Nuestros encierros (III)

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Nuestros encierros (III)

Echo de menos…

…el contacto y la compañía humana, el no poder quedar para un café una comida o una cena y reirnos mucho; el ver una película acompañada, charlar ¡ir de compras! (para apoyar a las pequeñas empresas…);  comprarme una guitarra;  salir de Madrid a ver si ya hay amapolas en el campo; comprar un cazo/sartén que me hace mucha falta; ir sin miedo a una sala de cine de verdad; pasear el Prado sin tráfico otro domingo, y ver cómo los patinadores hacen cabriolas; pasear por el Retiro, o por el Botánico cualquier día, y presentar mis respetos a los árboles; recuperar los conciertos perdidos; recoger libros que llevé a encuadernar hace meses…

A veces se me pasa por la cabeza que igual echaremos de menos esta Estranha forma de vida (Amalia Rodrigues dixit); que nos habremos acostumbrado. La calle no nos dará la misma seguridad. No siempre  podremos guardar distancias, ni tendremos garantías de salir indemnes. Pensarlo me da miedo. También se me ocurre que cuando seamos libres no tendremos tiempo para nada, y nos lamentaremos de haber perdido estos encierros que eran tan productivos… Si ya ahora el día se hace corto con los muchos deberes que nos imponemos, ¿cómo será cuando empiece otra vez la dispersión?

Echo de menos pasear por el IV Depósito (del Canal de Isabel II), mi  parque cercano. Atisbo a veces desde la verja la rosaleda explotando de colores. Tendría que estar ya lleno de  gente retozando con los niños y de niños con las pelotas; los perros de cualquier raza, color y tamaño persiguiéndose, felices porque están libres, y todos colonizando los espacios de agua y hierba. Y respirar a fondo con ellos este aire limpio primaveral antes de que la normalidad (¡y el verano!) nos lo robe.

Lamento que la Iglesia católica, tan parlanchina cuando habla de lo nuestro, haya roto su silencio clamoroso sobre esta crisis para expresar sus reservas ante la posibilidad de que los pobres ¡se acostumbren a vivir subsidiados (léase ingreso mínimo vital)! Muy evangélico, sí señor. Ella, precisamente, que vive subsidiada desde siempre, y a más a más se comprometió con el Estado en 1979, es decir, hace más de 40 años, a autofinanciarse…

Echo de menos decoro y responsabilidad en algunos políticos. Competencia en otros. Me avergüenza escuchar ciertas palabras gruesas, no sólo por brutales, sino porque dan por sabido que todo, también esta degradación pública, este vuelo tan bajo, lo vamos a olvidar.  Que no vamos a echar cuentas. Es vergüenza ajena, es también por ellos: confían en que no tenemos dignidad. Que no distinguimos entre noticias y  bulos de odio…

Estos días a veces echo mano de la poesía, porque es curativa, y dice Antonio Gamoneda (Blues castellano):

 

[…]Tierra incansable, firma la paz que sabes

danos nuestra existencia

a nosotros mismos

 

y dice Claudio Rodríguez (Viento de Primavera):

[…]Sí, a poco del sol salido,

un viento ya gustoso, sereno de simiente,

sopló en torno de nuestra sequedad,

de la injusticia de nuestros años,

alentó para algo más hermoso

que tanta desconfianza y tanto desaliento[…]

 

y dice Ángela Figuera (Belleza cruel):

[…]Lo estoy diciendo a gritos: faltan puentes.

Lo principal de todo son los puentes.

(Colgantes, subterráneos, levadizos).

Hagamos puentes, puentes, puentes.

Y no me escucha nadie.

Y así estamos.

 

Y, para animarme, busco aquella de Mario Benedetti (Piedritas contra mi ventana), quizás la que mejor me viene para estos encierros:

De vez en cuando, la alegría tira piedritas contra mi ventana…

[…]Está bien, me doy por persuadido

Que la alegría no tire más piedritas

Abriré la ventana

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Anunciata Bremón
Soy coruñesa con algo de portuguesa, recriada en Madrid. Como tengo tendencia a la dispersión, estudié Ciencias Políticas. Aparte de varios oficios de supervivencia, he sido socióloga, traductora, documentalista y, finalmente, editora y redactora en El País durante veinte años. En mi primer colegio de monjas tuve la suerte de aprender bien latín. Pasar de las monjas al instituto público Beatriz Galindo de Madrid, donde enseñaban Gerardo Diego, Manuel de Terán, Luis Gil…, fue definitivo para cambiar de fase. Creo que si falla el lenguaje, falla el pensamiento y falla la razón.

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