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Llámenme romántica o quizá demasiado antigua. Tal vez sea las dos cosas. Pero echo de menos aquellos tiempos en los que el cartero traía algo más que multas o extractos bancarios. Echo de menos aquellas postales llegadas de lugares entonces exóticos, con las que tus amigos te sorprendían en aquellos veranos de Interrail, despertando tu envidia, la sana y la no tan sana. Echo de menos, sí, aquellos paseos al buzón con el corazón en vilo, esperando encontrar la carta del novio de turno; aquel del que solo recuerdo que pretendía ser Loquillo mientras mascaba una mili puñetera al otro lado del estrecho… y sin embargo…qué juguetona es la memoria!, recuerdo muy bien, con tanta claridad, la cara de boba que se me quedaba cuando el cartero pasaba de largo y eran otras las que recibían la carta. En mi caso, ese cartero no llamaba dos veces como en la película, una sola vez y un gruñido le bastaba. Tampoco puedo olvidar esa profunda desilusión cuando el cartero metía por fin la carta en el buzón y su contenido no era ni mucho menos el prometedor tan esperado: líneas sin ninguna emoción, palabras frías, vacías, redactadas a la ligera narrándote hora por hora un aburrido día de verano. Líneas y palabras de puro trámite que te dejaban aún peor que el silencio, vacía. Más de una vez estuve tentada de hacer como aquel personaje de la Ley del Deseo, la película de Almodóvar: sentarme frente a la máquina de escribir y redactar yo misma esa esperada carta, la que de verdad me hubiera gustado leer e invitar al ausente remitente a firmarla como suya y a volver a enviármela y volver a recibirla y leerla ansiosa… nunca lo hice.

Ya no se escriben cartas. Lo tenemos asumido. Y lo peor del asunto es que si el correo tradicional ya es cosa del pasado, su “salto evolutivo”, el electrónico, está ya en vías de extinción. Empieza también a dar muestras de quedarse fuera del juego de la comunicación. Es raro encontrarte en tu bandeja de entrada un mensaje de algún amigo contándote su vida o simplemente interesándose por la tuya o nada más que compartiendo unas pocas palabras personales. Ahora son correos basura los que llenan tu bandeja, robóticos mensajes de inútiles compañías de búsqueda de empleo o, como mucho, un mensaje pretendidamente gracioso de algún atolondrado despistado que vio tu perfil en esa página para solteros a la que te inscribiste, aburrida, hace un montón de años.

Lo hablaba con un amigo el otro día, vía mail, of course. Y los dos llegamos a la misma conclusión: no es sólo que se escriba menos, es que con esto del WhattsApp la gente ya no quiere ni hablar por teléfono; tras una conversación de 5 minutos, no más, comienzas a notar que tu interlocutor está ya deseando colgarte, nervioso, y vas acabando la charla educadamente y te sientes dolida… dolida y ridícula cuando esa persona retoma al poco tiempo esa misma conversación mediante mínimos mensajitos de texto. La comunicación por chat, la rapidez y efectividad de tuiter, hacen que la gente ya no esté por la labor de redactar un email como Dios manda, tomándose la molestia de hilvanar algo más que esos 140 caracteres dichosos. Sin duda, concluíamos este amigo y yo en un anacrónico intercambio de e-mails, cuánto más amplia es la oferta de comunicación, más amplia también la incomunicación que sentimos. Sí, estamos todos enredados las 24 horas del día -y de la noche- y sin embargo… qué poco nos decimos! Cada vez menos, cada vez nos decimos menos en mensajes cada vez más cortos y más huecos y superficiales, hasta el punto de que temo que estemos de verdad involucionando, y que de aquí a un par de generaciones, volvamos de nuevo a comunicarnos mediante guturales monosílabos simiescos. Aquella escena de Charlton Heston en la playa, con la arena cubriendo la estatua de la libertad…

Hace tiempo tuve ocasión de ver la obra de teatro “Contra el viento del Norte”, basada en la novela de Daniel Glattauer. La historia es sencilla: dos personas comienzan a mandarse emails por error. Cuando se dan cuenta , continúan haciéndolo, porque de alguna manera se atraen y recibir correos electrónicos del otro se vuelve para ellos imprescindible en sus vidas rutinarias y anodinas. Email tras email, entablan “un íntimo desconocimiento” a veces surrealista. ´Escribirse es como besarse sin labios`, llegan a decir en un momento de la obra… Encontrarte con alguien que sepa redactar dos líneas seguidas en más de 140 caracteres, hilvanando las ideas con gracia y que encima se preste al juego de compartirlas contigo, es como para lanzar fuegos artificiales… y no dejarlo escapar, claro está: ¡lánzale mails!, como mensajes en una botella y tal vez des con ese alguien al que aún le guste compartir su vida, sus historias o sus chorradas, en un texto que no cabe en esa minúscula cajita del Twitter. Los protagonistas de aquella obra no intercambian tanto confidencias como pensamientos desordenados, ni tan siquiera su día a día, intuiciones, sensaciones y miedos… y así, mensaje tras mensaje, terminas identificándote con esos personajes que no es sólo contarse sus problemas y desdichas lo que buscan, lo que esperan también del otro: más bien alguien que simplemente te dé las buenas noches con calidez o que te arrope con sus palabras. Alguien de quién encontrar un breve pero intenso y rico mensaje a la mañana siguiente, al encender el ordenador con tu café… Tú.

[Por cierto! No lo sabía, pero me han dicho que en París hay un museo sobre “cartas y manuscritos” (en el blvd. Saint Germain) con una sección donde están expuestas cartas de escritores, de artistas del siglo XIX y XX, cartas sentimentales, con dibujos, cartas emocionantes donde hablan a sus editores de sus obras. Más que recomendable!]

 

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