Luis Martín Santos: el velador de Dionisos, o Nietzsche y Freud en Sils-Maria

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“Bienaventurados los muertos, porque nunca tendrán que mentir”. Desde esa plegaria irrefutable, que reza el narrador de su emblemática pieza teatral Prometeo, a pronósticos tan cumplidos hoy día, como que “El futuro no vendrá a lomos de un caballo, sino sobre el sillín de una bicicleta”, de su última novela, La muerte de Dionisos (1988), Luis Martín Santos (Palencia, 1921-Burgos, 1988) fue uno de los más lúcidos y heterodoxos intelectuales de la Transición, con una mirada hipercrítica hacia los lodazales del porvenir inminente, desde los polvos festivos de los emulsivos años 80. Dramaturgo, ensayista, narrador, filósofo, sociólogo… pero, sobre todo, pensador, dejó una huella indeleble en varias promociones de alumnos de la antigua Facultad de Políticas, en la Complutense (colindante, por cierto, al edificio del Palacio de la Moncloa, que le servía de cotidiano motivo de inspiración). Impartía Sociología del Conocimiento, pero con avíos, sobre todo, del psicoanálisis y de su venerado Nietzsche –a quien conseguía hacer comparecer en el aula–, su disciplina era, en realidad, extracurricularmente, una Sociología del deseo, seguida no sólo por sus alumnos, sino por familiares y amigos de éstos, avisados de su irrepetible elocuencia.

 

Estudioso de las mediaciones sociales, consideraba que la peor de todas es “la que se aplica cada sujeto consigo mismo; la más difícil de resolver, ya que nos abruma la fatalidad de que una cierta máscara es necesaria”, y aborrecía la Teoría de la Comunicación, por cuanto [germen de los actuales ‘Pensamiento único’ y de lo ‘Políticamente correcto’] se basa en un apócrifo “fetichismo del consenso”. En plena emergencia del posmodernismo, de La derrota del pensamiento y del “pensamiento débil”, mandaba al desguace todas esas huecas carcasas con brillantina, con argumentar que lo único realmente derrotado y debilitado era la capacidad de pensamiento misma. Baudrillard: un platonismo de supermercado fue una de sus tribunas más sonadas, en plena visita estelar del francés a Madrid, en sus asiduas colaboraciones en el diario El País, y que luego recogería en esa bomba de relojería que constituye su colección de ensayos y artículos La paradoja del vencido (Akal). Una fascinada recreación del mito de la Caverna de Platón le merecían las tesis del autor de De la seducción, esta vez con las paredes de la gruta reemplazada por las superficies comerciales, con las masas de consumidores exultantemente vueltas hacia los productos de los paneles en las grandes Rebajas de la modernidad… Para aportar una metáfora espacial más honesta y cabal, refutaba: “El mundo es un castillo vacío, por lo tanto nadie existe verdaderamente y todo puede ocurrir”. Y con fatal pronóstico, agrega: “Nuestro futuro camina hacia el pasado, hacia la confusión original que presidió los comienzos de la especie humana”.

 

Su pesimismo provenía de su certidumbre sobre el inminente final de lo dionisíaco, el placer vital y la ebriedad de los sentimientos compartidos, usurpado ya por la abyección apolínea, una razón meramente calculadora y pragmática, también abstracta, para la que el prójimo (o la prójima, que se añadiría hoy día) no pasaría de ser un mero utilitario; esto es, el triunfo de la “máscara” frente al “rostro”, y de la voluntad de poder frente a la voluntad de vivir… De ahí que en su novela testamentaria, La muerte de Dionisos, publicada unos meses antes de su fallecimiento, fabulara un sugerente careo entre Nietzsche y Freud para ponderar sus posiciones al respecto. En una narración inmediatamente anterior Encuentro en Sils-Maria (1986), ya aparecían como dos personajes corales. Cuando ya era víctima del cáncer que acabaría con su vida dos años después, esboza ahí un primer testamento lírico, con estas hermosas palabras de su alter-ego:

 

“Ahora los puntos finales están ya puestos –¡puntos finales, no puntos suspensivos!–, y veo que, a pesar de todo, mi historia no es un aullido ante lo desconocido, aunque muy bien podría haberlo sido. Es un río, un pequeño Danubio loco, que ha perdido la memoria de sus Alpes, de sus nubes densas y que avanza para desaparecer en un país que nadie conoce: lo innombrable (…) Pero, como río loco, no busco el consuelo del reconocimiento. Prefiero el instante abrupto, roto. Que esta mesa en la que escribo haya nacido ahora y aquí, y lo mismo mi mano y mi pluma. Y que tu sonrisa de cien años, Agustín, sea sólo una sonrisa nacida para mí, con tu clarinete, con las monedas que vuelan efímeras por el aire, y que la noche de Viena cante con nosotros: Alles ist hin, todo se ha ido, como los ríos del deseo y de la muerte; todo se ha ido hacia el silencio que guardan las pirámides”.

