Una extremeña en Trumplandia

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La corresponsalía extranjera es una forma de periodismo bastante peculiar. Escribir sobre un país para la prensa de otro –mediar entre discursos, idiomas y culturas– exige un equilibrio precario. Por un lado, la corresponsal debe comprender y sentir su entorno desde dentro, en todos sus matices. Por otro, no puede integrarse tanto en el lugar que deja de percibirlo desde la otredad cultural y lingüístico de su público lector. Por algo los periódicos no suelen dejar que sus corresponsales pasen más de cierto tiempo en el mismo paraje antes de trasladarlos.

Este difícil equilibrio entre familiaridad y extrañeza lo viene alcanzando ya desde hace varios años Azahara Palomeque. La poeta extremeña (Badajoz, 1986) lleva nueve años en Estados Unidos, país sobre el cual reporta en medios españoles como Contexto y La Marea. En su último libro, Año 9. Crónicas catastróficas en la era Trump (Ril), presenta una serie de reportajes que no por periodísticos dejan de ser poéticos y personales. En 18 breves capítulos repasa, una por una, las disfunciones que sufre este país, la mayoría de cuyos políticos y ciudadanos –por motivos cada vez más difíciles de explicar– siguen considerándolo como el mejor del mundo.

Este es un libro sobre el destierro escrito desde el destierro. En la geografía emocional de la autora, Estados Unidos nunca ha sido tierra prometida. No habría emigrado si no fuese por la crisis y la oportunidad de realizar un doctorado de letras en la Universidad de Princeton; y no es casual que dedicara su tesis doctoral, precisamente, a la literatura del exilio republicano español. El punto de partida en Año 9 es la tensión entre su yo, su entorno –al que no acaba de acostumbrarse del todo– y la ausencia de todo lo que siente como propio: el hogar, el idioma materno, la comida, las costumbres.

Esta ausencia continua de lo familiar acaba por producir un efecto alienante. “Llevo más de un año sin hablar español”, escribe en el primer capítulo, “quitando el ratito de los domingos, cuando con una media sonrisa abro el ordenador y me digo ‘hoy es el día de mamá’”. Conversando con su madre, la autora se avergüenza de que su castellano se haya ido agringando: “no se le escapa en ningún momento la lengua híbrida que voy soltando, hecha de aproximaciones inexactas a expresiones de cada día”.

Estados Unidos es el país migratorio por excelencia, pero esto no significa que los inmigrantes se sientan bienvenidos. Al cabo de nueve años, Palomeque sigue sabiéndose y sintiéndose extranjera. Y si, por un momento, se le olvidara, no falta quien se lo recuerde. “Como una pesadilla kafkiana”, escribe, “se te puede someter a la humillación más gratuita, a distintos tipos de discriminación motivados por el tono de piel, por un acento”. No ayuda que la identidad de la autora no se ajusta a los burdos esquemas clasificatorios de la cultura y la burocracia norteamericanas: como española es formalmente hispana, aunque no exactamente latina, al mismo tiempo que muchos la leen –por nombre y fisonomía– como árabe. Tratada como otra, acaba sintiéndose tal: “La seguridad que proviene de saberse parte de un colectivo que te acepta y respeta, de pleno derecho, ha ido, progresivamente, diluyéndose en esta nueva naturaleza, que tanto modifica la personalidad de uno”.

No hay nada como pasar por los procesos burocráticos de los permisos de residencia para darse cuenta de que Estados Unidos, en muchos sentidos, se parece más a un país en vías de desarrollo que a la sociedad avanzada que se ufana de ser. El examen médico, obligatorio para la codiciada “tarjeta verde”, se produce en “una consulta roñosa, ubicada en mitad de varios establecimientos de comida rápida y que más parecía una barraca que el habitáculo pulcro e higienizado que se espera de donde se administra, gestiona y mejora la salud de las personas”.

Al otro extremo de la experiencia norteamericana de la autora se encuentra el espacio enrarecido que es la universidad de élites –Princeton, en este caso–, donde la opulencia de las instalaciones y la generosidad de los recursos académicos contrastan con la pobreza emocional de muchos de sus usuarios. Entre los estudiantes con que Palomeque se encuentra en sus clases hay muchos jóvenes privilegiadísimos que, criados bajo una presión constante, exhiben neurosis paralizantes y tienden a verse discapacitados a la hora de entablar cualquier relación humana. Resulta insoportable, además, la contradicción entre el elitismo de la institución y el progresismo profesado por sus integrantes intelectuales. Si los años de Princeton “fueron los peores”, no fue por el “ambiente hostil, de excesiva competitividad” sino por “el excedente de herramientas intelectuales y pensamiento crítico que, si se traslada de los libros al mundo, te devuelve la farsa… de la que participan todos aquellos que predican la justicia social, la igualdad, el marxismo o la ética en sus publicaciones”.

Esa misma combinación de hipocresía y escasez la constata la autora en todo lo que es lo público o debería serlo. Estados Unidos –observa– apenas cuenta con espacios físicos que permitan compartir experiencias; y es francamente vergonzosa –al menos para ojos europeos– la incomprensible carestía de servicios públicos a todos los niveles: transporte, sanidad, educación, cuidados. Dada la debilidad o ausencia de cualquier red de protección, predomina en estas páginas la inseguridad y el miedo. En un país donde muchos ciudadanos insisten en hacer valer su derecho constitucional al arma de fuego, escribe, “uno aprende a convivir con el derecho a morir caprichosamente” a manos de algún loco con rifle semiautomático.

Si algo se echa de menos en estas crónicas desencantadas es un reconocimiento de que la sociedad civil norteamericana, a pesar de todo, es una de las más fuertes y resistentes del mundo occidental. Sin negar la pobreza de lo público, también es verdad que este país cuenta con tejidos asociativos y activistas –desde la Unión Americana de Derechos Civiles (ACLU), plenamente profesionalizada, hasta organizaciones locales y vecinales que existen gracias al voluntariado– movidos por una fe genuina en el poder de las y los ciudadanos de “hacer una diferencia”, para usar la expresión nativa que, por cutre e ingenua que pueda parecer, no deja de ser para muchos una fuente de inspiración política. Así también siguen teniendo peso instituciones mediáticas que son clave para el debate público y que casan los principios cívicos –el debate razonado, la libertad de expresión– con poderosas deontologías convertidas en hábito profesional: un amplio abanico de diarios y revistas, algunas de mucho abolengo y otras recién nacidas, desde las cuales se libra la batalla por la supervivencia de esta democracia en peligro de muerte.

Año 9, que Palomeque terminó de escribir hace dos años –en un mundo prepandémico– es un libro indispensable para entender la actualidad de lo que sigue siendo el país más poderoso del mundo en lo que respecta a la influencia cultural y política que ejerce. Estas crónicas implacables permiten comprender muchas cosas, desde los estragos que ha venido causando la COVID por toda la nación al apoyo que sigue disfrutando entre muchos ciudadanos –inexplicablemente– el ocupante actual de la Casa Blanca.

 

Año 9. Crónicas catastróficas en la era Trump (RIL Editores, 2020).

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