Mi gran boda china (II)

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Con el tiempo he constatado que hay varias maneras de casarse en (y con) China: por amor o por conveniencia, con la China rural o la China urbana, con la China pobre o con la China rica… Y que muy pocos laowai (老外) –como llaman por estas tierras a los que tenemos nariz prominente– llegan a establecer vínculos familiares porque la integración sociocultural exige un esfuerzo de relativización y autocrítica que no todos están dispuestos a emprender, más aún si el compromiso se establece con la China rural y pobre, terreno profundamente inhóspito para la mayoría de los extranjeros que llegamos aquí. Hoy en día, más que anacrónico, que te lleven en palanquín el día de tu boda es la viva imagen de la falta de autenticidad que observamos en el fenómeno de reconstrucción, recreación y comercialización del propio pasado. Es una de las tantas expresiones nacionales de lo que podríamos denominar «fake culture», la cultura de lo falso o jiade (虚假). Puede ser una experiencia divertida, pero ahí se queda, en mero divertimento, superficialidad.

 

Si me hubiera casado con algún fuerdai (富二代) –la segunda generación de los chinos beneficiados por el desarrollo económico, los nuevos ricos, que adoran el consumo de bienes de lujo y la ostenticidad–, me habría vestido varias veces de princesa de cuento o celebridad de Hollywood para ser el centro de atención de una gala con presentador profesional, actuaciones y paripés varios. Incluso podría haber ido en palanquín en caso de una boda temática inspirada en la China imperial y con la Ciudad Prohibida como decorado. Sin embargo, los designios del yuanfen (缘分) –un concepto vernáculo de difícil traducción que hace referencia a las relaciones interpersonales predestinadas– quisieron que mi boda tuviese un escenario aún más esperpéntico dentro de la cruda realidad de la China rural. Fue tan breve como intensa, y no exenta de contradicciones personales. Los invitados procedentes de fuera de la aldea habían llegado en tren el día anterior. Eran antiguos estudiantes de kung fu que habían forjado su amistad durante los años de entrenamiento en Dengfeng, donde se encuentra el conocido Templo Shaolin. La casa sólo constaba de una estancia, así que tuvimos que dormir todos en el mismo kang. El banquete comenzaba a las 8 de la mañana en un restaurante especializado en bodas que estaba en otra aldea. Tuvimos que levantarnos a eso de las 5 para asearnos con toallas empapadas de agua en la única tina de la casa. A eso de las 7 llegó un Mercedes negro a recogernos. Era del primo rico de la ciudad. La carretera apenas estaba asfaltada y el único vecino que tenía un vehículo de motor a cuatro ruedas lo utilizaba como taxi. Desde la ventana trasera del Mercedes pude ver un par de autobuses ennegrecidos llenos de vecinos de todas las edades que miraban a la laowai enfundada en su qipao rojo con curiosidad. El restaurante era un bajo repleto de mesas circulares con sillas medio rotas. El suelo estaba encerado con una pasta natural a base de cáscara de pipa, ceniza de cigarrillo, cerveza y saliva (bien es sabido que escupir en público no es de mala educación en China). El nuestro no era el único banquete de boda que se celebraba en el restaurante, pero todo fue tan rápido que apenas pude acercarme a las otras salas para echar un vistazo. Nos sentamos donde pudimos porque no formábamos parte de la mesa principal. En esta mesa, también circular, estaban los jerarcas de la aldea, un grupo de hombres fornidos en baijou (白酒)–licor chino a base de arroz– que hacían las funciones de caja registradora. Al lado de la mesa se formó una fila de personas con billetes de 50 y 100 yuanes en la mano. Con el cigarro en la boca y el ceño fruncido, uno de ellos cogía el dinero y otro apuntaba nombre y cuantía en un cuaderno ad hoc. Había estado como invitada en otras bodas, pero en esta ocasión me sentí realmente fuera de lugar. La contradicción se agravó pocos minutos después. Los camareros repartieron los platos aceitosos ágilmente entre las mesas. Apenas habíamos probado bocado cuando nos llamaron para brindar con la mesa principal. En mi calidad de observadora participante, me dediqué a grabar un vídeo del momento. Dos vídeos después volvíamos a la mesa, deseosos de comer algo. No es que el menú fuese delicioso, sino que eran las 8 de la mañana y no habíamos desayunado. En un abrir y cerrar de ojos, sin embargo, las mesas se quedaron vacías, incluida la nuestra, y un grupo de mujeres armadas con bolsas de plástico comenzó a presionar para llevarse las manitas de cerdo y otros platos de nuestra mesa. Fue tanta mi perplejidad e impotencia ante tal acoso que acabé yéndome expulsando sapos y culebras por la boca, en una lengua que entendieron bárbara. Luego me daría cuenta de que aquellos platos servirían de desayuno, comida y cena durante días en muchas casas de la aldea, incluida la nuestra. ¿Para qué un banquete así?, pregunté. Para ganar cara, me dijeron; para ser una familia más, para respetar las convenciones que surgen y se desarrollan por la inercia colectiva, concluí.

 

Personalmente, siento bastante rechazo hacia la «fake culture», la falta de autenticidad, la representación, la copia; pero he de admitir que es más divertido ir en palanquín, aunque resulte superficial, porque sumergirse en la realidad puede darnos cortes de digestión inesperados. No obstante, estoy convencida de que ser partícipe en la realidad, por esperpéntica que ésta sea, nos acerca al alma humana y, por tanto, nos enriquece.

Vigo, 1983. Licenciada en Periodismo y Especialista en Información Internacional y Países del Sur por la Universidad Complutense de Madrid. Tras experiencias académicas y profesionales en Madrid, Freiburg, Utrecht, Berlín y Londres, en 2008 llegó la ansiada oportunidad de ampliar horizontes en Asia. Cuatro meses antes de los Juegos Olímpicos me trasladé a Beijing con un visado de trabajo pero sin propósitos definidos, abierta al descubrimiento de un nuevo mundo, y aquí sigo, observando los cambios de una sociedad en constante transición que desafía mis neuronas constantemente.