Los árboles que no dejan ver el bosque

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Mario Draghi habla y la prima baja. Vuelve a hablar y la prima sube. Se perpetúa así el cilclo cansino que se repite en Europa desde hace cuatro años. España aspira ya apenas a que el rescante no sea «total» (suena a «solución final»), Grecia se da por perdida -por prescindible-, y Alemania sigue incólume y ortodoxa, como si nada hubiera aprendido de la bélica historia europea del siglo XX, e impone, como le escuché a alguien estos días atrás, una especie de Tratado de Versalles al revés a sus vecinos sureños.

 

Con ‘agostitud’ y alevosía van levantando los restos de aquello que se dio en llamar Estado de bienestar, que a España le llegó tarde pero le llegó (ahí está el solvente sistema de salud pública español) y del que la generación de mis padres se enorgulleció con motivo. ¿Dónde están los jóvenes, adultos, ancianos que tomaron las plazas aquel mes de mayo? No se les escucha, pero no están quietos.

 

Por las dudas, para que esas píldoras de lucidez no se contagien, el Gobierno conservador nos va amputando el parco derecho a la información que nos habían concedido. Era previsible, y llegó: los hombres de Urdaci, símbolo de la manipulación informativa en los tiempos más oscuros de la televisión pública -los de la era Aznar-, vuelven a RTVE. Se libraron ya de esas voces insumisas que confluyeron en los mejores momentos del ente público: Toni Garrido, Ana Pastor o Alicia G. Montano. Han destruido de un plumazo el encomiable trabajo de Fran Llorente. Un paso más hacia la desinformación y el miedo paralizante. Como cuando Rajoy anuncia, sin atreverse todavía pero alimentando el miedo con amenazas, que penalizará la convocatoria de manifestaciones ‘ilegales’ a través de las redes sociales. Era cuestión de tiempo que los ministros de la desinformación comenzasen a cercenar ese espacio de libertad que es Internet.

 

En medio de la histeria colectiva de la tragicomedia grecolatina, los árboles no nos dejan ver el bosque. Apremiados por la urgencia social que imponen los recortes, no vemos -nunca vimos- las noticias importantes que se dejan ver en alguna esquina del periódico. Que Groenlandia se deshiela sin remedio. Que el Sahel se muere de hambre. Que el negocio de las armas va bien. Que con nuestro consumo apoyamos todas las indecencias que el capitalismo impone en cada etapa de la cadena de producción: el expolio irresponsable de los recursos, el trabajo esclavo, los vertederos irresponsables, la contaminación de los cultivos y tantos otros etcéteras que deberían llenar las portadas de unos periódicos que sólo saben hablar de Mario Dragui y Ángela Merkel; los protagonistas de esta falsa crisis económica que siempre fue una decisión política. Una ofensiva oportunista del neoliberalismo feroz, que siempre se impuso mediante la fuerza y el caos.

 

Tal vez sea cierto, después de todo, que cuanto peor, mejor. Sobrepasada por el absurdo antimoral y autodestructivo de este sistema de locos, me digo que deberíamos ser realistas y pedir lo imposible

Nací en Extremadura, pero soy -también- madrileña. Periodista por vocación y convicción, llegué a América Latina en 2008, a esa ciudad caótica y fascinante que es São Paulo. Después de unos años entre samba y tango, me establecí en Buenos Aires, desde donde trabajo como 'freelance' y colaboro para medios como El Mundo y Le Monde Diplomatique. Aunque, cada vez más, apuesto por los proyectos independientes: la revista Números Rojos, la web Carro de Combate -dedicada al consumo responsable y la denuncia del trabajo esclavo- y, por supuesto, este Fronterad.   Afincada por fin en Buenos Aires, una ciudad que me cautivó desde mucho antes de visitarla, cuando se me mostraba desde las páginas de Julio Cortázar, sigo descubriendo este continente diverso y complejo, este continente con las venas abiertas que, sin embargo -o por eso mismo-, tiene tanto que enseñarle al mundo.