Mi casa es tu casa; caracoles, wombats y seres humanos.

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Ortega y Gasset decía que no tenemos edificios, que son los edificios los que nos tienen. No estoy de acuerdo, en realidad, es una simbiosis. Donde vives y donde estás te transforma, pero todos los lugares tienen también que adaptarse a nuestro paso. Quizá ese sea un poder que hay quién quiere que olvidemos, como si fuéramos feligreses entrando en un recién construido Vaticano. Nunca viene mal recordar que la piedra, por si misma, es inerte.

Los edificios con los que más relación simbiótica tenemos son nuestras casas. La realidad del hogar es más material de lo que se le reconoce. El descanso psicológico también es físico, y el ladrillo, la cama, la calefacción, nos hacen sentirnos bien. Hasta que Airbnb nos lo quita.

Los caracoles llevan su hogar encima durante toda su vida. Su concha al nacer está en un estado frágil, necesitan calcio para fortalecerla y que la concha vaya creciendo con el. Por eso, lo primero que hacen los caracoles cuando nacen es comerse el huevo del que han salido. Luego la concha continúa creciendo con el caracol hasta que este alcanza su edad adulta y la concha se sitúa en medio de su cuerpo. A medida que crece, cuando el caracol necesita más espacio y más protección crea una nueva  cámara en su concha que, añadida a las demás, siempre formarán una concha de una sola pieza.

Algo que a los matemáticos siempre les fascina es la capacidad que tiene la naturaleza en general de generar formas geométricas a nuestros ojos científicos. Los caracoles crean en su concha espirales logarítmicas perfectas; esta forma es el resultado del movimiento y la dirección que toma el caracol para ir depositando el calcio que formará el sedimento de la concha. Su propia idiosincrasia y su forma particular de supervivencia es la que genera la geometría que en abstracto se puede generalizar como forma perfecta.

A veces aspiramos al hogar de los caracoles.

Pero ya no tenemos casas, al menos en ciertas partes del planeta. Por lo general las tiene el banco, o las tiene otra persona o un fantasma burocrático que te obliga a hacer malabares para no hacerte desaparecer a ti. Y la pertenencia no tendría ninguna importancia si no formase parte de un juego especulatorio hecho para hacerte rogar por un lugar al que poder volver cuando ya no puedes más.

Por eso aspiramos al hogar de los caracoles, una concha nuestra que no pueda desaparecer. Porque lo que ahora pasa es que lo que ocupamos, alquilamos o compramos en el fondo no lo sentimos nuestro.

Contra toda promesa maliciosa de inestabilidad disfrazada de poder adquisitivo cabe una herramienta de lucha que genera nuestra cueva: la capacidad de crear un lugar acogedor.

El sistema capitalista también se ha intentado apropiar de este concepto intentando fomentar un sentido del gusto en el que lo acogedor signifique orden, vacío, neutralidad y silencio. Pero lo acogedor en realidad es lo que es nuestro, lo que ha sido elegido, lo que hemos hecho a medida de nuestros anhelos y nuestras necesidades.

Esas son las casas acogedoras de verdad, con sonidos, con música, con desorden; eclécticas, raras pero nuestras. Como los caracoles, esas conchas, por la magia de lo cotidiano, serán perfectas.

Sin embargo hay unos hogares a los que aspirar todavía más: las madrigueras de los wombats. Como buenos marsupiales, acostumbrados a acoger dentro de sí al que lo necesita, los wombats, los excavadores más grandes del continente australiano, generan madrigueras masivas y complejas que, involuntariamente, forman también un hábitat perfecto para otras especies que lo necesitan en ese momento.

La construcción de su hogar está hecha de forma que cabe más gente, gente que no es ‘la suya’. No entra cualquier especie, solo entran los que caben y pueden moverse dentro de manera que los wombats también pueden protegerse a sí mismos. Y esto es lo que está pasando ahora en Australia, hay muchos animales de diferentes especies que sobreviven a los incendios sin heridas porque han podido refugiarse en estas madrigueras.

El ser humano es el animal más tóxico que ha pisado la Tierra. Por pura especulación urbanística o por criar algo que no necesita comer y que, en un alto porcentaje, ni siquiera se va a comer, deja que sufran y mueran millones de vidas, todos los días.

Lo mejor que podríamos hacer es desaparecer.

Pero estamos aquí, y ya que estamos aquí deberíamos, por pura responsabilidad adquirida, dedicarnos a hacer de todo lo queda debajo de la capa de ozono un lugar más confortable en el que poder, por ahora, sobrevivir.

Y al carajo con la depresión preapocalíptica o el hedonismo de aquellos con privilegios, también conocido como ‘tirar la casa por la ventana’ (Savater hizo mucho daño).

Esto es una cuestión de voluntad de poder, y me refiero al Nietzsche de Zambrano, esa sí que es una buena interpretación:

El lugar en el que tú y yo (todos los tu y yo posibles) nos encontremos no va a ser una palabra o una teoría, va a ser el claro de un bosque, va a ser la poesía; un acto de tender una mano ya cansada para salvar al otro de la hoguera, al menos de momento, sin saber lo que vendrá después.

 

 

Desde la licenciatura de Filosofía y el Máster en Lógica y Filosofía de la Ciencia, escribe e investiga sobre la ciencia, la ficción, el lenguaje y sus consecuencias. Escribe, da clases, edita libros, juega con el piano, el violín y la armónica y toma todos los días té con una onza de chocolate. Navegante del océano de la divulgación científica desde lo que nos atraviesa como personas. -Nací como de la obsesión por el infinito y mi sueño es tocarlo desde todos los puntos posibles-

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