La casa encantada
La casa era grande, bonita y no había sido saqueada. Pregunté a mi intérprete. Él buscó a una anciana de la aldea y volvió excitado:
–Fantasmas, señor, la casa está llena de fantasmas. Por eso nadie quiere entrar.
–¿Ah sí? Estupendo. Ya tenemos sitio para pasar la noche –fue mi respuesta.
Nos distribuimos por las habitaciones. Montamos las guardias y nos ocupamos de la intendencia. A todos les pareció estupendo. Pero uno de los soldados, un chaval muy joven y recién llegado, me confesó luego que la casa le “daba mala espina”. Yo me reí. “Piénsalo bien, le dije, mejor dormir con fantasmas que recibir un tiro mientras duermes”. Aquel comentario le hizo pensar que yo podía dar crédito a esas historias, lo cual me apresuré rápidamente en desmentir:
–Por supuesto que no creo en los fantasmas, pero lo que importa es que nuestros enemigos sí que creen.
Más tarde, por la noche, mientras me recostaba en una cama (¡una cama!, ¡bien blandita y confortable!) por primera vez en no sé cuántos meses, pensé en la familia de la casa, en la historia que me había contado el interprete, y de allí pasé a pensar en las supersticiones en general y en cómo podíamos sacar partido de ellas.
Por lo visto el dueño de la casa se había suicidado al principio de la guerra, pero antes había matado a toda su familia, es decir, a su mujer y a dos hijas adolescentes. Eso era algo horrible pero comprensible. Y eso a pesar de que los asesinatos habían sido bastantes sangrientos (“un sable, cortar cabezas”, dijo el interprete, excitado). ¿Pero quién no se volvía loco en una guerra como esta? Aquello, a estas alturas, ya no me sorprendía lo más mínimo. Y ¿qué decir de los hombres del bosque, capaces de matar, violar, mutilar y descuartizar a cualquiera que se cruzara en su camino, sin distinguir ni sexo ni edad ni rango, pero incapaces de saquear una casa llena de objetos valiosos por miedo a los espíritus de sus antiguos dueños? Esta casa, una vez pacificada la región (¿qué digo pacificada?, sería mejor decir sometida, aterrorizada), hubiera sido un buen campamento o cuartel para ellos, y sin embargo la habían dejado atrás sin tocarla, y no una vez sino dos veces, en su ofensiva y en su retirada. Pueblos y aldeas miserables completamente arrasadas y esta preciosa y lujosa casa intacta, eso me daba que pensar. Si pudiéramos usar su miedo a nuestro favor, no su miedo a la muerte, que no lo tienen, ni su miedo al sufrimiento, que tampoco, sino su miedo a los espíritus, su miedo a la venganza de los muertos (mientras se reían del dolor y del sufrimientos de los vivos, curiosamente), su miedo a lo que estaba fuera del alcance de sus balas, entonces tendríamos un arma formidable a nuestro servicio. Sí, pero cómo hacerlo…
Pensé en esto durante los tres días que estuvimos en aquella casa. Fueron tres días estupendos. Pero la guerra seguía y nuestros enemigos huían a toda prisa, y teníamos que darles caza antes de que se perdieran en la oscuridad húmeda de la selva. Allí sería mucho más difícil capturarlos. Teníamos que ponernos en marcha otra vez.
No volví a pensar en la casa ni en sus fantasmas. Y casi hasta me olvidé de ella. Pero la guerra terminó. Todos regresamos a casa y yo, que no tenía ninguna prisa, quise volver andando. Como oficial me correspondía un puesto en algún vehículo, pero preferí dejar mi puesto para otros que tuvieran una familia o una novia esperándoles. Yo podía andar como un vagabundo de aquí para allí. Sin uniforme me sentía ligero como un pájaro. Aquella región era hermosa, y ahora, sin guerra, y con la primavera en pleno esplendor, sin duda merecía una visita más pormenorizada. Pedí un permiso y me dispuse a caminar. Tenía tiempo para perder. Tenía mucho tiempo por delante.
