Otras cosas que merecen la pena

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Fotograma de la película 'Todos los hombres del presidente' (1976).
Fotograma de la película ‘Todos los hombres del presidente’ (1976).

La semana pasada, durante la entrega de los Premios Internacionales de Periodismo Rey de España y Quijote, celebrados conjuntamente por la Agencia EFE y la Agencia Española de Cooperación Internacional (Aecid), la ministra de Asuntos Exteriores, Arancha González Laya, pronunció un fuerte alegato a favor del periodismo que mucho desentonó, ¡afortunadamente!, con la postura que el Gobierno socialista llevaba meses defendiendo; ya saben, las últimas reacciones a propósito de las fake news, los bulos y demás asuntos candentes y complejos de la actualidad. Entre otras muchas cosas, González Laya dijo lo siguiente: «Sin periodismo no hay democracia, pero tampoco otras muchas cosas que hacen que la vida merezca la pena». Y, bien, yo soy de los que piensa que no se equivocaba; pero, en el fondo, ¿tenía razón? ¿Qué quiso decir?

Sin periodismo, está claro, no habría democracia; pero tampoco habría alternativa. No en vano, y tal y como dejó escrito Valle-Inclán en Luces de Bohemia, «el periodismo es travesura, lo mismo que la política. Son el mismo círculo en diferentes espacios», el mismo perro pero con distinto collar. Sin periodismo, por tanto, no hay Gobierno, ni anarquía, ni desobediencia social: no hay nada. Porque, si no, ¿quién estaría allí, dispuesto a narrar? Sucede un poco como con aquella frase de Winston Churchill en la que el político británico decía: «la Historia será amable conmigo porque tengo la intención de escribirla»; pues, bien, sin pretender extendernos demasiado, más o menos así es cómo funciona la relación existente entre el periodismo, la democracia y la política. De todos modos, ¿cuáles son, entonces, esas «otras muchas cosas que hacen que la vida merezca la pena»? Según Valle deberían de ser las más traviesas, ¿no?

Para empezar, el periodismo es lo que nos ayuda, simple y llanamente, a encarar el porvenir. Los horóscopos diarios, semanales, mensuales; los tarotistas, que en pleno y riguroso directo interrumpen la programación y participan en cualquier debate acalorado sobre el fascinante mundo del corazón; las consultas radiofónicas de los programas nocturnos y matinales; ¡¡TODO!! Sin periodismo, está claro, tampoco habría futuro, aunque dentro de la profesión, me temo, llevamos años viéndolo oscuro.

En una de las muchas antologías de artículos periodísticos de Julio Camba, Maneras de ser periodista (Libros del K.O., 2013), el columnista gallego admitía que «los periódicos, que parecen el producto de una civilización complicadísima, son algo tan natural y tan espontáneo como las flores y como los frutos», también que «el calamar se parece al periodista en dos cosas fundamentales: en que puede tomar a voluntad el color que más le convenga y en que se defiende con la tinta» o que, hace años, en sus inicios, «lo más parecido al periodismo, era la industria piscícola. Usted podía ponerse indistintamente a pescar noticias o a pescar sardinas y, cualquiera de las dos cosas que pescase, tenía que negociarla». A veces, por otro lado, sostenía que «no hay oficio tan semejante al de periodista como el oficio de peluquero», y que, en realidad, todo lo que habíamos hablado antes no tiene sentido, pues mezclar política y periodismo termina desencadenando siempre «errores tácticos (…). A un jefe de Gobierno no le ayuda nada el hecho de haber sido periodista», pero «a un periodista, en cambio, le ayuda una enormidad». Sin periodismo, por tanto, no habría frutos ni flores, ni calamares a la romana u otros tipos de pescado, ¡ni peluquerías siquiera! Además, los gobernantes antidemocráticos no encontrarían fácilmente otra salida y seguirían tomándonos el pelo, como cuando tratan de limitar la libertad de expresión y controlar la «Verdad» a golpe de ministerios y de manera sibilina.

Particularmente, yo tampoco sé muy bien a qué se refería la ministra de Asuntos Exteriores el otro día, cuando dijo aquello de que «sin periodismo no hay democracia, pero tampoco otras muchas cosas que hacen que la vida merezca la pena». Lo primero resulta tan evidente que yo ni siquiera encuentro los motivos por los que habría que repetirlo; pero, tal y como están las cosas, de vez en cuando conviene recordarlo, es evidente. Respecto a esas «otras cosas que merecen la pena», sigo sin entenderlas muy bien; básicamente, porque considero que el periodismo está muy bien y es muy pertinente, pero, como ocurre con el arte, no puede sustituir a la vida o al mundo, y mucho menos volverse contra él. El periodista nunca es el importante de la historia, como bien sabía Camba; los importantes son los demás, y es por ellos por quienes trabajamos.

En el mismo artículo en que Camba comparaba al periodismo con los frutos y las flores, de hecho, también decía lo siguiente: «Estos días se ha hablado mucho de una huelga de periodistas. La huelga de periodistas, queridos compañeros, es un propósito absurdo por dos razones que clasificaremos así:

A. -El público no necesita para nada los periódicos.
B. -Los periódicos no necesitan para nada a los periodistas».

Quizás, una de esas «otras cosas que merecen la pena» sean la humildad, la humanidad y la espera; y tampoco nos viene mal reconocerlas. Como decía Svetlana Alexiévich en Voces de Chernóbil a propósito de los verdaderos protagonistas de la Historia, que siempre son los Otros, los entrevistados: «yo no soy un robot, una computadora. ¡No soy un pedazo de hierro! Él allí tomándose su agua mineral, temiendo tocar mi taza y yo, en cambio, le tengo que abrir de par en par mi alma… entregarle mi alma». No, los periodistas no somos eso: sólo recolectaremos almas cuando estemos dispuestos a llevar, como ellas, el pecho abierto; y, por tanto, sólo mereceremos la pena cuando terminemos siendo igual de relevantes que el resto.

Sin periodismo, está claro, no habría ni «democracia» ni «otras muchas cosas que hacen que la vida merezca la pena»; pero tampoco nos pasemos, ¿no? Que hasta el mismísimo Camba, cuando era cuestionado por sus aspiraciones en la vida, solía decir: «no tener que escribir»; y por algo sería. Del mismo modo, y dándole la vuelta, sin esas «otras muchas cosas que hacen que la vida merezca la pena» tampoco habría periodistas; y yo quiero pensar que es eso lo que cuenta.

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