Nada que decir

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Pensaba en que no tenía nada que decir. Que estaba en Nueva York, habiendo cargado con mis veinte maletas, sentada en un bar la mar de mono rodeada de hipsters barbudos y rubias modernas, y seguía sin tener algo interesante que decir. A mi alrededor había zumos verdes, hechos con acelga y kale (sea lo que sea): zumos a medio camino entre un gazpacho y un Granini de desayuno.

 

 

Pensaba en que no tenía nada que decir. Que estaba en Nueva York, habiendo cargado con mis veinte maletas, sentada en un bar la mar de mono rodeada de hipsters barbudos y rubias modernas, y seguía sin tener algo interesante que decir. A mi alrededor había zumos verdes, hechos con acelga y kale (sea lo que sea): zumos a medio camino entre un gazpacho y un Granini de desayuno. Habían anunciado calor y me había plantado ahí con mis vestiditos de ya es verano en El Corte Inglés. Pero llovía y en vez de ir encantadoramente vestida iba con más capas que una cebolla. Fail.

 

En realidad, miraba por la ventana y pensaba en la Nueva York real y en la imaginada. Estaba en el Meatpacking, debajo del Standard hotel, donde –ilusa de mí– había pensado reservar una habitación al llegar:

 

La que tenga mejores vistas al Hudson, por favor.

 

Eso fue antes de percatarme de que, teniendo en cuenta el precio, podía pagar aproximadamente un 10 % de la habitación. Pongamos que podría haber pagado el armario.

 

Lo de siempre: mucho Hollywood y Sarah Jessica Parker; las queridas expectativas. Estaba justamente pensando si las expectativas de futuro no eran al final una manera de escapar del presente. Y claro que lo eran. Sentada a mi lado, una chica llevaba una bolsa de ropa en la que se leía: “The time to be awesome is now”. Aquí y ahora.

 

Saqué mi libro para leer un rato: Alguien, de Alice McDermott. Es una de esas novelas que suele publicar Libros del Asteroide. De esas que –aunque no te animen la tarde– te hacen reflexionar un buen rato y en las que, pese a que parezca que no ocurre nada verdaderamente destacable, ocurre todo; es decir, la vida misma. El libro describe de manera cruda, realista e irónica los más y los menos de una chica que vive en Brooklyn. Primer pensamiento: Laura igual tendrías que haberte ido a Brooklyn. Volvemos a las expectativas de nuevo.

 

A lo que íbamos. De repente vi subrayado este pasaje:

 

 

 

Ay, Laura, no empieces. No quiero ponerme melancólica, pero es lo que tiene la lluvia. Solo decir que McDermott me encanta, me recuerda a Anne Beattie, a mi querida Beattie.

 

Después, de vuelta ya en la oficina, en un piso diecinueve, veía Manhattan entre nubarrones. Qué hacía yo ahí en medio, me pregunté. ¿No era trabajar en Mahattan y en aquel lugar un sinónimo de felicidad? Me senté en mi escritorio y leí en Facebook el estado de un amigo: “A veces hay que estropear un poquito el cuadro para poder terminarlo”, de Delacroix. Entonces pensé en que a veces la vida tiene extrañas maneras de señalarnos el camino y que una de ellas bien puede ser la de no estar en el sitio adecuado. En realidad, no sé los demás, pero siempre suelo aprender más de lo que no me gusta que de lo que me gusta. Y no es que de repente no me guste Nueva York. Solo que, como todo, es más bonita de lejos y en la cabeza.

 

A las seis, salí de la oficina y me metí en una cafetería. No hay que perdonar la merienda. En la barra, un chico cortaba zanahorias en rodajas finas. Desde la cocina, otro chico le preguntó cómo estaba. Él, sin dejar de cortar las zanahorias, simplemente le contestó.

 

—Luchando. Como siempre– Se giró y me sonrió.

 

Y salí a la calle con mi muffin de arándanos. A Manhattan. A Nueva York. Pensé que en realidad no importaba el lugar porque todos estábamos en lo mismo.