 

Con mayor complejidad intelectual, en La muerte de Dionisos ensaya ese directo careo entre ambos titanes del pensamiento, tan complementarios e irreconciliables entre sí, a partir de un episodio que pudo haber sido real. Justo cien años antes, en el verano de 1888, Federico Nietzsche pasa su séptimo y último veraneo en Sils-Maria, la bella localidad situada al sur de los Alpes suizos, y es probable que Sigmund Freud también se halle en las inmediaciones. El encuentro nunca se produjo, pero esa fecha emblemática, el último verano de lucidez para Nietzsche, antes de caer en la locura irreversible unos meses después, y ese paraje del gélido corazón de Europa, resultaban idóneos para ilustrar espacialmente sus respectivas teorías. Así, el roquedal sobre el lago promueve la idea del “eterno retorno”, mientras que la abisal estructura de valles y montañas de cúspide nevada iluminan la idea del “inconsciente” y otras disposiciones inalcanzables de la propia mente. Ambos mantienen una visión individualista del ser humano –para Freud, un sujeto escindido por recomponer; y para Nietzsche, una “mónada feliz y catastrófica”–, y de ahí que ambos promulguen  la necesidad de congeniar la soledad humana con el máximo vitalismo posible… “La muerte no es sino una fisura que, para solventarla, hay que lograr saber dónde está”, explicaba Martín Santos, haciéndole decir  a su alter-ego narrador: “En ambos pensamientos, lo único que tiene sentido es luchar para que la muerte continúe siendo incomprensible, una presencia lejana y misteriosa”.

 

Pero el médico vienés y el filósofo alemán difieren en sus métodos y concepciones. Freud percibe, en ese paraje del corazón europeo, un entorno armonioso, estructurado, donde el lago y las montañas “son como estuches escolares, gavetas donde ordenar distintos materiales”, y Nietzsche percibe la inminencia de la niebla, lo accidentado del paisaje, la roca en que situar la primera piedra de la catástrofe.  “No es posible que hasta aquí estén las fuerzas oscuras, y desde aquí la luz, la ciencia”, le reprochará el acrobático Nietzsche, a quien el narrador quiere justamente salvar de la locura con el diván de Freud, pero sin atemperar su pasión creadora. Para Nietzsche, la vida sin Dionisos carece de sentido, y de ahí que –pagándolo inclusive con su inminente locura– se niegue a aceptar el duelo de su defunción. Le reprocha por ello a Freud: “Prefiero ser un río loco que un zodiaco eternamente repetido en la medida del cielo”; y le espeta también: “Sólo los cobardes se aferran al sentido como a una tabla de salvación. Los fuertes juegan a todas las bandas…”.

 

Son interlocutores que no pueden coordinarse, pues “actúan como dos violinistas queriendo tocar a la vez el mismo violín”. Para el narrador, Freud es un mal necesario, del que no se puede prescindir si se quiere salvar a Nietzsche. Éste caerá luego en la locura, legando tan sólo –a “Mis supervivientes”– “una página en blanco”. Pero mientras tanto, en Sils-Maria, en el verano de 1888, tras el entierro de Dionisos, acuerdan que desde la gran orfandad, hay que aferrarse a las débiles huellas de lo dionisíaco como sea. Ensayar cotidianamente una pequeña felicidad; y llegan a esta conclusión: “El anonimato es un buen principio para la felicidad” –¿La felicidad? Y eso qué es…– preguntan los congregados, a lo que aquellos responden: “Es estar donde se está”…

 

 

Misógino no practicante

 

