¿Molestan los gobernantes virtuosos?

Ejemplaridad pública y gobernanza civil

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A lo largo de seis artículos estamos resumiendo las conclusiones del I Foro de Diálogo RSC/Procomún, celebrado los pasados 9 y 10 de mayo en el Auditorio CaixaForum Madrid. Hoy, la Sesión 2: "Ejemplaridad pública y gobernanza civil".

 

Gobernanza civil y ejemplaridad pública. Peliaguda y premonitoria segunda sesión del Foro. Aquel 9 de mayo no podíamos imaginar que una semana después muchas de las cuestiones aquí tratadas iban a estar debatiéndose masivamente en la calle con un fervor inusual, reivindicadas por un movimiento ciudadano sin precedentes en la España democrática.

       Moderados por Rafael Rubio, participaron en la sesión Javier Gomá, Félix Ovejero. Carlos Martínez Gorriarán, Pedro Chaves y Antonio Lafuente.

       A lo largo de su historia, el hombre ha utilizado el ejemplo de los demás como base de su aprendizaje. Javier Gomá nos recordaba cómo desde la más tierna infancia, antes incluso de haber desarrollado nuestra conciencia, somos arrojados a un horizonte de ejemplos que se mantiene durante toda la vida. En esos ejemplos está la única fuente de acceso a la verdad ética, no en libros ni tratados. Si queremos averiguar cosas sobre la valentía, la rectitud, la honestidad, la virtud, tenemos que acudir al ejemplo de los demás. Los humanos somos ejemplos los unos para los otros, y eso nos otorga a todos una responsabilidad ética incuestionable. La ejemplaridad de los cargos públicos no es intrínsecamente distinta a la de cualquier ciudadano, pero si debe ser más cualificada e intensa. ¿Se cumple esto?

       Para Pedro Chaves la política no es intrínsecamente perversa, pero su actual subordinación a la lógica de los mercados no parece la coyuntura más adecuada para colmarla de ejemplaridad y decencia. Es una lógica que permite que Berlusconi, Bloomberg o Trump puedan aparecer como modelos a seguir a causa de sus imperios financieros, independientemente de la honestidad con la que han sido construidos. Una lógica apoyada además por el peligroso poder legitimador del carisma y el plebiscito. Si te vota la mayoría, puedes hacer lo que quieras y además se te perdona todo lo malo que hayas hecho antes (véase el caso de Camps en la Comunidad Valenciana).

       En cualquier caso, suele ser fácil –y rentable en términos de cierto prestigio social– hacer culpables de todos los males a los políticos. Pero no nos engañemos, podemos encontrar esa lasitud ética en muchas otras capas de la sociedad actual (de la que, por cierto, salen los políticos). Una sociedad que Gomá define como post-ideológica, multicultural y sin creencias ni costumbres colectivas, dividida entre un espacio público hipernormativizado y la ausencia de normas en la vida privada.

       Para arropar ese multiculturalismo damos por hecho que existen unas convicciones privadas que no se deben discutir mientras se cumplan las leyes. Sin embargo, como dice Félix Ovejero, es ingenuo pensar que esas creencias no van a influir sobre la persona a la hora de comprometerse con lo público. ¿Tienen nuestras instituciones instrumentos para reconocer a los gobernantes decentes? ¿O por el contrario el político virtuoso molesta porque señala hacia donde nadie quiere mirar, hacia esos asuntos conflictivos sobre los que es preferible un pacto de estado antes que una discusión profunda?

       ¿Por qué somos capaces de votar a políticos corruptos, sabiendo que lo son? ¿Por qué somos adictos a los programas de televisión que se regodean en la vulgaridad y las lacras de los demás, aún sabiendo que son telebasura? Gomá dio una respuesta: El mal ejemplo de los demás produce en nosotros buena conciencia, nos tranquiliza, nos narcotiza, nos hace sentirnos bien. Sin embargo, no podemos soportar el buen ejemplo. El comportamiento virtuoso de los otros nos desasosiega, porque nos demuestra que es posible actuar así y a la vez nos hace sentirnos culpables por no hacerlo. Nos produce mala conciencia. ¿No será esa una de las causas por las que, a la vez que nos gusta conocer los trapos sucios de los políticos y culparlos de todos los males, los mantenemos en el poder con nuestros votos? ¿Será esa una de las razones por las que hoy la democracia puede permitirse la falta de ejemplaridad, por la que la corrupción no pasa factura a los políticos?

