Nuestros encierros (II)

0
180

 

Me acabo de enterar de que alguien ha hecho la cuenta, y somos cinco millones quienes pasamos este confinamiento en soledad. No sé cómo lo llevan ellos; yo tengo varios problemas, ninguno serio. Supongo que algunos nos afectan por igual (no sólo a los cinco millones), como darle muchas vueltas a la cabeza. Cuándo acabará esto, cuándo dejará de morir gente, me contagiaré, se contagiará alguna de las muchas personas que quiero, cómo saldremos de ésta, qué podría hacer para ayudar aparte de estar en casa, llegarán los malditos EPIs y los respiradores, mascarillas sí o mascarillas no…

Por otra parte, me está costando mucho decidir mi propio protocolo de limpieza al regresar con complejo de delincuente de la farmacia o de tirar basura o papel, o de comprar eso tan imprescindible que olvidé. Dudo si lavarme las manos antes o después de los guantes, miro con odio y sospecha los envases de plástico, desde que supe que sobre su superficie el virus dura vivo más que sobre el metal… Los limpio con alcohol de 96º, pero ¿qué pasa con lo de dentro?

Si hubiera alguien cerca en esos momentos, a lo mejor me decía: pero ¿tú eres boba?, ¡eso lo pelas y ya está! Ya, contestaría yo, pero si he tocado el plástico del envase, ¿no tendría que volverme a lavar las manos? Dudas y más dudas. Pido y busco consejo y encuentro  tantos que al final decido que lo mejor es poner ciertos artículos al sol de la mañana, en una mesa junto a la ventana del salón (abierta, que el aire también degrada el corona). Ahora mismo tengo allí tomates, cebollas, patatas, naranjas y plátanos. Es como un mercadillo. Los voy cambiando de orientación, para que el efecto sea completo. Un momento… a los plátanos y las naranjas podría pasarles un trapo con alcohol, pero ¿a las patatas, las cebollas, los tomates? Imposible, los trato igual. Las fresas presentan más problemas, así que quedan  suprimidas. Y me dispongo a esperar tantas horas como sean necesarias para que esa cosa se desintegre.

Hay más. Paso –pasamos- horas y horas con el móvil en la mano, lo que acaba pasando factura a los ojos y empiezo a ver falsos mosquitos negros. Pero es imprescindible para estar comunicada. Todos los días hago una lista de las personas con las que quiero hablar (y ver) por esa pantallita, precisamente para paliar el efecto yoconfinosola  que me hace perorar continuamente con las paredes; no quiero alarmar a mis vecinos, no vaya a ser que sean ellos quienes llamen a la teleasistencia. Además están las limpiezas esenciales; cocinar, leer y ver tele, series sobre todo. Media hora de pilates. Escribir todos los días al menos una hora. Informativos, aunque me impongo una dieta pobre, por repetitivos y para no entrar en un bucle de agobio. Cantar y bailar son de las cosas que más me gustan en esta vida, y sin embargo se me han quitado las ganas… En cambio, casi todos los días lloro un poco, y después noto un gran bienestar (parece ser que es muy sano);  además soy de lágrima fácil, y ahora  sobran ocasiones…

Cuando me da por echar cuentas de los parados, refugiados, pequeños negocios arruinados y demás desastres, reacciono y me pongo a hacer listas mentales de otros sectores que se pueden beneficiar: agricultores y ganaderos, tiendas de alimentación en general, fabricantes de alcohol, lejía, guantes de nitrilo, (¿sector fuerzas del orden?), fabricantes de telas para mascarillas, fábricas enormes de respiradores y oxígeno, EPIs, caretas protectoras, plataformas que ofrecen libros y cultura on line, cine, series; todo lo que se vende en las farmacias. Si fuéramos capaces de levantarla, nacería una industria de producción de todo lo que ahora nos cuesta tanto obtener, a la greña con tantos países desarrollados que también se van cayendo del guindo. Para la próxima pandemia, si fuéramos capaces, invertiríamos mucho más y con mucha más convicción en salud pública, en investigación y ciencia, y mucho menos en realities, por poner un ejemplo tonto.

También pienso muchas veces en mis compañeros de estadística, y lógicamente conozco a bastantes. Tengo amigas que suenan más animosas que yo, con aquello de ahora sí tengo tiempo de leer todo lo atrasado, he vuelto al piano, bicicleta estática por la mañana, ópera por la tarde, baile todos los días –“es buenísimo” -, etc. Tengo una amiga que fue bibliotecaria y que me ha dicho: “Estoy tirando montones de documentos que he ido guardando durante toda mi vida laboral; ¡no sabes lo interesantes que son algunos!”. Y remata: “A mí no me va a dar tiempo. ¡Me harían falta varios confinamientos!”… Nos dio mucha risa, que también es sanísimo.

Y sí, tendría que aprovechar para ordenar mi casa, hacer limpieza de objetos inútiles de todo tipo, despejar el panorama y eliminar ácaros. Pero los deberes se me amontonan y la culpabilidad también, así que creo que va más con mi carácter ir viviendo el día a día como puedo. ¿Quién dejó escrito que cada día tiene su afán?

Print Friendly, PDF & Email
Artículo anteriorDía 25: Cotidianidades
Artículo siguienteNadie sabe de lo que es capaz hasta que se pone a hacerlo
Anunciata Bremón
Soy coruñesa con algo de portuguesa, recriada en Madrid. Como tengo tendencia a la dispersión, estudié Ciencias Políticas. Aparte de varios oficios de supervivencia, he sido socióloga, traductora, documentalista y, finalmente, editora y redactora en El País durante veinte años. En mi primer colegio de monjas tuve la suerte de aprender bien latín. Pasar de las monjas al instituto público Beatriz Galindo de Madrid, donde enseñaban Gerardo Diego, Manuel de Terán, Luis Gil…, fue definitivo para cambiar de fase. Creo que si falla el lenguaje, falla el pensamiento y falla la razón.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor, deja tu comentario!
Por favor, introduce tu nombre aquí