Los trenes de Siberia

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Cuando David Learn vino a buscar los Urales en Soria a principios de la década de los sesenta para rodar su película Doctor Zivago existían en esta provincia más del doble de los ferrocarriles que existen ahora. Bueno, en realidad no es que hubieran muchas líneas de ferrocarril en Soria, pero es que ahora sólo queda una: la que une la capital con Madrid, empalmando con la que viene por el Valle de Jalón desde Zaragoza. Es una línea con poco tráfico, bueno, en realidad más que poco es el mínimo, tres regionales al día, lo justo para decir que se mantiene el servicio de ferrocarril. Hasta hace relativamente poco, esta línea no terminaba en Soria, sino que continuaba hasta el valle del Ebro, cruzando toda la provincia de Sur a Norte, y por ella pasaba el Talgo que hacía la ruta Pamplona-Madrid. Yo mismo he viajado en ese tren, subiendo desde Castejón, en Navarra, y cruzando bajo el Puerto del Madero, a más de mil metros y con unas vistas impresionantes del Moncayo, para luego llegar a Soria ciudad después de cruzar el Duero justo al lado de la Ermita de San Saturio y a un tiro de piedra del Monte de las Ánimas.

 

Si alguien quiere tomar este Talgo hoy en día, tiene que viajar desde Pamplona hasta Zaragoza y luego subir hasta Medinaceli. Y muy cerca de allí, en la estación de Torralba, que es el punto más alto de la línea, superando los mil metros y a la entrada del largo túnel que cruza la Sierra Ministra , verá el empalme con la vieja ruta que bajaba directa desde Soria. Lo curioso es que si ahora el Talgo hace muchos más kilómetros, si tiene que hacer un larguísimo rodeo hasta Zaragoza, no por eso tarde más tiempo en llegar a Madrid. Ni tampoco ha perdido a muchos pasajeros. Es lo que tiene Soria, atravesarla te ahorra kilómetros pero la orografía es tan mala y la provincia está tan despoblada que alguien en un despacho de la capital pensó que no había ningún problema en dejar a Ólveja y a Ágreda sin tren. Eso por poner un ejemplo de lo que ha pasado aquí, que es lo que ha pasado en medio país. ¡Ah! Una cosa que tengo que decir… Y eso se supone que es bueno… Por lo menos no quitaron los railes. Los dejaron por si algún día reabrían la línea. Sí, pero no nos hagamos ilusiones. Sólo para el servicio de mercancías. Que los pasajeros cojan el coche o el autobús, como en todas los demás casos, como cada vez que se cierra un línea. Lo cual me recuerda una curiosa historia…

 

Erase una vez un pequeño tren que tenía el afecto de sus pasajeros. Un día la autoridad competente decidió suprimir ese trenecito. Los pasajeros protestaron. Pero les dijeron que no tenía sentido su protesta, ya que disponían de un servicio de autobús. Y era cierto, ese servicio ya existía, aunque los pasajeros del tren preferían el tren, porque era más barato. Los pasajeros se resignaron a perder el tren con la promesa, a cambio, de que el servicio de autobús no iba a subir de precio. Pues bien, ¿sabéis qué paso? Pues el billete de autobús no subió de precio, pero se suprimieron los bonos, que rebajaban los billetes si se compraban conjuntamente, con lo cual en la práctica el servicio de autobús sí subió de precio. Y fin de la historia. Hay una enseñanza en esto, claro está, la falta de competencia perjudica al cliente. Porque si sólo hay una opción, el autobús en este caso, o lo tomas o lo dejas, pero no puedes hacer nada, quejarse es inútil. Por si tenéis curiosidad esto lo cuenta Juanjo Olaizola Elordi en su libro sobre el Ferrocarril Vasco Navarro, uno de los  trenes de vía estrecha que fueron suprimidos en los años sesenta. En otros lados los vecinos fueron engañados de otra manera, como cuando a los habitantes de Oliva, en la línea Carcaixent-Denia, se les dijo que quitaban el tren de vía estrecha para adaptar las vías a la vía de ancho de Renfe. Pues bien, aún están esperando, y han pasado cincuenta años…

 

