Sociedad del espectáculoEscenariosNúmero cero. Bob Dylan: retrato de un hombre invisible

Número cero. Bob Dylan: retrato de un hombre invisible

Giro en torno a Dios, antigua torre, giro desde hace miles de años.
Y aún no sé si soy águila o tormenta o si soy un gran cántico. 

Rainer Maria Rilke, Libro de las horas

Así que me quedaré sentado viendo pasar el río. 

‘Watching the River Flow’ 

Una vez, hace ya muchos años, vi un concierto de Dylan en Hershey, Pensilvania. Estábamos en un parque de atracciones en la ciudad fundada por Milton Hershey el rey del chocolate de Estados Unidos–, y era un domingo de comienzos de septiembre y había nubes ligeras en el cielo y la luz del atardecer tenía esa densidad translúcida de las tardes del final del verano. Se veía una enorme montaña rusa por encima del escenario y Dylan salió a escena con su Stetson blanco y su traje negro de enterrador y sin decir nada ni mirar a nadie inició el concierto con una alegre versión de ‘I’ll be Your Baby Tonight’. No había mucho público, solo unas 2.000 personas, pero era tan variado que había hippies que parecían haberse pasado varias décadas hibernando en una granja de las montañas, y ejecutivos jóvenes, y chicos pijos que no sé de dónde habían salido, y profesores de universidad, y militares del War College que habían estado destinados en Irak o en Afganistán y que ahora se estaban fumando un canuto del tamaño de un puro habano. Y delante de mí había una pareja chico y chica que debían de tener unos diecisiete años, pero que se sabían de memoria las letras de las canciones y cantaban y bailaban y se miraban a los ojos y se cogían de la mano y luego se besaban como si aquel fuera el primer día de la creación y ellos lo pudieran estar presenciando. Y después se hizo de noche y Dylan siguió cantando. Y en un momento dado, cuando sonaba ‘Ballad of a Thin Man’, Dylan levantó la pierna izquierda y pasó la bota vaquera sobre el teclado del piano eléctrico, tal como hacía Jerry Lee Lewis cuando Dylan era un adolescente embobado que escuchaba la radio en su casa de Hibbing, en medio del Río de Hielo, allá en el Gran Norte. 

Dylan tenía setenta y un años eso fue en 2012, y llevaba tocando en directo desde hacía seis meses en uno de los tramos de su interminable Never Ending Tour que había iniciado casi veinticinco años atrás, en 1988. El día anterior había tocado en Uncasville, Connecticut, que estaba a 470 kilómetros de allí. Después del concierto se tomaría un descanso de tres semanas, pero a comienzos de octubre iba a retomar el tour por el oeste de Canadá, con conciertos en Winnipeg y Saskatoon, y después regresaría a Estados Unidos por Seattle y Portland y Los Ángeles, y luego llegaría a Grand Prairie, Texas, y después giraría hasta Tulsa y Omaha, en el Medio Oeste, y más tarde pondría rumbo al norte hacia Madison, en Wisconsin, y Saint Paul en Minnesota. Y aun así, le quedaban fuerzas para levantar la pierna y pasarla por el teclado del piano eléctrico como si fuera Jerry Lee Lewis en un concierto desquiciado a mediados de los años cincuenta. 

Después del concierto, casi a medianoche, volvimos en coche a la pequeña ciudad del centro de Pensilvania donde yo estaba dando clases aquel semestre. Vi un anuncio de un taller mecánico JP Mascaro & Sons y me pregunté si aquel taller habría sido fundado por un inmigrante mallorquín que había llegado a América buscando una vida mejor para él y su familia (en mi clase había un alumno que se llamaba Mascaró), igual que los antepasados judíos de Dylan que llegaron desde Rusia y Ucrania a comienzos del siglo XX. Luego me fijé en los rótulos que indicaban las salidas de la autopista: Indiantown, Ono, Manada Gap, Deodate, Coffeetown, Paxtonia (Dylan podría escribir una canción con esos topónimos). Por allí cerca, en medio de los bosques, había varias comunidades de amish que vivían sin teléfono ni electricidad, como si la vida se hubiera detenido a mediados del siglo XIX. En el college donde yo daba clases los alumnos no sabían quién era Dylan, y era muy probable que los amish no quisieran saber nada de él porque les diera miedo su música y su poesía y su forma de entender la vida. Pero Dylan también había contado la vida de aquellos amish que vivían recluidos en las pequeñas comunidades rurales de Pensilvania, igual que había contado la vida de aquellos jóvenes de diecinueve años que iban a mis clases de Spanish-301 y que nunca habían oído hablar de él. 

Y de repente nos dimos cuenta de que estábamos cruzando el vasto río Susquehanna, y vimos las luces lejanas de un campo de béisbol que ocupaba una de las islas fluviales, y justo cuando atravesábamos aquel río inmenso que cruzaba Pensilvania y serpenteaba por los montes Apalaches y llegaba hasta el océano Atlántico, empezaron a aparecer luciérnagas por todas partes, una enorme nube de luciérnagas que salían a medianoche y flotaban sobre el agua negra del río y las islas fluviales y el enorme campo de béisbol. Y entonces pensé en Dylan como un río, un río grande y majestuoso que venía de no sé dónde de un lugar tan remoto como las baladas que se habían cantado en aquella tierra hacía trescientos años, y que corría bajo aquel puente gigantesco entre las nubes de luciérnagas que salían a medianoche cuando terminaba el verano. Y allí, en mitad del puente, a medianoche, sentí que Dylan siempre estaría allí, fluyendo inagotable, fluyendo día y noche hacia el mar, fluyendo río abajo, fluyendo, fluyendo. 

Este fragmento corresponde al libro del mismo título que acaba de publicar Libros del Asteroide.

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