Cuando, en el último curso que impartía clases, tras habérsele detectado un cáncer, Martín Santos publicó en El País su controvertido artículo Contra la mujer (24 de marzo, 1987; aún legible en la red), a la jornada siguiente, un grupo de alumnas le recibiría, a las puertas de la Facultad, con una gran pancarta: “Contra Martín Santos”. La incomprensión le mantuvo dolido hasta su muerte, un año después. “Podría haber buscado un título menos radical, no sé, ‘Elogio y vituperio de la mujer’, pero no quería escabullirme ce ciertas alertas”, me dijo en una entrevista para el desaparecido semanario El Independiente. “La primero, la emergencia de un arriesgado desencuentro entre los sexos, hasta conformar, cada uno de ellos un ‘gueto’ separado, con dos lenguajes incongruentes”, señaló, mientras en el artículo de marras se preguntaba: “¿Será posible, en el futuro, el amor como relación complementaria entre los dos sexos de la especie? Una vez rotos los antiguos ceremoniales, ¿será posible un diálogo simbólico entre ambos polos?”; y, en vez de responder, aconsejaba al lector observar detenidamente el cuadro El embarque para Citerea, de Watteau: esa “multicolor procesión de parejas camino de la isla del amor. Evoca un mundo que para nosotros está mucho más lejano que lo que pueden estar las escenas paleolíticas… [En un futuro próximo] ni la más poderosa fantasía podrá recomponer el minueto del amor”. Y en la entrevista, señalaba: “Yo sólo he querido expresar que un cierto feminismo burgués, de mujer establecida, ha encontrado su mejor añagaza en diluir las diferencias de clase, jugando a equipararse, por ejemplo, con mujeres desempleadas o proletarias… Y está también esa imitación de un cierto lenguaje chusco del español genital, que no es precisamente el de Berceo. Mi temor es que la presunta emancipación consista en adquirir lo peor de la cultura patriarcal: la abyección, el ‘trepismo’, la cosificación del amante, etc. Pienso en esos protuberantes iconos tan de moda, como Cioccolina y Sabrina, que creyendo liberarse de ese juego milenario de la mujer de mostrar y ocultar el pecho, caen en la exhibición del hombre de la gabardina a la puerta de un colegio”.

 

Se definía como “misógino no practicante”, opinando que un pensamiento de cierta “admiración y controversia” hacia la mujer, puede ser “un antídoto contra el machismo”. Despreciaba, por ello la misoginia de Schopenhauer, “un señorito incapaz de haber sostenido una conversación con ninguna mujer”, pero adoraba, en cambio, la de Nietzsche. En La muerte de Dionisos advierte: “Para Ulises, cuyo itinerario mismo representa su modelo de superhombre, en nuestro tiempo ya no existen Penélopes. Se dedican a juegos cortesanos con los Pretendientes y olvidan el manto. (…) Quizás Penélope se haya enterado de que Ulises no es sino un Pretendiente que llega rezagado”. Y si bien pone en boca de Nietzsche, con cierto retintín: “Eva jamás estuvo en el Paraíso. Se quedó en la puerta, y sólo desde afuera ofreció su manzana. No me imagino el paraíso con una mujer dentro”, en la entrevista, Martín Santos explica cómo el filósofo alemán lanzó el mayor elogio de la mujer que se haya hecho nunca. La define como “¡un órgano de conocimiento!”… Esto es lo que yo suscribo: una sublimación de la mujer sin por ello subyugarla. Yo discrepo de esos artistas y escritores que la magnifican para después situarse ellos mismos en un plano de superioridad. No es eso. Mi misoginia arranca del doloroso desajuste que encuentro entre la mujer “vista”, cotidiana, que vemos por la calle, y la mujer “intuida”, profunda, susceptible de ser amada, a la que hemos experimentado en alguna ocasión de nuestra vida, dejándonos una huella imborrable. Me preocupa esa brecha de una doble actitud femenina, que fatalmente desemboca en que ya no sea fácil escuchar cuándo una mujer habla como mujer, porque, cuando habla como mujer, puede convertirse en una Sybila”.

 

En tiempos de extraña mezcolanza de ‘posverdad’ (una era “escapista” y “posparadigmática”, según Zygmunt Bauman) con el pensamiento único de lo ‘feministamente correcto’, parece de interés revisar esta arqueología del saber intersexual de no hace tanto tiempo. Sobre todo, cuando se abre una peligrosa escisión entre un saber oficial, en el que cunde la especie de que ‘de las mujeres sólo pueden hablar las mujeres’ y un saber oficioso, de hombres que, con la boca chica reconocen que ‘de las mujeres ya sólo se puede hablar con los hombres’, y cuando, además (todos y todas los sabemos), bajo el discurso oficial, circulan por las tuberías digitales machistadas de toda índole… En ‘Contra la mujer’ escribió: “La pregunta no es si todo va a ser mejor o peor, más bonito, más ético o más justo –pues esto se define siempre desde un sexo–, sino si lo que inevitablemente va a sobrevenir sobre nosotros –sobre ellas también– será soportable…”. Y agregaba: “Los hombres son hoy el rehén de las mujeres, y por miedo a perder su identidad amenazada se refugian en zonas de poder cada vez más abstractas, como la tecnología”. La situación es tal que –concluía Martín Santos hace 30 año– “hasta se puede cuestionar que en el futuro sea lícito hablar de la especie humana como algo unitario”.

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