María Vela Zanetti y su “olvidar no te hace más libre”

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Difícil escribir sobre una autora que domina el lenguaje y transmite un amor incondicional por las palabras. Se diría que María Vela Zanetti, licenciada en Filología Clásica, juega con ellas. Uno de sus títulos, Aston Soria, supongo alude a la exclusiva marca de coches deportivos Aston Martin. En la primera entrada nos da una idea clara de lo que nos disponemos a leer y avisa: “No seas tan tiquismiquis”. Define ahí su libro como “…aforismos, cuentos, prosa venial, soliloquios, notas al paso, recuerdos que se mantienen siempre como una especie de mitología privada, toda clase de gritos impropios y de susurros taimados”. Por supuesto que la lectura de Sin salir de casa confirma el aviso de la autora, pero hay más. Se trata de una lectura gratísima de una mujer culta e inteligente que valora en lo que vale el sentido del humor. Los títulos de los distintos apartados demuestran su ingenio. Entradas enigmáticas y sugerentes que comienzan siempre con una frase rotunda. A Micilda, mi router; Tres entradas para el miedo, Extravagancias, Una poquita más de fe, … Treinta y seis textos que sumados suponen una delicia de lectura. La ligereza es una de las características de su prosa. Entendámonos. Una ligereza alimentada por sus vastos conocimientos, su amor a la cultura y su odio al envanecimiento. Ligereza que se transmite por todos los poros del libro como una bocanada de aire fresco. Uno de los textos está dedicado a su padre, el pintor José Vela Zanetti. Una fotografía de 1961 es el título y en ella homenajea a su progenitor. A partir de la foto que tiene en su cómoda y tras una prolija descripción de la misma nos habla de su padre artista: “Había pasado una guerra, un exilio y en 1962, después de trabajar ardientemente, ya había pintado los murales de la ONU, La ruta de la libertad, en su sede de Nueva York en 1951”. Debido al exilio, María Vela nace en la República Dominicana y vive en México, Miami, Nueva York y Florencia antes de recalar en España en los años sesenta. Su prosa debe mucho a su infancia viajera. También la atmósfera de cultura y libertad en que creció, muy distinta a la educación que recibían en España muchos niños de su generación bajo el yugo franquista. Debo ahora mencionar los nombres propios, que abundan. La autora rememora anécdotas, viajes, amigos artistas y escritores. Habla de su herencia literaria. Se cuelan escritores favoritos y algún vilipendiado: “Tanta sensibilidad me abruma. Tanto darse pisto me enfada, y por fin me desentiendo dejando al bobo en su estantería”. En Olvídame habla del encanto de leer y nos regala una original definición de los libros: “Festivas banderolas de papel para todas las edades”. Comienza hablando de la maldición del lector: perder las gafas. Continúa con la investigación del término “olvídame” para concluir que procede del lenguaje expeditivo del cine. Termina el texto con una anécdota sobre Sánchez Ferlosio que le sirve para plantearse una duda existencial: ¿Pero quienes somos? La mesita versa sobre un aficionado a la lexicografía y la farmacopea. Su amigo coleccionaba medicamentos por la curiosidad que le suscitaba su nombre. Verdaderamente, no le faltaba razón. Parecen haber sido inventados por un humorista: Lexatín, Fortasec, Retardin, Sosegón… nombres hilarantes que requieren nuestra atención. El texto Tú, Kimi y yo posiblemente sea el más personal. Kimi es su perra y tú refiere a su marido, el escritor y crítico de arte Ángel González García, fallecido el 21 de diciembre de 2014. De hecho, la clave del libro podría estar en la pérdida, pero la voz personalísima de la autora prevalece por encima de cualquier otra consideración: “Olvidar no te hace más libre, no aligera la carga. Sencillamente te deja sin palabras. La vida pierde su silueta, su lectura.” El dolor de la pérdida se disimula mediante un humor incisivo y se cubre de ligereza. Lo mismo hizo Max Porter en su novela El duelo es esa cosa con alas. He pretendido hablar de su amor por las palabras, su acierto en los títulos de los textos, el humor, la cantidad enorme de personas que menciona, amigos artistas casi todos, y la ligereza que desprenden sus escritos. Me queda hablar de una última característica: la femineidad, como si dijéramos el perfume que emana de los mismos. Puede que este término no le guste a la autora, no encuentro otro mejor. Tampoco puedo imaginar este libro escrito por un hombre. Quiero decir que ella no enarbola la bandera del feminismo como si se tratara de la lucha de clases. Ella es feminismo. La libertad de su vida lo atestigua. Lean a María Vela Zanetti como si saborearan un buen vino. A sorbitos y con deleitación. ¡Salud!

 

Sin salir de casa, de María Vela Zanetti. Editorial Trama (2020).

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