Así fue como llegué a la casa. Me di de frente con ella, se puede decir, una tarde agradable de principios de verano, de pronto me encontré frente a la verja de su jardín y me quedé deslumbrado. La casa estaba radiante. Estaba recién pintada, limpia, con el jardín bien cuidado, lleno de flores y plantes verdes y esbeltas. Y estaba habitada, las ventanas abiertas de par en par, las cortinas blancas volando al viento…
Naturalmente quise saber quién eran los nuevos propietarios, y cuando vi una mujer joven en la terraza me acerqué a preguntar. Pedí permiso desde el camino y entré. En ese momento aparecieron en la terraza, saltando y corriendo desde el interior, dos muchachas muy jóvenes, muy hermosas, espléndidamente vestidas, con unos trajes de colores vivos y unos rostros radiantes, que gritaban y reían y parecían como dos ángeles caídos del cielo y sin embargo ajenos por completo a su nueva ubicación. Me quedé tan deslumbrado que no supe que decir. Por suerte la señora habló por mí.
–¿Soldado? ¿Vuelves a tu casa?
Le contesté que sí y se ofreció a acogerme para pasar la noche. Eso era más de lo que yo esperaba.
Evidentemente no pude negarme. La señora fue muy amable conmigo, y las niñas me colmaron de preguntas y atenciones. Yo esperaba dormir en cualquier parte, sin embargo me ofrecieron una habitación con una cama, un lujo que no creía merecer… Al ver la cama que se me ofrecía, no pude evitar sentir un estremecimiento y en un arrebato de sinceridad le confesé a la dueña de la casa que ya había estado antes allí (cosa que no pensaba hacer) y que conocía la historia de sus anteriores dueños. Eso provocó una situación muy molesta y extraña, porque la buena mujer se empeñó en negar la guerra y en declarar que ellos, su familia, siempre había vivido en esta casa. Naturalmente yo estaba cansado, era tarde, llevaba todo el día caminando, había cenado copiosamente y me notaba algo aturdido, y estaba el idioma, ella hablaba una variedad dialectal que no acababa de entender del todo, de modo que no quise contradecirla más. Supuse que no quería hablar de la guerra y di por hecho que los antiguos dueños debían ser parte de su familia, algunos tíos o puede que hermanos incluso, y que recordar aquello le debía resultar muy doloroso. Me disculpé y me acosté. No quise pensar más en ello.
Pensaba irme nada más levantarme, pero sucedió algo muy raro… Bueno, en realidad sucedieron dos cosas muy extrañas. Una poco importante (un sueño), o poco importante según se mire, y otra muy seria, una herida, un dolor repentino en la pierna, acompañada de una hinchazón inexplicable. No puedo entender qué paso. No había tenido ninguna caída, nada que pudiera explicarlo, pero lo cierto es que cuando me levanté casi ni podía caminar. Tenía la pierna hinchada, roja, sin poder saber qué había sido el causante de aquello (no se veían picadas ni mordiscos, ni marcas de heridas, nada de nada), pero lo cierto es que si intentaba andar el dolor era tan insoportable que tenía que sentarme o acostarme al momento. La señora envió recado mediante una criada y al rato llegó una vieja de la aldea, que debía ser una curandera. Naturalmente no dejé que me hiciera nada, pero la señora, sin variar su tono ni darle ninguna importancia a lo que me sucedía, me aclaró que el doctor no llegaría hasta dentro de dos días pero que podía pasar allí todo el tiempo que hiciera falta, pues “mi presencia no suponía el menor inconveniente”. Recordé entonces que el dueño de la casa, el señor, estaba en las plantaciones y que, por tanto, yo era el único hombre en la casa, y pensé que la señora, por la razón que fuera, se sentía más tranquila teniendo a un soldado licenciado bajo su techo, a pesar de que ese soldado licenciado fuera un completo desconocido. Resignado pues me puse a recordar todo lo que había sucedido en los últimos meses, tratando de apartar las imágenes horribles que acudían de tanto en tanto a mi cabeza y sustituirlas en su lugar por los buenos recuerdos, que también había, pese a todo. Entonces recordé el sueño que había tenido esa noche. Estaba en la casa. Pero era la casa que yo había conocido la primera vez, la casa vacía, abandonada a toda prisa, la casa de los muertos, la casa desolada, con el polvo cubriéndolo todo, con la mesa puesta pero los platos llenos de polvo y cagadas de pájaros, con las ventanas abiertas por el viento y los animales y la vegetación lanzándose a la colonización (cada cual a su ritmo) del espacio dejado por los humanos. Yo vagaba por la casa, pero vagaba como un fantasma, no como un soldado con su uniforme y su arma reglamentaria, no, no era eso, estaba solo, y no pisaba el suelo, era como si volara, y todo estaba vacío, silencioso y oscuro, pero yo sabía bien dónde debía ir y cómo debía moverme para no tropezar connada. Era lo más extraño de todo: esa sensación de familiaridad, de estar pisando algo que es tuyo. Eso no se correspondía a mi primera visita a la casa.
