Más allá del amor

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Colau quiere ser artista y no es Tracy, ni Muni, ni Grant, pero de ella, por supuesto, también se puede aprender algo. Su desempeño o su desenfreno es una vendimia de las uvas de la ira, que es desperdiciar el resto.

 

Dice Ada Colau, en su carta de despedida: “No puedo describir, ni remotamente, el nivel de amor que llevo acumulado en el cuerpo”, lo que muestra que en el fondo ella, y por qué no el escrache, son unos sentimentales, como Loquillo. El sentimentalismo adolece de contención, una virtud que se requiere de todos, también de los artistas igual que le contaba Marlon Brando a Truman Capote: “Spencer Tracy es la clase de actor que me gusta ver. La manera como se contiene, se contiene…, luego hace un movimiento rápido, dice lo que tiene que decir, luego vuelve a su impasibilidad. Tracy, Muni, Cary Grant. Saben lo que hacen. De ellos se puede aprender algo.” Colau quiere ser artista y no es Tracy, ni Muni, ni Grant, pero de ella, por supuesto, también se puede aprender algo. Su desempeño o su desenfreno es una vendimia de las uvas de la ira, que es desperdiciar el resto,  y que da como resultado un vino con demasiados matices de odio. No sabe uno si llamarlo desenfreno o incontinencia. En el despojo cruel, además de la ira hay más sentimientos que tratar, y buena parte se han quedado en los carteles y evaporado en el momento de salir de las bocas y de los megáfonos, que es como salir de Oklahoma para California atraído por los folletos sensacionalistas de grandes oportunidades. El caldo de Colau prescinde de otras variedades del fruto quizá porque se trataba más de posicionarse en el mercado que de crear. En los agradecimientos, numerosos (todos de la izquierda), por su labor, uno imagina a una nueva Schindler, váyase a saber, como si hubiera empezado por negocio y hubiese terminado por compasión. Ahora la líder de la PAH anuncia su introducción en la madriguera igual que Alicia (Ada en el País de las Maravillas), puede que en busca de un mundo nuevo con su nombre nuevo, porque hace ya algún tiempo que es un fantasma, superados aquellos “días de latón” en las puertas de los domicilios de los desahuciados y de los banqueros y de los políticos, y también en los platós. Un fantasma sentimental como el de Ghost que se despedía casi literalmente igual que ella, o mejor ella igual que él: “Es increíble Molly, no te imaginas cuánto amor me llevo”.