Marina Tsvietáieva, la ingenuidad en tiempos de guerra, entre la poesía y la necesidad del pan

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Al cabo de unos pocos años de la Revolución Bolchevique de 1917, Marina Tsvietáieva (1892–1941), con el corazón hecho un asco y el estómago vacío de pura hambre, se ve en la tesitura de tener que dejar a sus dos hijas en un hospicio para intentar que sobrevivan. Ella no les puede garantizar un poco de pan y unas gotas de leche. En sus cartas y en sus cuadernos, donde la escritura de Marina es libérrima y sus anhelos expresados sin medida, confiesa adorar con locura a su hija mayor. Pero dice, sin ambages, que a su segunda hija, Irina, por razones que la razón no entiende, no la ama. Esa indiferencia la lleva hasta un episodio extremo: durante una visita al hospicio, al comprobar la suerte de sus hijas, opta por agarrar a la mayor de la mano, enferma de malaria, y arrastrarla fuera del infierno. Pero abandona a Irina y, lo que nos resulta más sorprendente, la abandona sin culpa.

La descripción que hace del lugar es más propia de Poe que de una poeta hipersensible. A Irina la retrata como si la niña, de cuatro años, se refugiara en una especie de autismo para no ver la realidad, el maltrato, que llega a extremos tales como el que se refleja cuando las niñas del hospicio coman las pocas lentejas una a una para así disfrutar de ellas durante más rato. Irina viste harapos sucios como el culo del diablo y no pronuncia sino una sola sílaba, irreproducible en cualquier lenguaje que no fuera animal. Un tiempo más tarde le llegará la noticia de que Irina ha fallecido. Pero ella, privada de cualquier energía, no se mueve de la habitación donde vive. No acude al entierro ni, más tarde, a poner flores sobre la lápida. Y es ahí, ahora sí, cuando muestra cierto respeto por Irina, reconociendo que ni siquiera ha tenido la decencia de despedirse de ella: “No para consuelo suyo, sino mío –y como una verdad sencilla lo diré: Irina era una criatura extraña, quizás incluso desahuciada, todo el tiempo se mecía, casi no hablaba, quizá fuera raquitismo, quizá degeneración, no sé. Por supuesto, de no haber habido la Revolución”. Más tarde, en el exilio, nacerá Mur, un chico vital sobre el que depositará todos los cimientos que la permiten vivir durante diecisiete años más. Al final, cuando considera que Mur puede valerse por sí mismo, cuando su marido está encarcelado, acusado de espionaje y a punto de morir a fusilado, y su hija mayor está desterrada en un gulag, Marina se suicida.

Se ha ahorcado y deja una nota para su hijo. No es ninguna sorpresa. Era uno de los temas recurrentes en sus escritos. Su hijo, al ver la cáscara de lo que fue Marina, dice algo así como “lo entiendo”. Y después se marcha a vivir a otro lugar. El cuerpo de Marina será arrojado, envuelto en una sábana remendada, en una esquina del cementerio de Yelábuga, en Tartaristán, el lugar al que la evacuaron cuando comenzó la guerra contra el ejército nazi. Nadie sabe dónde yacen los restos de quien, posiblemente, sea una de las grandes poetas del siglo XX, y de la historia: “Los ángeles me entregan al verdugo”, reza un verso de juventud. Sus poemas son parte de ella. Jamás entendió que, como le pidiera en algún momento la autoridad cultural bolchevique, pudiera existir un poema al caucho o a materiales por el estilo, que reflejaran el triunfo del trabajador: “Declaro que soy inocente (…) / ¿Dónde está mi plata?, ¿mi oro? / En mi mano solo hay ceniza”. Existe el pesimismo vital, algo más fuerte que el existencialismo. De hecho, ella ya ha resuelto el problema fundamental de esa corriente filosófica: la vida no merece la pena: “No me salvarán los versos ni los astros”. La sensación de una soledad patológica la ha desbordado:

“Lo sé, lo sé,

la bella tierra

que está labrada

(…)

ya no es nuestra.

Ni el aire,

ni las estrellas

ni los nidos

que cuelgan de la luz”.

La gente ha desaparecido, solo quedan cuerpos sin alma: “Se ha ido – todo es tiza”, y también: “Aquí no hay encuentros, / Aquí sólo hay despedidas…”. Si hubiera que resumir en una palabra el paso por la Tierra de Marina, esta sería tristeza. No solo el dolor la ha elegido a ella, sino que además se deja llevar por él hasta el sufrimiento. Confiesa que nunca ha querido ser feliz.