 

 

       Hechas estas conjeturas, la pregunta flota en el aire: ¿Qué podemos hacer para situar a la política en una dimensión más ejemplar?

       Gomá duda de que se hoy pueda regular coactivamente la ejemplaridad y, en ese sentido, comenta la inutilidad de los llamados códigos de buena conducta. Invoca –sin demasiado entusiasmo– un algo intangible, inasible y quizás intrínseco al hombre que tiene que ver con la rectitud y el bien, y que es ajeno a ese subterfugio tan común hoy de independizar el compromiso ético de la vida pública y la anomia de la vida privada.

       Chaves anima a sacar la política más allá de los partidos, reinventar nuevos espacios de debate, exigir también virtud en lo privado y restituir el equilibrio entre política y mercado, tan inclinado ahora hacia el segundo.

       Martínez Gorriarán propone igualmente ampliar el alcance de lo político, de acuerdo con la creciente complejidad de nuestra época, pero tiene claro que los problemas políticos hay que abordarlos con estrategias políticas, no éticas. Limitar en el tiempo los mandatos, evitar enquistamientos mantenidos por la sumisión al aparato del partido y la existencia de cargos hereditarios dentro de familias políticas. Es preciso una oxigenación constante a la vez que unas más precisas leyes anticorrupción. La tensión entre lo público y lo privado y la confusión de sus límites es consustancial a la época que vivimos, aristotélica, complicada. Es deber de la política trabajar por resolver, o al menos aliviar, esas tensiones.

       Para Ovejero hoy la democracia funciona con el aceite del odio. Unos se vigilan a otros para poder desbancarse. En este sistema de competencia implacable es difícil que anide la ejemplaridad. Es la ley del mercado frente a la ley moral. Por eso es preciso diseñar estructuras de gobierno que sean permeables a la virtud y penalicen la corrupción.

       La sesión, escorada desde un principio más hacia la ejemplaridad pública que hacia la gobernanza civil, se equilibró y enriqueció con las intervenciones de Antonio Lafuente, que estuvieron centradas en el procomún, ese conjunto de bienes que hemos heredado o creado conjuntamente, que pertenecen a todos y a nadie al mismo tiempo y que entre todos debemos gestionar y proteger con responsabilidad para poder legarlos a las generaciones siguientes. Un concepto con varios siglos de existencia (los commons ingleses), pero que está teniendo un resurgir importantísimo en los últimos años gracias al papel de las nuevas tecnologías sociales en la organización de las comunidades de afectados que intentan gestionarlo y protegerlo. Unas comunidades de naturaleza emergente que ensamblan actores de muy distinta naturaleza, formadas por extraños conectados en red, que utilizan estrategias contrahegemónicas y que configuran una suerte de tercer sector, en tensión tanto con lo público como con lo privado. Un nuevo campo de experimentación social que abre nuestras mentes a otros imaginarios políticos basados en la transparencia y en el acceso de los ciudadanos a una información pública de calidad (que pagamos todos con nuestros impuestos), necesarias para controlar las a menudo turbias maniobras de gobernantes y expertos.

       Como conclusión, la necesidad de reinventar lo político, ampliar su alcance, encontrar nuevos ámbitos para su desarrollo, reivindicar la transparencia de la información y el acceso a los datos públicos, prestar atención al procomún y a ese nuevo tercer sector de comunidades civiles que lo protegen y gestionan, experimentando nuevos modelos de gobernanza vinculados con el poder organizador de las redes sociales.

       Nos alegramos profundamente de que, sólo una semana más tarde, estas cuestiones se convirtieran en tema central de debate de gran parte de la ciudadanía española (y otras muchas partes del mundo) y esperamos que no dejen de serlo nunca.

 

Autor: Emilio López-Galiacho