Más madera – De políticas suicidas, privilegios de casta y miedo como medicina

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Grecia, Portugal, España, Italia, Grecia, Italia, España, Irlanda, Portugal y vuelta a empezar. Desde hace tres años, los volátiles y caprichosos mercados –eufemismo para referirse a los banqueros y otros dueños/esclavos del señor Dinero- sofocan a alguno de los países del sur de Europa, hasta forzar un cambio de gobierno, una reforma laboral o unos presupuestos suicidas, para detenerse unos días, amenazar con el rescate o la bancarrota, dibujar en las portadas de los diarios un panorama al borde del abismo que va haciendo calar el miedo entre la población, y, cuando se aburren, cambian al siguiente país del sur europeo, de España a Italia o a Portugal, y vuelta a empezar.

 

En España, donde hace poco más de cien días resultó abrumadoramente vencedor de las elecciones el partido conservador de Mariano Rajoy, acaba de aprobarse una reforma laboral que abarata el despido, precariza el empleo y reduce el poder de los sindicatos, y se han divulgado los presupuestos de 2012, con recortes del 15% o más en todos los ministerios: la política económica suicida de la tijera a toda costa, de cuyos peligros hasta Washington nos ha alertado. En esta lluviosa Semana Santa de 2012, mientras media España está de procesión, nos desayunamos todos los días escuchando que nuestra Españita, esa que se vistió de princesa para ir al baile europeo y se transformó en calabaza cuando dio la medianoche, vuelve a estar en el ojo del huracán, en el punto de mira de esos insaciables mercados a los que tanto les gustan las profecías que se autocumplen. Y nuestro ministro de Hacienda cuenta a la prensa extranjera que habrá ajustes en sanidad y educación para alejar el fantasma del rescate. Lo que ayer nos vendían como un imposible, la economía española pidiendo dinero a Europa para salvarse, hoy se anuncia como una realidad inaplazable si no recortamos cuanto se nos imponga. Y de nuevo nos venden un Estado de bienestar contra las cuerdas víctima del derroche y la deuda.

 

Los ciudadanos, temerosos y desesperanzados ante las cifras de paro –del 24%, hasta 50% entre los jóvenes- y presos del miedo al fantasma del desempleo, se resignan a perder sus derechos, o piensan en emigrar, y hasta ven con buenos ojos que las dos ciudades más importantes de España se disputen albergar un casino donde se incumplirán algunas leyes, con tal de que se creen unos miles de puestos de trabajo. Aunque tal vez lo peor sea escuchar cómo patronos, banqueros y esos jefecillos de la Unión Europea, a los que nadie eligió en ninguna urna, nos felicitan por nuestra valentía al emprender el severo reto de la austeridad, y se lamentan de los difíciles tiempos que viven España o Grecia, pero instan a acelerar y profundizar en los ajustes caiga quien caiga. Los mercados quieren más madera. Todos, menos los ciudadanos españoles, parecen tener voz en este entierro: Mario Dragui, presidente del Banco Central Europeo; Merkozy, los banqueros, el primer ministro italiano, Mario Monti –avalado por su gestión en el banco Goldman Sachs, ese que falseó durante años las cuentas griegas-, y toda la pandilla bruselense. Todos nos recuerdan a coro que tenemos que ser más competitivos; o sea, que tenemos que cobrar menos y trabajar más horas. Y el Financial Times, si bien hace una acertada crítica de los presupuestos, echa leña al fuego al pedir recortes en el gasto autonómico, que, no lo olvidemos, significa educación y sanidad, porque los despilfarros en cargos y amiguismos, esos, no los tocan.

 

Al revés: se multiplican. Leía estos días en El País que el señor Zaplana –ex ministro conservador y ex presidente de la Comunidad Valenciana-, no contento con el casi millón de euros que cobra cada año como miembro del Consejo de Administración de la Telefónica, ha echado mano del Estatuto creadoespecialmente para los ex presidentes valencianos para que los valencianos le paguen los escoltas y las estadías en la región; sólo el alojamiento asciende a 25.000 euros al mes. Y me digo yo, ¿por qué nos hemos acostumbrado con resignación que casi todos los ex presidentes o ministros acaben en el sillón de algún consejo de administración, sobre todo de las empresas que un día fueron públicas? ¿no nos huele a chamusquina tanta interacción entre políticos y grandes empresas?

 

Noticias como estas las leemos todos los días. Corruptelas, privilegios creados por y para la clase política, despilfarros, amiguismos, indultos a banqueros, amnistías fiscales. Se me ocurre que, hasta que no desaparezcan tantos diezmos, privilegios y prebendas, deberíamos hacer una huelga fiscal, una revolución de desobediencia civil a lo Gandhi, o cuando menos, como dice mi madre, salir todos los días a la calle a pedir explicaciones hasta que nos las den, o a aporrear cacerolas a la argentina hasta que algún presidente tenga que abandonar su palacio en helicóptero.

 

Que ya está bien. Que con los sueldos que nos están dejando, cómo pretenden que sigamos alimentando a tanto ladrón profesional… Que no, que no hay pan para tanto chorizo.

Nací en Extremadura, pero soy -también- madrileña. Periodista por vocación y convicción, llegué a América Latina en 2008, a esa ciudad caótica y fascinante que es São Paulo. Después de unos años entre samba y tango, me establecí en Buenos Aires, desde donde trabajo como 'freelance' y colaboro para medios como El Mundo y Le Monde Diplomatique. Aunque, cada vez más, apuesto por los proyectos independientes: la revista Números Rojos, la web Carro de Combate -dedicada al consumo responsable y la denuncia del trabajo esclavo- y, por supuesto, este Fronterad.   Afincada por fin en Buenos Aires, una ciudad que me cautivó desde mucho antes de visitarla, cuando se me mostraba desde las páginas de Julio Cortázar, sigo descubriendo este continente diverso y complejo, este continente con las venas abiertas que, sin embargo -o por eso mismo-, tiene tanto que enseñarle al mundo.