Ese recuerdo me sumió en una inquietud que a medida que pasaba el día fue ganando en intensidad. Por la noche mi pierna estaba muy bien, milagrosamente recuperada, pero yo me sentía irritable y nervioso, y rehuía cualquier clase de conversación y de contacto humano. Pensé en irme en medio de la noche, sin despedirme de nadie, pero entonces empezó a llover, una furiosa tormenta veraniega, y tuve que abandonar mi plan de fuga.
Como es lógico (dentro de lo ilógico de los sueños, claro esta), volví a tener el mismo sueño. Estaba solo, sin otros compañeros, sin luces de linternas, sin equipo de radio, sin fusiles, y vagaba por las habitaciones mirándolo todo sin emoción alguna. Tocaba los aparadores cubiertos de polvo, daba golpecitos en su mármol frío, hacía dibujos tontos con los dedos. No tenía prisa, frío, hambre. No tenía pasado ni futuro. Miraba y miraba pero nada me decía nada, nada me trasmitía ningún recuerdo ni emoción. Y pese a todo me sentía bien, cómodo, me sentía como en casa, eso era lo más extraño de todo.
Desperté tarde, con el sol ya bien alto, y aunque no me sentía mal al tratar de levantarme sentí un súbito y terrible azote. Era el mismo dolor que puede causar una bala inesperada en una mano o en el hombro, una bala que no te mata pero que te deja desangrándote y rabiando de dolor, incapaz de valerte por ti mismo. Me miré la pierna y estaba bien. El dolor no venía de allí. Venía de un brazo…
Entró la señora y la criada. Luego aparecieron las muchachas, con los mismos vestidos, los mismos gritos, los mismos ojos encendidos, la misma risa febril. Esas muchachas no conocían ni el sufrimiento ni la muerte. En otro momento su simple aparición me hubiera hecho reír de alegría. Pero estaba triste, ofuscado… Me pasé el día pensando en mi vida, en la guerra, en mi vida anterior a la guerra, en los amigos muertos. No hice nada para apartar los malos pensamientos. Llegaron y se fueron. Y así pasó el día.
Supuse que se iba a repetir el mismo sueño. Y me preparé para la noche sin el menor interés en lo que pudiera suceder a continuación. Me equivoqué.
He soñado que estoy en un hospital. Un hospital de campaña. Hay mucho jaleo y ruido. Pregunto pero todos los médicos y enfermeros están corriendo de aquí para allá, cogiendo cosas a toda prisa.
–Son las bombas. Nos van a evacuar otra vez –murmura alguien a mi lado.
Vuelvo la cabeza. Es un soldado joven. La cabeza vendada.
–¿Qué hago aquí? –Le pregunto.
–¿Y yo que sé? ¡A mí que me registren!
El soldado ríe a carcajada limpia. Es una risa fea, ruidosa y malvada. Siento un repentino desprecio por él.
Cierro los ojos y me dijo: “esto es sólo un sueño, la guerra ha terminado, yo no estoy aquí”.
Entonces le oigo otra vez.
–¿Aún lo la has palmado?
Abro los ojos. Suena una explosión. Está cerca. Sigo en el hospital. El sueño aún no ha terminado.