Marina se ha roto varias veces a cuenta de las despedidas. La Revolución parte su familia, luego vendrá el hambre y el exilio en Praga, en París, el regreso a la URSS, la farsa de las acusaciones y la confesión bajo tortura de su hija mayor, que delata a su propio padre. Otro exilio, dentro de la propia Unión Soviética, lejos de Moscú. Y así le resulta imposible reintegrar vida y arte, el absoluto, que es como ella lo llama. Se ve a sí misma, no sin razón, como Sísifo subiendo la piedra eternamente. Marina ama mucho, sí, y siente demasiado cualquier clase de angustia: “Estoy escandalosamente sola, por eso tengo derecho a todo, incluso a cometer un crimen”. Podríamos llegar a entender que su falta de cariño, por una vez en su vida, hacia una persona, su hija, es el crimen al que tenía derecho. Pero esto sería justificarse, algo que no necesita. Se declara autocompasiva, no coloca engaños en sus días y en sus escritos, para que los demás la vean de otra manera, y como es norma, el miedo de las personas autocompasivas provocan lo que temen.

Sus cartas son toda una revelación. Es ahí donde muestra sus pasiones. En alguna ocasión de carácter homosexual, como es homosexual el Cantar de los cantares, donde se ama sin tener en cuenta el sexo de la otra persona, en otras platónico, como las que escribe a Boris Pasternak. Pero también de una pureza emocional cuando se enamora. Las cartas que escribe en Praga a su amante, Konstantín Rodzévich, muestran un amor depuradísimo, una colección de expresiones que daría en toda la cara a los sentimientos delicados, con toda la intención, de Madame Bovary. Rodzévich, por su parte, solo pretende entretenerse. “Usted es mi primer y último escudo contra las multitudes. Si se aleja, se precipitarán”. Ella está enamorada hasta la médula. El desajuste no se compensa sino con otra despedida. El marido de Marina, que conoce la relación, la pone en la tesitura de elegir. Y Marina se queda con el hombre bueno, el enfermo de tuberculosis con quien se casó siendo adolescente.

El amor es la piedra de toque de Marina. Se ha pasado toda la vida intentando explicar en qué consiste. El amor es una abstracción, pero lo que sí existe es el hecho de amar. Ante la disyuntiva de amar o ser amado, ella regresa a la abstracción del amor: “Me interesa no que me quieran a mí, sino lo mío. El ‘yo’ queda incluido en lo mío. Así siento mayor seguridad, mayor espacio, mayor eternidad”. La eternidad tampoco existe, al menos en este mundo. La eternidad no es la suma de los segundos o de las horas o de los días, hasta alcanzar el infinito; la eternidad es la ausencia del tiempo. Marina, que repite que sabe amar pero no vivir, lo cual es la versión más triste del romanticismo. Necesita a un ser que le dé la impresión de necesitarla, busca un punto de fijación para su propio deseo de amar, que en su caso sirve para poner en marcha el proceso de creación. Su poesía debe contener humanidad, alejarse de los estetas, a los que iguala a los filisteos: “Todas esas flores, y cartas, e intermedios líricos no valen una camisa remendada a tiempo”, afirma cuando se encuentra una sociedad sucia y mísera al retornar a la URSS tras diecisiete años de exilio. Trabaja lavando platos hasta despellejarse los dedos, mientras los hombres se enfrascan, o aparentan estar ocupados, debatiendo sobre problemas sociales. Incluso ella, acepta el papel secular de la mujer: cuidar a los otros.

“Mi cabeza está cansada de: guerras, juegos, afectos, olas”. Siempre agotada de vivir, o subiendo con la piedra de Sísifo o corriendo cuesta abajo para recuperarla. “De la mañana a la mañana siguiente estoy sola con mis pensamientos (lúcidos, sin ilusiones)”. La Revolución de 1917 ha dado lugar a una situación social que denuncia en sus cuadernos de bitácora, los que la salvan del naufragio: “Lo que al quitármelo me dio el bolchevismo: confirmación definitiva de que el cielo vale más que el pan (…); confirmación definitiva de que no son las convicciones políticas las que unen y separan a la gente (…); aniquilación de las barreras de clase por la desgracia común de Moscú en 1919, por el hambre, el frío, las enfermedades, el odio al bolchevismo, etcétera”. Consigue algo de dinero traduciendo, gracias a ser una auténtica políglota. Esta mujer a quien no le gusta nada Chéjov, domina el alemán, el inglés, el francés, el búlgaro, el polaco, el checo, el ucraniano, el georgiano y hasta el yiddish. Su perfeccionismo la impiden trabajar a un ritmo suficiente como para ganar dinero con el que sobrevivir. Con frecuencia se ve otra vez en la calle, mendigando favores para obtener una habitación donde refugiarse. Entonces piensa en el pasado como un lugar donde la pobreza era acogedora. Su poesía es más auditiva que nunca: “Las salamandras bailan”, y Marina piensa: “¡Qué maravilla vivir en el fuego!”, dice quien piensa, con obsesión, que por sus venas corre alma en lugar de sangre, alguien para quien ese fuego significa amar a todos a la vez, acumular sentimiento.