Volvamos a Soria, a la estepa Siberiana. Sí, he dicho eso… ¡La estepa siberiana! ¿Habéis visto Doctor Zivago? Es una gran película. Y una gran novela. Pero lo que ahora me interesa es el ferrocarril que aparece en ella. Recordemos que nuestros protagonistas, el doctor, su mujer y su suegro, salen de Moscú en un tren que hoy podríamos llamar un “tren de refugiados”, en plena Revolución Rusa, con destino a una tranquila aldea de Siberia. El director decida una parte de la película a contar este viaje, que tiene su importancia en la trama, y también se molesta en mostrarnos el paisaje que contemplan los protagonistas desde el vagón de mercancías en el que viajan, como pueden, un buen montón de pasajeros. Y en ese paisaje aparece un bosque, una meseta sin casi vegetación, casi una estepa, y un monte nevado. Oímos la voz de uno de los protagonistas reconociendo con alborozo ese monté… “Los Urales”, nos dice. Sí, los Urales. Por supuesto. Los Urales sorianos. El Moncayo. El gran pico que se puede ver desde media provincia. Y que en su momento se podía ver desde dos líneas de ferrocarril, la línea que subía desde Castejón, de la que ya he hablado, y la línea que entraba a Soria por Calatayud, y alcanzaba la alta meseta después de esquivar dificultosamente el puerto de Bigornia (1100 metros, vayas por donde vayas a Soria, siempre tienes que subir un puerto, y siempre de más de mil metros, por algo Soria es la segunda capital más alta de España).

 

Está última línea, que formaba parte del ferrocarril Santander-Mediterráneo, es la que más se utilizó para la película. Pero también se rodaron algunas escenas en la línea Soria-Burgos, entre los inmensos pinares de Navaleno y San Leonardo de Yagüe. Por supuesto, estas líneas están cerradas. Se cerraron en los años ochenta. No tuvieron la suerte relativa de la línea Soria-Castejón, que sobrevivió diez años más y que aún conserva sus railes (o casi todos, en las cercanías de la estación de La Nava de Tarazona, hay un tramo desmantelado, no sé porque razón, aunque si soy sincero os diré que escuché ciertas noticias sobre el robo de railes, cosa que tampoco resulta tan sorprendente, puesto que las líneas abandonadas suelen sufrir toda clase de expolios). Una parte de la plataforma del tramo entre Soria y el límite con Burgos, la que pasa cerca del Puerto del Mojón Pardo, ha sido reconvertida en una vía verde. Es un lugar impresionante, con un bosque frondoso y enorme, un lugar perfecto para excursiones y paseos. Pero el resto de la línea se pierde entre los matorrales, como suele pasar. Y la mayoría de las estaciones están en ruinas. Y esto tampoco es nada extraño.

 

Naturalmente tenemos tres estaciones convertidas en casas rurales y otra estación que es una vivienda particular y está habitada. Eso está muy bien. ¿Pero y el resto? Porque calculo, así a bote pronto (un día las contaré, lo prometo) que deben existir como mínimo unas treinta estaciones abandonadas en Soria. Hay proyectos. Hay buenas intenciones. Y no hay resultados. Hable con varias personas interesadas en montar una casa rural en una estación. El lugar era perfecto, porque es la parte de la línea adaptada como vía verde. Pero su respuesta era la respuesta que he oído muchas otras veces: “Burocracia, problemas, pegas, burocracia, problemas, pegas, lentitud, cansancio…”. Supongo que es la misma queja de cualquiera que quiera montar un negocio en un pueblo del interior. Porque, se me olvidaba un pequeño detalle… Para cualquier gestión hay que ir a Valladolid, que no es que quede precisamente muy cerca y, dicho sea de paso, ni siquiera tiene autovía. Debería tenerla. Pero las obras están paradas o van muy lentas. Antes teníamos un tren que cruzaba Soria por el sur y llegaba hasta Valladolid. Era la línea que salía de Ariza, se cruzaba en Almazán con la que subía de Madrid, y seguía por los viñedos del Duero hasta Valladolid. Supongo que cuando la cerraron sabían que eso iba a aumentar el tráfico por carretera. Supongo que incluso ya tenían previsto la mejora de las carreteras implicadas. Supongo que los que planifican los transportes en este país comprenden que los coches y los autobuses y los camiones contaminan y por desgracia tienen accidentes. Supongo que los que planifican el transporte en este país antes de cerrar una línea hacen sus correspondientes estudios, para ver qué impacto va a provocar y qué alternativas hay que ofrecer a los viajeros. Digo supongo porque sé que algunas líneas se han cerrado por una serie de motivos que resultaban difíciles de entender a simple vista, en los que tenían tanto peso el factor económico como el político. Por ejemplo, la fecha del gran cierre de líneas de 1985 no es casual. España iba a entrar en la Unión Europea (entonces CEE). Y se estaba realizando una reconversión industrial.

