Noche atlántica

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Noche atlántica, domingo. Camino y me alejo un poco de la ciudad. Las aguas se abren inconmensurables e infinitas más allá de esta humilde orilla verdinosa como de vidrio donde flotan unas barcas descoloridas y donde unos pescadores beben cerveza de bote sentados en los escalones de piedra del embarcadero.

Durante unos minutos de silencio frente al horizonte me acuerdo de aquel monje del cuadro de Friedrich que contempla desde la arena la gestación de una gran tormenta sobre la inmensidad del mar. Una imagen romántica que expresa la pequeñez del hombre ante la magnitud insondable de la naturaleza. Más atrás, la ciudad dibuja su luminaria temulenta en las olas tibias de la playa, como si el reflejo de los edificios y de las farolas fuesen algas de oro brillando desde el fondo. Un avión despega y se interna en el firmamento con su rumor de trombón de apocalipsis tronando en las capas de la atmósfera. Y más allá del aeropuerto se extienden los pueblos encendidos como velas en las faldas de los volcanes durmientes.

Al otro lado del archipiélago el fuego y la furia, el rugido y la tierra se abren en canal. Si a mí me sobrecoge el océano callado, ¿qué sentirán los ojos que contemplen todos los días al caer la noche la explosión de lava permanente en la cumbre, las verdaderas visiones de las calderas del infierno, las coladas de oscura lápida que sepultan ya aquel pueblo hermoso que tenía plataneras, piscinas, ambulatorio, bares, escuelas, iglesia (el reloj de la torre marcaba las cinco y cuarenta de la tarde -¡las cinco y cuarenta en sombra de la tarde!- cuando se derrumbó)? ¿Qué pálpito no sentirán los corazones de sus habitantes cuando temblando tecleen el nombre de su pueblo en Google y vean la plaza que construyeron sus padres y abuelos, y lean ahora: «localidad española destruida debido a la erupción iniciada el 19 de septiembre de 2021»?

Todas las mañanas abro la ventana aguardando con temor el espíritu de ceniza, pero no hallo más que el carrusel de nubes bajas que parecen girar continuamente alrededor de esta isla. Demasiado lejos. Y muchas noches como esta salgo a pasear por el puerto, bajo lunas emborronadas por los cúmulos rojizos, esas mismas lunas impertérritas y como de final de los tiempos que se asoman al balcón del volcán en los crepúsculos más despejados, y me pregunto cómo se duerme, qué se sueña, qué se piensa al despertar en una casa ajena cuando alguien lo ha perdido todo. Cómo se soportan las pequeñas soledades del día cuando a uno se le muere su pueblo, su barrio, su parque, su parada de guagua, su hogar, sus raíces, lenta y flemáticamente, alba tras alba. Cómo se recupera, si es que eso es posible, del dolor impotente ante la fuerza misteriosa de la naturaleza que borra del mapa su historia sin miramientos.

La medianoche atlántica del domingo está serena. Un pescador paciente aguarda con su caña en el muelle frente al océano callado. Dejadme estar aquí. Dejadme también mirar la naturaleza un rato, escribió Cavafis en la orilla de un mar matutino. Pero ahora se hace de madrugada y yo me marcho en silencio con las manos en los bolsillos pensando que a veces nada puedo hacer para cambiar el orden de las cosas, que soy prescindible ante los rumbos insospechados de la naturaleza, que lo que me pasa esta noche es melancolía y nada más: melancolía del desaparecer, como aquel poema de Agustín de Foxá: Y pensar que después de que yo me muera, /aún surgirán mañanas luminosas.

Y poco a poco me voy alejando, lejos, lejos de la mar.

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