Marina había nacido en una familia de clase acomodada, pero en febrero de 1917 se le escapa eso que ella llama alma, como la arena entre los dedos. Triunfa la Revolución: “Moscú está sin vallas (están quemadas), todo son sacos y botas”, escribe a su hermana. Cruza la revuelta contra el zar regalándonos un diario que sorprende por su entereza poética. Tsvietáieva escribe temerariamente, sobre el caos de un presente, más atroz aún porque no puede ser comprendido. Los fragmentos de sus diarios presagian no sólo la tragedia personal, sino también la de un pueblo. Son un testimonio de la vulnerabilidad humana, al tiempo que mantiene ese pulso con la literatura, como si presintiera que ella está hecha del sonido de las palabras, y que éstas son el cielo, el alma. Se dispone a hablar de un país fracturado, de un tiempo fracturado hasta la extenuación, y le saldrán, a la fuerza, escritos en los que la fractura se convierte en un estilo lírico. Tsvietáieva siempre estaba componiendo un poema, en el que la desgracia, la conciencia de formar parte de los humillados y ofendidos, estaba siempre presente. Sobrevivió al tiempo de la guerra, escribiendo retazos que forman algo que definiremos como diario, por ser la fórmula más cómoda de encajar este libro en algún género. Aunque si existiera en los libros de texto, en los manuales de literatura, el género al que pertenece bien podría ser catalogado como estupor.

Hay frescura en la escritura, una de esas formas de madurez que da la sensación de obedecer a un impulso, de ser espontánea, pero que se ha elaborado desde el sótano del sentimiento. Y al mismo tiempo, hay violencia. Una violencia idéntica a la del hombre que lleva años tratando de completar un puzle de miles de piezas al que le faltan cientos de ellas. Un enfado y un desgarro. El que se corresponde a la época que le toca vivir, ese tiempo de bisagra mal engrasada que chirría cargándonos de acidez la cabeza. Hay saltos temporales y desencadenamientos, porque existe la necesidad y la obligación del movimiento en lo retratado. Y lo retratado es algo así como canjear el mal por el mal, o la impresión de que se le está escurriendo el agua de entre las manos. Como si pretendiera apresar el conjunto, mientras que habita en la periferia, que es el peor sitio para estar en tiempo de lucha. De ahí el puntillismo en el detalle, la dificultad de encontrar su sitio en el cual cabe lo excéntrico, pero también la sinrazón voluntaria, lo miserable y hasta lo ultrajante, y lo más caprichoso de la gente que se rige por un olfato que solo atiende a las veleidades.

El hambre obliga a ese estilo escueto, casi telegráfico, fugaz y en ocasiones aforístico. Meras presentaciones que, gracias a la poesía que destilan, transmiten una intimidad quebrada, un temperamento que brega por mantener la consistencia. Porque ese espíritu es una denuncia del terror, de la indefensión, algo que está a su alcance por la buena educación que pudo recibir durante la infancia, antes de pasar al mundo de los desahuciados. Bastan los hechos, aunque obligue al lector a poner en su lectura lo mejor de sí mismo, porque no se recrea en estampas. Sus palabras no forman imágenes, forman música. En ese sentido son un golpe directo a la sien del lector, al que le cuesta hacerse a la idea de que exista alguien con tanta capacidad de observación y tan consciente de la lucidez que supone conocer la materia a partir de la cual está trabajando, pues su diario es un desafío.

Hablamos de un viaje sin Dios, pero con espíritu. En el que la gente sabe rezar cuando hay que rezar, sin importar a quién o a qué se reza. Otra cosa es que sea preciso inventarse las oraciones. O incluso una religión propia, para luego esconderla. Aunque, en realidad, lo que estén deseando sea tener una pistola y disparar. Uno llega a ignorar si debe conmoverse o no durante la lectura de su diario de la Revolución. Lo cual es un fenómeno que conmueve hasta el asombro. Demasiado peso de la historia, la revolución rusa, la necesidad de unirse al Ejército Blanca, porque la verdadera revolución estaba en ella, en Marina. Todavía bajo una educación en la que su madre pretendió que ella fuera su doble, reflejándose en la intransigente lección de piano, que ella traduce al aliento, o al compás del aliento, como ella expresa: “¿Qué es el aliento sino el ritmo del alma?”.