 

Pero ya hablaremos más profundamente de los motivos del cierre de líneas en otro momento. Lo que quiero pensar ahora es qué hacemos con lo que queda. Qué hacemos con las estaciones que aún se mantienen en pie. ¿Dejamos que se caigan? Haciendo fotos a la estación de La Rasa, muy cerca de El Burgo de Osma, un señor que pasaba un perro se acercó a hablar conmigo. Mirando la gran estación que teníamos delante, una estación magnífica, que serviría perfectamente como hotel, albergue, casa rural, museo, centro de interpretación de la flora o la fauna o lo que fuera, se lamentó amargamente. Entendí que aquel hombre la había visto en activo, con sus vías impolutas, con sus trenes circulando, con sus trabajadores en sus puestos. Había visto toda la vida que rodea una gran estación (sin ir más lejos, junto a ésta existía un cuartel de la Guardia Civil, hoy también abandonado). Por eso verla así, sumida en el silencio del abandono y el olvido, debía ser para él más duro que para mí, que a fin de cuentas sólo conocía su muerte, no su vida. Sus palabras sonaban muy resignadas, casi se diría que quería aparentar indiferencia. Pero no. Las estaciones no son simples ruinas. No son un viejo castillo que siempre ha sido un montón de piedras medio derrumbadas en lo alto de una colina lejana. Algo que no sabemos quién hizo ni sabemos qué ocurrió allí. Las estaciones, para los que las usaron en su juventud, en su niñez, no son simples ruinas. Parece que no pasa nada cuando se elimina un ferrocarril, que es eliminar los ruidos, los olores, las emociones y los recuerdos de sus viajeros, pero sí que pasa. Y sí que pasa porque todos desarrollamos una cierta vinculación con los trenes y las estaciones que formaban parte de nuestro pasado y que hemos perdido en el presente. Y que ya no formaran parte del futuro de nuestro hijos.

 

En la estación de La Rasa estuve un buen rato charlando con un señor que paseaba un perro. En la estación de Monteagudo de las Vicarias, también en Soria, apareció un coche a bastante velocidad y dio varias vueltas por la explanada delantera, luego frenó de repente al verme. Bajó un hombre y vino directamente hacia mí. En un gesto instintivo, bajé la cámara y me quedé quieto, mirándole fijamente, esperando que se acercara hasta mi altura. Imaginaba que iba a preguntarme algo, o a pedirme algo, pero no tenía ni idea de qué pasaba.

“¿Llevas mucho rato aquí?”, me preguntó. “¿Has visto por casualidad a una mujer mayor?”.

Llevaba un rato en la estación, haciendo fotos, pero no había visto a nadie. El hombre se quedo decepcionado…

“No está bien y se ha escapado. Nos han dicho que la habían visto por aquí”, aclaró.

Por lo visto la pobre mujer estaba enferma y tenía que estar vigilada constantemente. Por supuesto rápidamente repasé todas las terribles enfermedades que te dejan sin memoria y sin conciencia del presente, que te dejan perdido en tu propia vida. Son enfermedades horribles. Lo que me resultó curioso (y terrible) es que, por lo visto no era la primera vez que esa pobre mujer, que según supe vivía muy cerca, se escapaba andando de su casa y aparecía en la estación. ¿Y por qué la estación?  ¿Para esperar un tren que no llega? ¿Un tren que llegó? Una persona que no reconoce a su propia familia (conozco casos, y es horrible), se escapa para ir a una estación abandonada. Siempre a esa estación abandonada… Sí, soy poeta y tengo deformación profesional. El coche se marchó tan rápido como había venido. Y yo me quedé pensando en esa imagen que se había formado en mi cabeza: una señora mayor enferma esperando un tren que no llegará nunca en una estación abandonada. Sí, soy poeta, deformación profesional…

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