotros siempre seremos mejores que nuestros antepasados, condenados al atraso– nuestra comprensión de ese pasado estará limitada por “una normatividad histórica que no corresponde”. Si, por otra parte, cedemos ante la tentación de interpretar el pasado con los ojos del presente, asimilándolo a –y juzgándolo con– nuestra pautas políticas y morales contemporáneas, perdemos de vista lo que el pasado tiene de extraño. Como afirma Adánez, nos toca entablar un diálogo con el pasado, desde luego, pero desde el extrañamiento. Para el historiador Pablo Sánchez León, el no haber sabido adoptar esta actitud dialogante ha sido uno de los mayores fracasos de la historiografía “objetiva” de la Guerra Civil Española desde los años de la Transición. “El pasado”, dijo Sánchez León hace poco en una conversación con Alba Solà Garcia, “es un enorme repositorio de experiencia humana disponible para contrastar la manera en que se han abordado muy distintos asuntos con la forma en que lo hacemos en el presente”. Pensar históricamente, por tanto, implica

“abandonar el supuesto de la historia como progreso, la pretensión de seguir pensando que el presente de hecho ha superado las querellas del pasado. Pero no implica en cambio narrar el pasado desde los lugares comunes y con las herramientas analíticas del presente; todo lo contrario. Si hay algo a lo que obliga pensar históricamente es a no colonizar el pasado con las categorías convencionales del presente”.

En otras palabras, la fuerza didáctica del relato de las y los brigadistas reside menos en su ejemplaridad –no tiene sentido querer emularles; nuestro mundo no es el suyo– que en aquellos aspectos de su experiencia que hoy nos resultan difíciles o imposibles de imaginar.

Una o dos veces al año comparto con mis estudiantes norteamericanos un fajo de cartas que el brigadista Paul MacEachron envió a Betty Levine, su novia y compañera en las Juventudes Comunistas de Estados Unidos. Ambos estudiaban en la misma universidad donde enseño; Paul fue capturado por los nacionales en la batalla de Belchite y fusilado en abril de 1938. A mis estudiantes, leer las notas manuscritas por una persona de su edad, que dejó este campus hace ocho décadas para luchar en España, causa mucha impresión. Pero, ante todo, mis estudiantes acaban extrañados. En una de sus cartas, por ejemplo, Paul se entusiasma con los fusiles antitanque que ha aprendido a manejar en la guerra española y observa casualmente: “Cuando llegue la hora en que los trabajadores de Estados Unidos luchen por sus derechos, tendremos que tener algunos de estos fusiles a mano”. El pasaje refleja un idealismo y una visión de la política que a mis estudiantes –muchos de los cuales no dudarían en identificarse como activistas– les son tan ajenos que les descoloca. Es en ese descoloque, precisamente, que se produce el aprendizaje.

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Enfrentados como estamos con el auge de nuevas extremas derechas, la historia de las Brigadas Internacionales ha vuelto a cobrar interés. Cuando entrevisté a Tremlett hace poco más de un año, le pregunté si consideraba que su relato encerraba alguna lección política o moral. “La lección que yo sacaría”, me dijo, “es esta: frente a las tempestades de la política y de la historia, es valioso aferrarse a una certeza moral. El principio del antifascismo, del que las Brigadas son solo una parte, es un buen ejemplo de una certeza así (…). Si los brigadistas fueron heroicos lo fueron en el sentido de que se plantaron y arriesgaron sus vidas por el principio del antifascismo”.

En su libro, sin embargo, Tremlett expresa el temor de que no es una lección que vaya a colar con demasiada facilidad entre su público lector español:

“La Guerra Civil [Española]… no fue solo la primera gran victoria del fascismo, al que dio alas, sino también la más duradera. Ese triunfo, y la política de apaciguamiento de las democracias occidentales que comenzó en España, envalentonó a Hitler y lo animó a extender sus guerras y poner en marcha el Holocausto. Cualquiera que luchara contra Franco, pues, también estaba luchando contra eso (…). Hoy en día, y visto en perspectiva, a pocos de los habitantes de las democracias occidentales les costaría un gran esfuerzo decidir a quién apoyar. Una de las tragedias de la España contemporánea es que esto no lo vean claro todos los españoles”.

Vistas las actitudes de un centro-derecha español, que se empeña en quitarle placas a Largo Caballero o en distinguir enfáticamente entre antifascismo y democracia, el temor de Tremlett no carece de fundamento.

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Giles Tremlett, Las brigadas internacionales. Fascismo, libertad y la guerra civil española. Madrid: Debate, 2020. 728 páginas.

[1] Otros brigadistas que llegaron a la prominencia como profesores e investigadores en Estados Unidos son Clifton Amsbury, John Murra y Elman Service, antropólogos, y Clement Markert, biólogo. También entre hijos de brigadistas norteamericanos hay prominentes investigadores, como Richard Sennett (cuyo tío y padre fueron brigadistas) y el recién fallecido David Graeber.

[2] En contadas ocasiones, el dinamismo narrativo le tienta a Tremlett a presentar como hechos lo que no son más que suposiciones. Así, por ejemplo, afirma de paso que la famosa foto de Robert Capa de un miliciano en trance de muerte fue puesta en escena cuando en realidad es una cuestión que está aún sin zanjar. Más seria es la acusación que lanza contra Frank Ryan, luchador por la independencia de Irlanda. Como prisionero de guerra, fue sacado por los alemanes del campo de concentración franquista de San Pedro de Cardeña y llevado a Berlín. Escribe Tremlett: “Allí, según parece, Ryan trabajó con otros republicanos irlandeses que pensaban que la guerra era una oportunidad única para lograr la reunificación de Irlanda, especialmente si Hitler invadía Gran Bretaña. Así fue como el mismo ardiente antifascista que había convencido a la XV Brigada de que volviera a la lucha en el Jarama acabó colaborando con los nazis, anteponiendo el nacionalismo irlandés a cualquier otra consideración y renunciando a que lo considerasen un socialista”. La verdad es que esta versión de los hechos está todavía bajo disputa, como ha explicado Manus O’Riordan.

 

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2 COMENTARIOS

  1. Distinguir entre antifascismo y democracia es una obligación moral para que no nos den liebre por gato. Si bien todos los demócratas son ( a la fuerza tienen que serlo si no pervertimos los conceptos), no todos los antifascistas son demócratas. La mayor prueba de ello la tenemos en la guerra civil española, donde la mayor parte de los antifascistas no eran demócratas. Véase el partido comunista, instrumento del estalinismo en aquellos tiempos, el socialismo largocaballerista, los anarquistas y un largo etcétera. En resumen, casi todo el espectro del bando republicano.
    Que los militares que se sublevaron sean los mayores responsables de la gran tragedia de la guerra (in)civil española no convierte a quienes se opusieron a ellos en demócratas por arte de birlibirloque. Y sería bueno que la izquierda reconociera también el grave error de la revolución de 1934 en Asturias, atentado gravísimo contra el régimen republicano que algunos todavía pretenden justificar, como otros justifican la sublevación de 1936.
    Por tanto, todo énfasis que se ponga en la distinción entre antifascismo y democracia me parece poco. La verdad es la verdad, dígala Agamenón o su porquero…

  2. Quería decir “si bien todos los demócratas son antifascistas, no todos los antifascistas son demócratas”. La frase quedó incompleta.

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