Los caracoles no tienen regazo

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Una colega gaditana comentó en los últimos días a través de Facebook que acababa de realizar su vigésimo primera mudanza. La acompaña su gata, como con miedo a quedarse en alguna por el camino. Al disipar sus temores, no tarda en apropiarse de algún rincón de la casa. También esta semana escuchaba a un santiagués hablar con su hermana.

 

 

Una colega gaditana comentó en los últimos días a través de Facebook que acababa de realizar su vigésimo primera mudanza. La acompaña su gata, como con miedo a quedarse en alguna por el camino. Al disipar sus temores, no tarda en apropiarse de algún rincón de la casa. También esta semana escuchaba a un santiagués hablar con su hermana. Ya en la treintena –al menos él– contaban sus correrías en la mesa de un bar: se habían colado en el piso en el que gozaron su infancia. Habían atravesado el portal e incluso habían subido hasta el rellano. Lo narraban adrenalínicos, como si en realidad hubieran allanado algo que no les pertenece y que sin embargo continúa siendo suyo. Al caracol no le suceden situaciones como estas. Los caracoles gallegos tienen la concha –la casa– más blanda que los de otras regiones españolas. Y eso les resta atractivo para los comensales, oí en un reportaje en este mismo tiempo. ¿Es un ejemplar o sólo el vestigio de su lento deambular? Los caracoles tampoco tienen regazo. Y eso sí me apena. Todos necesitamos uno.