La escritura inmediata del diario, como el fuego que arde lentamente sin miedo al incendio: “En mí la feminidad no viene del sexo sino de la creación. Sí, mujer, puesto que soy maga, puesto que soy poeta. Y sí, poeta, porque como escribes sabes todo lo que fue, lo que será, conoces el misterio sordomudo del idioma mentiroso y oscuro de los humanos al que llamamos vida”. En 1917 Tsvietáieva tenía 25 años, dos hijas (Alia e Irina), tres libros de poemas publicados (Álbum de la tarde, Linterna mágica, De dos libros) y un matrimonio en marcha con un cadete militar del Ejército Blanco, Sergei Efron. En octubre de 1917 dejó atrás una vida compleja para adentrarse en algo más terrible. Los bolcheviques confiscaban todas las herencias y nace el concepto de necesidad, que no separa la escritura del oficio de vivir. Sus diarios de la Revolución carecen de afectación política; sencillamente, escribió con el aliento lo que supuso para ella la transformación. Cuando estalla la Revolución, Marina Tsvietáieva está en Crimea con su hermana Anastasia. Regresa a Moscú en un viaje penoso. Y escribe: “Dos días y medio ni un bocado, ni un trago. (La garganta cerrada). Los soldados traen los periódicos –en papel rosado. El Kremlin y todos los monumentos han sido volados. (…) 16.000 muertos. En la siguiente estación ya eran 25.000. Callo. Fumo. Mis compañeros de viaje toman los trenes que van de regreso”. La vida por delante se vaticina como penosa, pero, lo quiera o no, tendrá que vivirla hasta ese último aliento, que será el epílogo de su alma; no es casual que se quite la vida cortándose la respiración. Observa la epidemia de sarna y se viene abajo en todos los sentidos, excepto a la hora de escribir con idéntica pasión, siempre con pasión: “Moscú. Negrura. A la ciudad se puede entrar con un salvoconducto. Yo tengo uno, del todo distinto, pero es igual. (…) Las calles desiertas, desertadas. No reconozco el camino, no lo conozco. Algo atravesamos y por algo huele a heno. Suenan disparos en los puestos de guardia: alguien no se rinde”.

Así es como se libra otra guerra, la de conseguir algo de comida, que refleja con estruendo en el diario: “Las patatas están en el suelo: ocupan tres corredores. Las del final, las más protegidas, están menos podridas. Pero no hay otro camino para llegar que caminar por encima de ellas. Y entonces caminas: con los pies descalzos o con botas. Es como andar sobre una montaña de medusas. Congeladas se pegan unas a otras en racimos monstruosos. No tengo cuchillo y, desesperada (no siento las manos), tomo las que sean: aplastadas, congeladas, blandas…”. Un tiempo más tarde intentaría publicar estos diarios, pero el editor soviético le expresó con rotundidad el motivo de la negativa, en una época en la que hasta las volutas de los adornos en piedra debían expresar el beneficio político del triunfo de la Revolución, del trabajador, le comentó que sus diarios eran apolíticos. Pero ella se rebela: “¿No es política la muerte por hambre de una hija en un orfanato?”. En un análisis psicológico y literario de estas páginas, se podría bucear en el romanticismo y en la neurosis. Jamás abandonará, en cualquier caso, la ingenuidad: un bien elegido, una trinchera desde la que no bajar, todavía, los brazos y seguir en la batalla, seguir, como expresó Claudio Rodríguez, en derrota, pero nunca en doma.

Los diarios recogen los cuatro años vividos entre 1917 y 1921, separada a la fuerza de su marido, sin cambiarse de vestido y durmiendo en el suelo. La revolución había aniquilado las barreras de clase no por la vía violenta de las ideas, sino por el hambre, el frío, etcétera, por llevar al mundo al borde del abismo, allí donde solo la intimidad te salva del entorno, de los desconocidos con quienes se ve obligada a convivir. No hay trabajo digno para comprar el pan y carece de derecho a una cartilla de racionamiento. El único lugar donde puede mecerse es en la poesía, en los restos de belleza, en el agradecimiento a una mano amiga que aparece de vez en cuando entre los escombros: “No he anotado lo más importante: la alegría, la agudeza de pensamiento, las explosiones de contento ante el menor éxito, la tensión apasionada de todo mi ser – todas las paredes están garrapateadas de versos”.

 

Este texto pertenece a una serie dedicada a grandes cronistas de la historia en la que ya ha aparecido:

Joan Didion: la periodista para quien el centro se encontraba en cualquier lugar de la periferia

Svletana Alexiévich, la periodista que consiguió desaparecer para que existiera el relato de la guerra

Leila Guerriero, la periodista que regresó desde la sabiduría que dan doscientos años de vida

Edna O’Brien, cuando el paisaje es una alfombra bajo el que escondemos el dolor de la memoria

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